Nabucodonosor II conquistó Jerusalén, destruyendo el templo y gran parte de la ciudad, deportando a los ciudadanos más influyentes a Babilonia. Pasados 70 años de cautiverio, Ciro rey de Persia, conquistó Babilonia permitiendo que los israelitas volvieran a su patria, donde levantaron el altar del Señor, para celebrar el culto, e iniciaron la construcción del templo, que fue interrumpido durante muchos años por diversos motivos.
Ageo, cuyo nombre significa, nacido en día de fiesta, o mi fiesta es Yahve, es el décimo de los doce profetas menores, autor de un libro de diez capítulos que lleva su nombre, del Antiguo Testamento.
Viendo el profeta Ageo que se había reconstruido el pueblo, pero no el Templo donde adorar a Dios, en nombre del Señor los exhortó, sacándolos de su indiferencia, para que cumplieran con el deber de la reconstrucción del mismo, por ser éste, donde estaba la presencia de Dios con ellos. Les dice que mientras la Tienda del encuentro no se levante estarán corrompidos y malditos. Achacando la sequía que padecían a castigo divino por estar viviendo para ellos y no para Dios.
Los alienta afirmándoles que la Casa que ahora es tan pobre, será más bella que el templo de Salomón, y que la bendición de Dios les premiaría sus sacrificios. En este templo estuvieron adornándolos con sus presencias María, S. José y Jesús ¡Mas gloria no pudo tener!
Le promete a Zorobabel, descendiente del rey David y antepasado de Jesucristo, líder de los judíos en el exilio, que capitaneó las obras del templo, la recompensa divina y lo fortalece con la promesa del reino mesiánico futuro.
Ageo nos recuerda que lo primero en nuestras vidas es Dios, por encima de todas las cosas, no estamos libres de errores, de contradicciones pero con conciencia recta reconociendo nuestros tropiezos con humildad, con la fuerza del Espíritu, renovamos de nuevo nuestra consagración al Señor, que no nos abandona, ni aún, cuando actuamos mal, al contrario, nos ayuda a mantenernos firmes en la fe. Lo importante es que Dios sea siempre el centro de nuestras vidas, que nada ni nadie, nos separe de Él. Si nuestro andar está en consonancia a la voluntad de Dios, veremos que está con nosotros y que estamos permanentemente bendecidos.
El conocimiento, la experiencia de templo no es la misma, la que tenían los israelitas a la que tenemos nosotros, a partir de la encarnación de nuestro Cristo, Jesús es la verdadera presencia de Dios en la tierra, donde Dios habita, es el sacramento, el templo, el lugar, la Casa del Padre. El nuevo templo, el santuario en el que amamos y adoramos a Dios ¡en el Señor, nos encontramos con el Padre!
¿Qué entendemos nosotros por Iglesia, el lugar en el que nos reunimos? Éstos, son edificios consagrado a Dios, donde lo fieles con una misma fe le damos culto.
Los cristianos convocados por el Padre que caminamos para volver a Él, somos los que formamos la Iglesia. No seguimos una filosofía, unas ideas hechas religión, seguimos una vida que es verdad; Jesucristo Hijo de Dios encarnado, Palabra de Dios que a sido enviada para reunir a los que van siendo santificados.
Jesús es templo vivo del Padre y él mismo edifica la Iglesia, no hecha de piedras, sino de corazones, almas y cuerpos vivientes; nosotros, que lo reconocemos como templo, lugar de encuentro con Dios Padre. Nos une Dios en una unidad de fe, que manifestamos en el credo, en una unidad formada por una sola iglesia en el mundo entero, una unidad de comunión por que comemos, bebemos y vivimos de Jesús nuestra cabeza.
El querer de nuestro Dios es universal, por lo que nuestro vivir caminando es abrir los brazos a la universalidad del Padre, que lo abarca todo, esto quiere decir que vivir en la iglesia es vivir en comunión con Jesucristo en el Espíritu Santo, en ofrenda de oblación al Padre.
La Iglesia, templo del Espíritu Santo: Jesucristo verdadero templo oró para que el padre envíe al Espíritu Santo y el Padre envió el Espíritu, ahora el pueblo de Dios es el templo del Espíritu de Dios porque vive en Ella; (Juan 14, 16-17) Edificándola en la caridad, con la Palabra, los sacramentos, dones y carismas.
Los cristianos somos templo del Espíritu Santo porque mora en nosotros, (Corintios 6, 19-20) O sea, Nuestro ser entero le pertenece a Dios por lo que no puede haber en nosotros ni un solo hueco donde no reine. El Señor no es para el final de la vida, sino para toda nuestra vida, desde que somos engendrados hasta el último suspiro que nos conduce a la resurrección.
No podemos ignorar, a Dios, arrojándolo de nosotros, cuando Él es el eje, el motor, el sustento de nuestra felicidad. ¿Tenemos conciencia de nuestra necesidad de Dios, que es el que quita de nosotros toda basura mundana? No estamos hecho para la corrupción sino para la gloría.
Empeñémonos en desechar todo lo que nos sobra para darle ¡nuestro ser entero! Tenemos que vivir siempre en clave de Resurrección, ya que nuestro Dios hecho hombre resucitó por nosotros y está en nosotros ¡Que lo primero siempre sea nuestro Dios! renovemos nuestra mente contaminada al pensamiento y querer del Señor, que no nos envuelva el rol de la sociedad, mantengámosnos despiertos, vigilantes en el amor. Salgamos de las tinieblas que nos envuelve en este mundo.
Dios es tres personas siendo un solo Dios indivisible, por lo tanto, si el Espíritu Santo esta en nosotros, verdad es, que en nosotros también habita el Padre y el Hijo por lo tanto somos templos vivientes de la Trinidad que convivimos con otros templos igual de vivos, porque todos portamos a Dios, por esto, los hermanos son tierra sagrada, ante los que tenemos que descalzarnos como hizo Abraham ante Dios. No podemos levantar la manos y el corazón para alabar, adorar y dar gracias, cuando el templo, portador de Dios que es mi hermano, no veo a Jesús, no lo respeto con la lengua, ni con el pensamiento. Jesús es la piedra viva, la piedra angular y nosotros tenemos que colaborar en la edificación del templo de su Iglesia, no participemos en la destrucción sino en la gloria del mismo. No pongamos obstáculos al amor de Dios. ¡Así sea!
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¡Sí, a la vida!