Por Botellas a la mar
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Incomprensiblemente al que admiraba como pastor, como padre, como santo... ¡ya no lo conozco!, parece estar movido por locura incontrolable, atónita, pasmada veo como pone mi privacidad en manos de extraños, dejando mi intimidad desnuda, sobre la mesa de su despacho; quedando archivada, encerrada en sus calenturientas mentes, toda yo soy manejada por administradores de tirilla de cuello alto, fríos, despiadados... Impasibles, sin moverse de sus sillones, han argumentado y sentenciado, olvidando que todo ser es sagrado, toman decisiones como si fueran dueños de cielo y tierra, de cuerpo y alma. Convertidos ya en mensajeros de muerte, me han pateado, escupido, pegado, machacado, insultado, tirándome cobardemente a la chusma, a la calle como colilla o cacharro inútil. Sin arrugarse o inmutarse, faltando a todo lo honesto, sin atisbo de corazón, cobardemente me rematan, queriendo enterrar mi persona.
¡Sí, a la vida!
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