Reconozco que la crudeza de los pasajes de esta lectura, me ha turbado e irritado, el hecho de la propuesta de Lot de intercambiar a sus hijas por los visitantes, me pone de los nervios, pero no me ha parecido cambiar la Palabra, ya que en verdad, creo que la que sale, es la que quiere el Señor que ore, estudie y medite; a la luz de su Espíritu.
Abrahám al parecer nació 1813 a. C. vivían en un sistema de patriarcado, careciendo las mujeres de valor, -esto, no ha evitado que sean muchas las que han destacado, a través de la historia-, la hospitalidad para la gente de este tiempo, era estricta, rigurosa en su cumplimiento, unido a tantos siglos de por medio, con unas vivencias y exposiciones narrativas, lejos de nuestro entender, no nos puede llevar a enjuiciar las situaciones vividas por ellos con exactitud. Razonar en este conjunto de cosas, me ha tranquilizado.
El encuentro de Abrahán en la puerta de su tienda, con los tres huéspedes, a la luz de la mañana, se desarrolló desde lo más hondo del ser de Abrahám, como es la intimidad de su corazón y su hogar, por lo que fue una profunda y preciosa oración, poniendo de manifiesto el acogimiento, el servicio, la escucha, la intercesión y sobre todo la fe; creyó, a los que agasajó, siendo bendecido, con la promesa de un hijo y la salvación de Lot. Mientras Abrahám confió Sara se burlo. Quien no tiene trato con Dios, no puede creerle.
Lot cambió su vida totalmente al abandonar la trashumancia, la tienda en la que vivían, dejando de ser nómada. Se estableció en Sodoma, adquiriendo casa y posición, al haberse casado sus hijas con sodomitas. A la luz de la tarde, se encontraba sentado a la puerta de la ciudad, punto de reunión publica para negocios, noticias y chismes, cuando aparecieron dos hombres, a los que tuvo que invitar con insistencia a su hogar, donde los alojó, proporcionándoles alimentos, -la luz de la tarde, es carencia y disminución de la misma y la insistencia con la que tuvo que invitarles, refleja la superficialidad en la que vivía sumergido Lot- evidencia que ven los mensajeros, los intermediarios entre Dios y los hombres, ángeles, enviados en favor de los que serán salvados.
Los sodomitas se permitían vivir ociosos por disfrutar de la prosperidad de las riquezas de sus tierras, no respetaban ley alguna, ni naturales, humanas, o divinas, las inmoralidades, la concupiscencia de la carne y todo clases de pecados, estaban establecidos. Sufrían la mayor de las enfermedades, por tener la mente y el corazón ciegos, al estar envueltos en la nebulosa del mal. Entre ellos, no había diez personas justas. Los yernos de Lot, invitados a huir, pensaron que era una broma. Otra vez vemos, que quien no tiene trato con Dios, no puede creerle. (Lucas 17, 28-29) s que en cada momento marque el mundo , nuestro camino es Cristo y nuestro fin son su
Vivir donde reina el pecado es correr riesgos, ya que este nos contamina, corrompe y corroe. Debemos cuidar con quién y como nos relacionamos, lo que vemos u oímos insistentemente, no dejarnos contagiar por nefastas malas influencias, de razonamientos y planteamientos humanos, alejados del querer y sentir del Señor; para esto, nos tenemos que formar en su ley, en sus mandamientos de amor, para proceder con las ideas claras; buscar la verdad y la justicia, en el aborto, la distribución de la riqueza, el no a la guerra, el desarme, la contaminación etc, etc... estar alertas, sobre los acontecimientos que se van sucediendo en nuestro mundo, día a día, discernir la vocación en la que nos desarrollaremos como personas y nos santificaremos, no podemos vivir para nosotros mismo, ociosos, movidos por el dinero, despilfarrando el tiempo de nuestras vidas, junto a los medios que poseemos; cuidando con esmero la familia, compañeros de trabajo, amigos, conocidos... estar siempre al lado de los más pobres y débiles, todo esto suena muy genérico pero es ejercicio individual nuestro, para llevarlo a nuestras actuaciones cotidianas, en un mundo que parece estar perdido, en buscar solo sus apetencias y bienestar personal, olvidando al resto de la humanidad. A estas alturas tenemos que tener claro que somos apóstoles, los enviados del Señor que hacemos de nuestras vidas obras, no palabras. Estas obras, son la prueba de nuestro amor a Dios que se hacen testimonio y luz ante el mundo.
No sabemos despojarnos de todo lo que nos rodea, para unirnos al Señor, es vital la oración por ser el modo que tenemos de relación y contacto con Dios, esto es lo que nos hace ser consciente de la realidad de cada momento, del valor de la vida, de la humanidad, es lo que nos hace sensibles al otro, a huir de todo lo que no sea recto, juicioso y conforme a Él, no podemos hacer nuestros lo juicios del mundo, su filosofía su modo de proceder, si nos dejamos arrastrar adquirimos pensamientos que van y vienen según que moda que nos endurece el corazón y nos perdemos en tanta vida inútil abandonando la compañía de Jesús. Tenemos que vivir en el mundo sin ser del mundo (Jn 2, 12-17)
Es muy importante los ejemplos de los adultos a los niños y a la juventud; de lealtad, de respeto, de rectitud, de servicio, de generosidad, de amor, siendo humildes, no buscando protagonismos, rectificar cuando fallamos, disculpándonos; no mentir, no jurar, no hablar con doblez, no criticar, no enjuiciar, ser justos, no tener envidias, no acumular, ser generosos, no vivir siendo perniciosos, laxos, ser sacrificados en pequeñas cosas, ej. no usar palabras soeces, ser austeros en el fumar, comer, dormir, no abusar de la tele; la voluntad se fortalece con el sacrificio. Atender con exquisitez a las personas, sin prisas, con los brazos y el corazón abiertos, gozosos, con alegría, no teniendo la mente ocupada en otras cosas, sino en ellos. Siempre, siempre... lo primero en nuestro actuar, es poner de manifiesto la ternura de Dios.
El amado es humildad, sencillez, paz, sosiego, dulzura, el caminar con Jesús, el ser servidores suyos, es vivir siendo santificados por su amor que al igual que Él, nos hace tener delicadeza, amabilidad, suavidad, paz, aún en el dolor, de las dificultades y tragedias de nuestras vidas.
Recordemos constantemente que somos bendiciones de Dios que nos transforma en donaciones de Él, para beneficio del mundo. Así sea.
¡Sí a la vida!