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4 agosto 2012 6 04 /08 /agosto /2012 20:13

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   Por Internet seguí algo de la celebración de la Asamblea Nacional de la Renovación Carismática, celebrada hace unos quince días. En unos de los momentos, escuché decir a un joven seminarista que se había curado de las dolencias que padecía. Días después, me llegó un correo de una amiga, con una carta de un compañero del seminario relatando los hechos.

 

   El viernes en mi grupo de oración, antes de comenzar, llegó una señora con un muchacho y entablé conversación con ellos;  a lo largo de ella, me dijo que era  seminarista. Le dije:  ¿Conoces al que dice que se ha sanado? Me contestó :Soy yo.  Me quedé muda... reaccioné y hablé y hablé y hablé, pregunté e interrogué llena de gran alegría.

 

   Mientras hablaba conmigo, estaba sereno, pero se le notaba "chocao, impactao" con un no se qué, que no se explicar, pero que sí entiendo. Su estado es debido al toque del Señor, a la acción maravillosa de su obrar en él. Andrés lo definió diciendo: aún estoy como en una nube.

 

   Una vez más el  "Siempre Vivo", el que no tiene ni principio ni fin, el Eterno y Poderoso, demuestra que está en medio de nosotros, que no es un Dios extraño y lejano de nuestra propia vida e historia. Aquí está el testimonio:

 

Los milagros existen

 

En el fin de semana del 6 al 8 de julio de 2012 asistí en Madrid a la Asamblea Nacional de la Renovación Carismática. Si tuviera que resumir en una frase mi experiencia allí diría que si Dios me había hecho llorar en distintas ocasiones, fue la primera vez que me hizo temblar. Temblé al sentir muy de cerca su inmensidad, el poder que tiene sobre nuestras vidas, su infinito amor, que es totalmente inabarcable.

 

No había tenido intención de ir a la Asamblea. Nunca había ido a una, de hecho. Decliné la invitación por parte del grupo de oración de mi parroquia (San Antonio María Claret) hace un par de meses, por tener el verano ocupado en el estudio. Pero el lunes anterior al fin de semana de la convocatoria fui a Misa a Claret por la tarde, y allí me dijo María Jesús, responsable diocesana, que en la habitación de hotel de Andrés, hermano en mi curso del Seminario y perteneciente a la Renovación Carismática, había una cama libre, y que podía irme el viernes en coche con él, Chabela y su marido Jesús. La pega era que ya no quedaban acreditaciones. Me entró un gusanillo, la verdad, y pensé que me gustaría mucho asistir. Pero lo veía difícil. El martes por la tarde también fui a Misa de 9 y, después de poner en manos del Señor que, si Él quería, yo fuera a Madrid, Salud me ofreció una acreditación que le sobraba porque una señora no podía ir, e incluso no quería que se le devolviera el dinero. La tomé rápidamente.

 

Sin haberle dicho nada de mi decisión, el viernes le di la sorpresa a Andrés, y partí con él, con Chabela y Jesús hacia Madrid. Andrés tuvo muchos dolores durante el viaje. Hace dos años le dio la cara con fuerza una hernia discal en la espalda que le pinzaba el nervio ciático, a la que se sumaron algunos problemas más en otras vértebras y en el hueso sacro, que le causaban dolores en la espalda y en las piernas, calambres y sensación de insensibilidad. En el trayecto tuvimos que parar en repetidas ocasiones porque le costaba mucho permanecer tiempo sentado. Además, él se encontraba ciertamente agotado anímica y espiritualmente.

 

El sábado 7 nos incorporamos a la Asamblea, que se celebraba en el auditorio del Parque de Atracciones de Madrid. Durante la mañana hubo oración de alabanza y una charla del P. Alberto, el predicador. Almorzamos e incluso me subí con Chabela y Andrés a una de las atracciones más suaves, viendo la incomodidad que seguía sintiendo mi hermano. Por la tarde hubo otra charla, en la que el sacerdote nos dijo que pensáramos en una petición que le quisiéramos hacer al Señor en el tiempo de adoración, programado para el final de la tarde. Yo le pedí que me abrazara, para sentir y experimentar su amor.

 

Antes de la adoración se representó un pequeño teatro, en el que distintas personas con problemas iban subiendo a la barca de Jesús, y Él las iba abrazando. Al final, se pidió que intercambiáramos abrazos con las personas que teníamos más cerca. Yo, verdaderamente, sentí el abrazo de Dios a través de Andrés, de Chabela, de Jesús, de mi párroco Pepe, de muchos otros hermanos. Mientras me abrazaba María Jesús, ella me dijo que Dios me amaba con locura, que yo era su predilecto, que me quería para Él, y que me iba a dar fuerza para superar todas las dificultades. Ahí fue la primera vez que tuve la certeza de que, algún día, seré sacerdote.

 

Y comenzó la adoración, con una entrada espectacular del Santísimo en el auditorio, entre aplausos y cantos de alabanza. Con el Señor en el altar, el predicador fue guiándonos en la oración y el coro cantaba. Yo comencé arrodillado en el suelo. Andrés, que estaba a mi lado, también se postró, algo que me sorprendió mucho, ya que él tenía muchísima dificultad para hacerlo. El P. Alberto hizo una oración de sanación, recorriendo con sus palabras las distintas partes del cuerpo, pidiendo la salud para ellas. Me incorporé y me senté en la butaca; también Andrés. Luego vi cómo él, durante cierto tiempo, quizá 15 minutos, tomó una postura de descanso, con los ojos cerrados. Lo vi con mucha paz, pero no era posible que durmiera: los cantos y la voz del sacerdote eran muy elevados. Tras un rato, él reaccionó. Recuerdo que me agarró fuerte de la mano.

