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El evangelio de Lucas, nos muestra el envió de personas sencillas, rudas, sin sabiduría alguna, que Jesús había llamado a su intimidad de Dios, donde experimentan una transformación en lo más hondo de su ser por haber vivido la experiencia más gozosa extraordinaria y maravillosa que puede existir ¡ver y gustar quien es el Hijo de Dios! esto, los lleva a una apertura de mente y de corazón que les cambia todos los conceptos que conocían hasta entonces. Ya no es una invitación de ven y sígueme, sino una capacitación para la misión que ya conscientemente, están dispuesto a llevar a cabo, dejándolo todo por el Reino, por Jesús mismo. Ahora, se enfrentan a la locura de abandonarse en la que será su nueva vida, sin sujeción de nada material, tan sólo, colgados de Dios que les ha dado poder y autoridad para vencer todo mal y para sanar cuerpos y almas, pero ligeros de todo, sin preocupación por nada material, sólo tienen que centrarse en anunciar el reino. Eligen libremente ser discípulos del Maestro, con fe inquebrantable en Él, proclaman la Palabra que es Cristo, para el bien del mundo, de todo hombre, de la Iglesia. Empiezan la que será su misión viviéndola asombrados, admirados, enamorados hasta el punto que todos testimoniaron a Jesús como Hijo de Dios, con sus propia vidas, siendo mártires, excepto Juan, que murió desterrado en la isla de Patmos. Los apóstoles tuvieron la perseverancia, de testimoniar lo que habían visto y oído, sellándolo con su sangre, podemos decir con el salmo, “que hermosos son los pies del mensajero que anuncia la paz, ha dado la vida a mi alma y no deja que vacilen mis pasos”. Ellos lo demostraron por no sucumbir a horrores ni muerte.
Todos los bautizados, somos sacerdotes profetas y reyes y a nosotros, el Señor también nos dice “id al mundo entero y proclamar el evangelio”. ¿Nos creemos llamados, elegidos y enviados, tenemos claro por lo que debemos dar la vida? ¿o nos dejamos arrastrar por las circunstancias, caminando según nuestras entendederas? A estas alturas de nuestras vidas tenemos que tener clarísimo que ya no es tener, ahora, es ser apóstoles de luz de esperanza de alegría, de amor, anunciando que Jesús está vivo en medio de nosotros. Nuestra misión es más importante que todo lo que nos rodea, el preocuparnos por las cosas materiales, nos debilita el ser fiel en la entrega. Toda nuestra riqueza tiene que ser Cristo, por lo que tenemos que estar libres, con el corazón y el alma dispuestas para que todo lo ocupe Él. Que el Espíritu nos conceda rebosar fe, abandono y amor, siendo Jesús nuestro único alimento, todo nuestro tesoro. Dejemos fluir a Jesús a través nuestro, todo lo que no sea ésto nos obstaculiza para la marcha en el camino. Y... no estamos en la tierra de turismo de placer, sino para ser testigos de la verdad que es Cristo en nuestra vida.
Dios nunca envía, ni pide nada sin antes dar los medios necesarios para la vocación que nos ha dado, tenemos que ser ejemplos de lo que anunciamos, no podemos decir confiad en Dios, si nosotros no confiamos, si no deseamos con fuerza ser justos, pobres, humildes de corazón, no hemos entendido nada de lo dicho por el Señor. Nuestras respuestas deben de ser acordes a sus enseñanzas y a los dones que nos da que son los talentos de los que nos habla el evangelio. El resultado de la vida de todo cristiano, es la consecuencia de la unión con la que se vive con Dios y dejamos actuar al Espíritu. La muestra la tenemos en los santos, con sus testimonios asombrosos, admirables.
¿Qué nos impide vivir la verdad que es Cristo? ¡La dispersión en las cosas del mundo! el creer que poseer es fuente de felicidad o éxito, cuando todo es efímero y lo que aumenta es el desorden interior personal, diluyéndonos en la superficialidad, que nos impide intimar con Jesús, con tantos ruidos, tanta saturación de cosas, perdemos los talentos y dones por no tener vacía la mente, el corazón y el alma.
Dar testimonio es mostrar y manifestar el amor que Jesús nos ha tenido encarnándose, muriendo en la cruz, resucitando y acompañándonos a lo largo de nuestra vida. ¡Nuestra manifestación cristiana nunca debe de ser de adoctrinamiento! no tengamos intranquilidad por la falta de frutos, la fe y la conversión no es cuestión nuestra, le pertenece a Cristo. Sólo tenemos que mostrar con hechos los frutos del amor, de lo contrario, la fe sin caridad, nos convierte en fanáticos y donde hay fanatismos nunca, nunca está Dios, la fe sin amor no tiene sentido. Es importante distinguir entre la autoridad y el poder que da el Señor, si la persona no está imbuida de la humildad de Jesús, terminamos mal usando la autoridad y lo volvemos poder puro y duro, abiertamente o camuflado, esto pasa por desgracia, en todos los estamentos por lo que tenemos que estar muy despiertas para no caer conscientemente o inconscientemente en ello.
Todos somos miembros del reino de Dios, si queremos, si nos lavamos en la sangre del Cordero, si tenemos hambre y ansias de Dios, no pertenecemos a la tierra, somos ciudadanos del cielo donde habita nuestro Dios. Para esto, tenemos que andar ligeros de equipaje, no retener lo que no necesitamos, tenemos que compartir no acumular, viviendo la pobreza material para adquirir riqueza espiritual, queriendo recibir los dones y carismas necesarios para la proclamación de la Palabra, que hay que anunciar con hechos no con palabras muertas que no son ni luz ni sal de la tierra. Mientras más vacío estemos de todo lo que no sea Dios, más nos regalará el Espíritu, tenemos que quitar de nosotros todas las capas de nuestro interior que tapan el rostro de Cristo.
Nuestro único estandarte, nuestra única bandera es Jesús, no lo podemos tapar con la posesión de cosas, ya vimos en la Palabra anterior, como cuando nos despistamos con lo material del mundo nos llenamos de ídolos. Tenemos que preocuparnos más del servicio, de la realización de nuestra vocación donde Dios nos haya llamado que de las cosas terrenales. Siendo el Espíritu Santo el que actúa, dándonos en cada momento lo que vamos necesitando, cuando hay sincera entrega, abandono, espera, amor en la relación con Dios, nunca hay sumisión sino correspondencia de amor, amor manifestado y recibido, cuando se gusta al Señor ya nada puede suplirlo. El amor de Cristo es cautivador, transformante, cuando se experimenta, es cuando tomamos consciencia de lo que es ser amado y como debemos amar. ¡Así sea!
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!Sí, a la vida!