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¡Vivo por ti!

 

 

 

    Los que les escuchaban discutían escandalizados: ¿cómo un hombre podía tener origen divino, cómo podía usurpar el sitio de Dios, dando a comer su carne, poseer y dar vida eterna, no es Él el hijo de María y José? Jesús los interrumpe sin entrar en discusión acerca de su origen divino o humano, mientras ellos hacen referencia a sus padres de la tierra, Él lo hace al Padre.

   

    Vino a los suyos y no lo conocieron, podemos aceptarlo o rechazarlo. Este grupo de judíos no tienen capacidad para recibir el don del Padre, el regalo por excelencia jamás hecho a la humanidad, ¡su Hijo! no lo quieren, ni lo desean por estar atrincherados en la ley. Mientras Dios se hace hombre buscando al hombre, éstos, prefieren alejarlo de su mundo y que permanezca allá a lo lejos... muy lejos. No aceptan su cercanía, a Dios le corresponde el cielo y ellos a sus cosas en la tierra... Los hechos, las acciones de Jesús que son testimonio del Padre, no los interpelan, ellos creen en la resurrección por la observancia de la ley y Jesús dice que no, que la resurrección es Él, ¡porque Él es la vida! y nos resucitará para una vida eterna.

 

    Para creer en Jesús somos llamados, atraídos, agraciados, enseñados por Dios, a quién nadie ha visto sino el Hijo, si lo escuchamos, aprendemos y creemos en el enviado el Pan vivo bajado del cielo, el Cordero de Dios que nos limpia todo pecado, Él nos da su carne voluntariamente, se entrega por la vida del mundo para que quien lo coma no muera y viva para siempre.

 

    Jesús no vino a darnos cosas, sino a sí mismo. Con su presencia busca un encuentro con los hombres, una comunicación, una comunión. El que se une a Jesús tiene otra vida diferente, es una experiencia de plenitud de vida eterna, ya que sólo nos podemos realizar en Jesús, en Él entramos en lo secreto de Dios, en su intimidad, en el tálamo con el Esposo. A través del don de la carne de Jesús se nos regala el Espíritu de Jesús.

 

    La sangre del cordero sobre las puertas de los israelitas cuando escaparon de Egipto, y el maná que los alimentó por el desierto, no los libró de morir, ni los hizo llegar a la tierra prometida, en cambio la carne de Jesús, el nuevo maná que da vida y la sangre del Cordero de Dios, nos acompaña a través de la historia de la Iglesia y en nuestra historia personal, siendo su carne y sangre donde se manifiesta y comunica, de su carne rota brota amor, gracia, Espíritu de vida. Muriendo, demuestra la vida que hay en Él, y al recibirla nosotros vivimos de Él.

 

    El tesoro más grande de la Iglesia, es el sacramento de la Eucaristía, presencia real del Dios-Hombre resucitado que permanece en la tierra en medio de nosotros, hasta el fin de los tiempos, comer su carne y beber su sangre es el alimento que nos tiene que llevar a corresponder a su amor; intimando, descansando, contemplándolo, gustándolo, estando plenamente identificados con Jesús, como si formáramos un solo cuerpo con Él, haciendo verdad la común-unión, quedando en nosotros su voluntad, sus sentimientos, sus deseos, su amor, o sea, su Persona. Unirnos a Él, a su misión para juntos dar la vida.

 

    Esto tiene que ser nuestro vivir de cada día, caminar con Él, ofreciéndonos junto con el Señor en honor al Padre en favor de los hombres, al igual que Jesús, como hostias vivas, entregarnos como pan, partirnos y repartirnos junto con Jesús, perdiendo el miedo a perdernos.

 

    Comulgar a Jesús no es ir distraídos, por una costumbre sin sentido, es estar bien despiertos, consciente ante su presencia para que nos vea en el estado tal cual estamos, pero con el corazón ardientemente deseando ser besados, por la unión de su ser divino con el nuestro pecador, al ser llenados de su divinidad. Que el Señor nos de la gracia de ser consciente de esta locura de unión, en la que su carne y sangre divina, más fuerte y real que la humana que nos une a nuestras familiares, nos hace hermanos unos de otros, o sea, nos hace hermanos de nuestros hijos, de nuestros esposos, esposas, de nuestros padres, de los vecinos, enemigos... de todo el mundo. No tenemos capacidad para entender tal misterio si no nos lo concede el Señor. Creo que no hay otro acto de adoración, de alabanza, de amor perfecto, que el hecho de unirnos a Jesucristo al recibir la Eucaristía.

 

    Al habitar Jesús entre nosotros nos muestra que no es sólo el Dios de Israel, sino al Dios Padre de todos, la carne de Jesús no es sólo el lugar donde Dios se hace presente, sino que se convierte en el don de Jesús al mundo, don de amor que entabla una comunión con el hombre en el plano humano. En Jesús y por su medio, debemos renunciar a poseernos sin miedos porque en la medida que nos demos recibiremos, hacer de nuestras personas alimento para los demás, con la fuerza del Espíritu, que es la del amor de Jesús, que se vive en la Eucaristía, experimentando su amor y el amor a los hermanos, se trata de entregarnos a los demás como Él se entregó, debemos de trabajar manifestando el amor de Dios en la construcción de nuestra familia, en la iglesia, la sociedad en la que nos desenvolvemos, en la comunidad, en el mundo.

 

    El pan vivo bajado del cielo, el pan del amor, dador de vida eterna, como nosotros no podemos vivir en el cielo él ha bajado a la tierra, quedándose en el sagrario, hasta el fin de los tiempos a disposición de quién quiera, siendo nuestro alimento por el que viviremos para siempre, es para enloquecer, un Dios todopoderoso tan cercano al hombre, tan intimo, tan tierno, tan misericordioso siempre, siempre esperando. Estar ante Jesús Eucaristía es estar ante el mismo que nació en Belén, que vivió en Nazaret, el que colgó de la cruz, el que resucitó, es el mismo que vivió en la historia y que continúa viviendo día a día, momento a momento. Seamos adoradores, adoremos a Jesús Dios y Hombre verdadero. Contemplémoslo, adorémoslo porque es un Dios sanador que sana y fortalece, contemplémoslo porque contemplándolo somos transformados. Contémplenoslo hasta que veamos su propia carne en los hermanos, sobre todo en los más pobres.

 

    ¡El don más grande de mi vida eres tú mi Señor! Si tú vives por el Padre yo vivo por ti.¡¡Gloria a ti Señor!!

 

 

                                                                                          ¡Sí, a la vida!

 

 

 

 

                                                                                                   

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