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Santiago en (2, 14- 26) se dirige a una comunidad cristiana, que aunque debía tener cierta andadura en el seguimiento de Jesús, estaba confusa por no entender la relación entre fe y obras. Vimos en (Ef 2, 8-10) lo que Pablo dice: “por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no es de vosotros, pues es un don de Dios; porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” En St 2,14 pregunta ¿“de que sirve que alguien diga, tengo fe, si no tiene obras”? ¿Acaso podrá salvarle la fe? Y en St 2,26: “Porque así, como el cuerpo sin espíritu está muerto, también la fe sin obras está muerta. O sea, que no, que sin obras no hay salvación por no haber fe, si no hay obras. Toda fe cristiana tiene que mostrar siempre el amor, de lo contrario es una fe seca, muerta en si misma.
Esto es, que no podemos salvarnos por nuestros cumplimientos de obras, anteponiéndolas al Hijo de Dios, que es quién realmente salva. Tenemos que entender que Pablo hablaba a personas que habían vivido una tradición de costumbres, junto a cientos de preceptos de la ley mosaica, ej, “porque en Cristo Jesús ni la circuncisión vale algo, ni la incircusición , sino la fe que obra por el amor” (Gal 5, 6)
Santiago deja claro que la fe debe de estar acompañada de acciones buenas que muestren el amor de Dios en nosotros, moviéndonos a darnos a los demás. No podemos tener una fe dormida, aletargada, quedándonos indiferentes a las necesidades de las personas, por el contrario, tenemos que ser diligentes en el amor por la fe en el Señor. “No sólo escuchen la Palabra de Dios; tienen que ponerla en práctica. De lo contrario, solamente se engañan a sí mismos” (St 1, 22). “muéstrame tu fe sin tus obras y yo te mostraré mi fe por mis obras” ¿St 2, 17-24?
La fe si es verdadera está cimentada, enraizada en Dios, siendo transformante, por hacernos nacer de nuevo en el Espíritu que nos impulsa a ser reflejo del amor con que Jesús nos ama, nos hace crecer en vida espiritual por los dones que nos regala para el bien de los demás, como consecuencia lo tenemos que manifestar en actos de obras de amor.
La fe se desarrolla, se demuestra por las obras, por fuerza tenemos que dar frutos buenos, que nos hace crecer en la vida espiritual, como consecuencia, en actos responsables de amor, siendo éstos, la prueba de nuestra fe. La fe está siempre vestida de obras buenas, ya que por si sola no tiene sentido, estas obras son la verdad de la fe, el brillo de la fe, la hermosura de la fe, es el sello de la fe del cristiano. Lo que concreta y certifica nuestro credo. Por lo tanto, la fe nos empuja, nos eleva, nos lleva a dar la vida, siendo una fe viva que actúa y nos impulsa a dar el amor que recibimos, haciéndonos salir de nosotros, dándonos. El amor no lo podemos encerrar para nosotros mismos, a más amor, más obras de misericordia. La fe nos hace ser comunicadores del amor del Señor, es lo que dice Santiago.
Si en Dios hay algo que no puede controlar es el hecho de amar. La cuestión está, en nuestras respuestas de aceptación, disposición, generosidad, esto, es lo que crea las diferencias, en la medida de nuestro amor, de ahí, unos correspondemos y otros no. No puedo decir: ¡creo! quedándome acomodada, pensando que ya he sido salvada. Si no doy el amor que es el fruto de la fe, soy como la higuera maldita. Hay que salir de los malos hábitos; ignorar al prójimo, de mentir, de amor propio, de crítica, de dejarme llevar de antipatías, tener dureza de carácter... no corrigiendo mis defectos, fastidio a los demás, por lo tanto, no puedo decir tengo fe y continuar viviendo negligentemente, creyendo que por fe estoy salvada. Tenemos que estar despiertos, reaccionando con prontitud y generosidad. A las necesidades de este mundo.
No podemos pensar: ¿Qué más da las obras si ya estamos salvados? ¿para qué luchar con nuestra debilidades, contra el mal? ¿para qué sirve la verdad y la justicia, si ya soy salvo? ¿Es que podemos faltar a la caridad, vivir de espaldas a las necesidades y sufrimientos de los hombres? Recordemos (1 Cr 13) aunque repartiera todo lo que poseo incluso sacrificara mi cuerpo, sin tener amor de nada me sirve, aunque trasladara montañas pero me faltara el amor nada soy, ahora tenéis la fe, la esperanza, el amor; pero la mayor de las tres es el amor. Vemos que antepone el amor a la fe. También nos dice: “no debáis nada más que amor” luego si tengo fe y no amo, trunco el amor de Jesús, no amando ni a Él ni al prójimo, obstruyo su amor en mi y en los hermanos. Porque el amor siempre fluye del corazón de Cristo a los corazones. Y yo lo que debo a toda la humanidad es amor, el mismo amor con el que Dios me ama, no es algo que yo regalo, no, es algo que les debo según San Pablo.
2Cor 13, 5) “examinaos vosotros mismos si os mantenéis en la fe. Poneos a prueba a vosotros mismos ¿No reconocéis que Jesucristo está en vosotros”?
Juan 14,12) "en verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, las obras que yo hago, él las hará también; y aun mayores que éstas hará, porque yo voy al Padre”. (Juan 14,12)
(Mateo 5, 16) “Así brille vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas acciones y glorifiquen a vuestro Padre” (Mt 5,16)
En definitiva, nos salvamos por gracia por la fe en Jesucristo y no por las obras de la ley, pero la fe en el Señor siempre produce obras buenas, por el amor. La fe tiene raíz en Dios y fruto por los dones del Espíritu que nos enseña a vivir en el mar infinito del corazón de Cristo, siendo el fruto siempre ¡el amor! De lo contrario no podemos mostrar nuestra fe, si no es permitiendo a Dios amar a través nuestro. Que así sea.
¡Sí, a la vida!
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