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Cuando se construyó la torre, de la casa en la que vivo, pusimos en unas de las esquinas de la misma, un sólido asiento de ladrillos y encima una base de hierro en forma de nido, sólidamente cogida al poyete de obra. Con ilusión esperamos que anidaran las cigüeñas pero fue en vano, pese a toda la imaginación que habíamos derrochado y el trabajo realizado, no hubo manera de que diera fruto, las cigüeñas se posaban y se marchaban. Terminé pensando que el ruido del ascensor, al subir y bajar por la torre, no era del agrado de los animales.
En nuestra gran familia empezó a correrse la voz de que los muertos, por las noches, se paseaban por los tejados, habían quien lo juraba, afortunadamente no fue un despliegue de espíritu, sino las patas de las zancudas, que a principio de primavera -después de 20 años- pude presenciar por fin, pasmada, como una pareja se asentaba, recubriendo día tras día, los desnudos y deteriorados hierros por el paso del tiempo, con cepellones de paja, plástico, cartones, musgos, y muchas ramas. Desde donde iniciaban una especie de cortejo, envueltos por la música y la danza que producían al entrechocar, con repetidos golpeteos, sus puntiagudos picos -de unos dieciséis o veinte cm- con un crotear o cloqueo, produciendo rítmicos sonidos y torciendo sus largos cuellos, de abajo hacia sus cortas colas, haciéndose arrumacos y atusándose sus plumas.
En la galería, desde donde las observo, es como si estuviese en el cine, presenciando un buen espectáculo a cielo abierto, viéndolas volar sobre la torre, las casas y las sierras, en su ir y venir planeando, mostrando su metro de altura y sus tres o cuatro kilos de peso, envueltos por la blancura de sus plumas, y mostrando las puntas de sus alas negras desplegadas, que contrastan con el color de los picos y patas rojas. Mi imaginación a riendas suelta se me escapa, acompañándolas en su volar, al unísono con ellas. Al caer del día, después de haber estado en zonas húmedas de abundante agua, donde han comido ranas, peces, ratones, insectos... regresan, descendiendo con perfecta precisión -me recuerdan a los acróbatas del circo del Sol- espantando a los juguetones gorriones.
Después de un tiempo pude conocer al cigoñino de pico negro -el pico de los pollos es negro- salido al parecer de un único huevo, sus atentos padres, lo cuidaban, alimentaban y acompañaban. Cual no fue mi sorpresa cuando me dicen una tarde que la cría está muerta en el jardín ¿Qué? No supe si los padres la habían arrojado del nido porque había muerto, o el animal se había matado al caerse, lo recogieron a toda prisa arrojándolo al contenedor de la basura, antes que yo lo viera, temiéndose que le quisiera hace un funeral (desde luego lo hubiese enterrado)
Todo paso a ser distinto, la madre echada y deprimida sin intención de volar y el macho, de pie junto a ella, no la abandonaba. El cuadro era tétrico, estremecedor, con alivio presencié, como se fue imponiendo la normalidad de lo cotidiano. A último de julio se marcharon.
Desde el continente africano, atravesando el estrecho de Gibraltar, han regresado de nuevo este año, es la misma pareja porque son fieles hasta que mueren, han tenido dos preciosos pollos, que nos hace mantener la vista y el dedo señalando hacia lo alto, mientras decimos, mira, mira... olvidándonos que al pasar bajo la torre no podemos acercarnos al banco, ni a la tinaja que está bajo ella, porque es donde nuestras cigüeñas disparan las "churretas".
¡Sí, a la vida!
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