 

El predicador nos pidió entonces que rezáramos por la sanación de otras personas, estuvieran allí o no. Yo recé intensamente por Andrés, cogiéndolo del brazo, y acordándome de aquello que sentí con certeza en un viaje que hice a Fátima en el mes de febrero: que él se iba a curar de su enfermedad este curso. Él siempre creyó esto, aunque yo, con su evolución negativa en los últimos meses, dejé de hacerlo. Muchos hermanos, tengo la certeza, estaban rezando también por él en ese momento, y muchísimas personas que ni siquiera él conoce lo han hecho en los últimos meses. 

 

La reserva fue también espectacular. El sacerdote recorrió las gradas alzando la custodia con el Santísimo. Cuando pasó a nuestro lado, nos arrodillamos. Yo sentí Su mirada sobre mí. La sensación que tuve durante toda la hora fue de irrealidad; también de estar viviendo algo muy grande, de sentir que estaba pasando algo grande cerca de mí. Sentí el poder de Dios sobre mí, intuí su inmensidad, que superaba infinitamente los límites en los que se había movido mi relación con Él hasta entonces. Yo me estremecí, mi cuerpo temblaba. Esto me daba incluso miedo, ya que mi entendimiento no podía abarcarlo.

 

Cuando nos levantamos, después de que el sacerdote marchara con la custodia, Andrés se abrazó a mí llorando y me dijo: “Manolo, acabas de ser testigo de mi sanación”. Mi miedo entonces fue mayor. Salí rápido del auditorio, y me encontré afuera con algunas hermanas, a las que no sabía qué decir. Estaba aturdido. Al rato salió Andrés con mi párroco, y comenzó a contar que no sentía ningún dolor, que se encontraba perfectamente, como hacía años. Para demostrarlo, corrió y saltó. Subió las escaleras del Metro rápidamente, algo impensable hacía tan sólo 24 horas. Mi miedo fue entonces mayor. En primer lugar, por mi incredulidad. A pesar de haber percibido que había pasado algo grande en la adoración, a pesar de ver los signos en Andrés, los hechos superaban mi razón. En segundo lugar, por pensar que todo fuera producto de la euforia, y que al poco tiempo, o al día siguiente, el estado de Andrés pudiera cambiar y se llevara una gran desilusión. En tercer lugar, por preguntarme, en lo más profundo de mí, qué ocurriría si fuera verdad, qué infinito podría llegar a ser el poder de Dios.

 

Después de la cena hablé un rato a solas con mi párroco, y le pregunté que si la sanación de Andrés era verdad. Él me dijo que me preguntara más bien si yo creía si Dios podía hacerlo. Que le pidiera la fe, que le pidiera ver. Y que, antes de acostarme, leyera un pasaje de la Biblia al azar para que Dios me hablara en su Palabra. Andrés, en su alegría, quiso que hiciésemos un paseo nocturno por Madrid: la Gran Vía, la Puerta de Alcalá, la Plaza de toros de las Ventas... corría y saltaba. Yo lo estaba viendo con mis ojos. Por la noche, en la habitación del hotel, tomé la aplicación de la Biblia del móvil de Andrés mientras rezábamos Completas. Al azar, Dios nos regaló esta Palabra: “Reflexiona sobre lo que te digo, pues el Señor te dará el talento para entenderlo todo” (2Tim 2,7).

 

En la mañana del domingo, Andrés contó su testimonio en la Asamblea. Recordó cómo lo habíamos ayudado sus compañeros de curso en los momentos más duros de su enfermedad, cuando casi ni podía levantarse de la cama o vestirse solo. También recordó lo que la Virgen me había dicho en Fátima, y cómo él había tenido fe. En la Eucaristía de clausura acolité con Andrés y varios seminaristas más. Después de la consagración, el sacerdote pidió que, los que pudiéramos, nos arrodilláramos ante el Cuerpo y la Sangre de Cristo. El coro cantó “Majestad”. Yo sólo veía a Andrés arrodillado, a mi lado, en el suelo. Y me convencí de que, realmente, Jesús es el rey del Universo, la única majestad que puede hacer tal milagro.

 

Y es que yo había vivido un milagro. Y doy testimonio porque lo vi con mis propios ojos. Porque ocurrió a mi lado. Porque lo palpé. En el viaje de vuelta, en el coche con Chabela y Jesús, Andrés contó que ya el sábado por la tarde, después del almuerzo, cuando regresamos al auditorio, había comenzado a sentirse muy bien. No tenía dolor sentado en la butaca. En el descanso dio un paseo grande, también sin dolor. No recordaba haberse dormido en la adoración, no sabía qué había pasado en el tiempo en el que yo lo había visto descansando. Pero sí aseguró que, cuando volvió a tener conciencia, él se supo un “hombre nuevo”.

 

Este milagro, como el mismo Andrés sabe, no ha sido sólo para él. Ni siquiera solamente para las personas que pudimos contemplarlo y vivirlo. El Señor ha actuado para manifestar su gloria y su poder, para que muchas personas crean en Él. Porque Él es Dios y, si quiere, puede hacerlo. Hoy creo firmemente esto. Y me atrevo a decir con san Juan: “Éste es el discípulo que da testimonio de estas cosas y que las ha escrito, y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero” (Jn 21,24).

 

Manuel Jiménez Carreira

 

 

                                                 03-1-.gif  ¡SÍ A LA VIDA!  bebe gateando[1]

 

 

 

 

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Published by Botellas a la mar - en nueva alianza
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