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Mis recuerdos de Paco Girón

                                                                

Hoy, he terminado de leer  los folios que  que serán el libro de  la vida de Paco Girón, a cuenta de ello, he pasado el día lloriqueando, aún ahora, no puedo evitar que se me caigan las lágrimas sobre lo que escribo.

    Si pudiera escribiría y editaría otro libro con todas las andanzas que viví con él, y lo titularía "LA PIMPINELA ESCARLATA" que es como lo llamaba uno de sus obispos, al no conseguir encauzarlo dentro de un orden reglado ¡Imposible! Era el espíritu más libre que nunca he conocido.

   Viví, tantos momentos intensos, emotivos y especiales con él, que aún permanecen vivos, en mi mente y en mi corazón. No tengo la sensación de que nos haya separado su muerte, al contrario,  ésta nos ha unido más. Me ronda su presencia cercana, entrañable, cariñosa, simpática...  que me traen recuerdos bellos y a veces rocambolesco de hechos, disfrutados a tope por los dos.  

    Las Eucaristías, celebradas en nuestra pequeña, acogedora y deliciosa capilla, solos los dos: él en el lugar del celebrante, y yo en un lateral, con los ojos cerrados y las manos sobre el altar porque me bailaba el suelo. La liturgia se desarrollaba despacio, muy despacio; gustando cada palabra, poniendo en cada silaba  el fuego del corazón,  rodeados del profundo y solemne silencio, en el que nos envolvía la presencia viva y real del Señor y Dios. Allí, poníamos sobre el altar a los enfermos, a los pobres, los problemas de cada familia y tantas y tantas cosas que íbamos conociendo y compartiendo. ¡Cuántas Misas tan vivas y profundas de las que me alimentaba y vivía! 

    Las idas de gestión a la ciudad se convertían en peripecias asombrosas, como el día que me dijo: "le han robado el "aparato" de música a mi compañero;   dice que:  "por darle yo tanta confianza a los chicos, vamos a buscarlo". Allá que fuimos al semáforo donde operaba "el Manco", tío del "Chato" (al que él tanto quería y por el que sufría). Después de un rato de conversación, en el que el muchacho  se defendía a capa y espada, diciendo que no sabía nada. él le dijo: "lo compro" y sacando de su vieja y desgastada camisa blanca, no recuerdo que cantidad de dinero, al chico se le hizo la luz, como si de un vidente se tratara, escupiendo el día, la hora, quién, dónde, cuándo, cómo. Con la velocidad de un rayo, se montó en el destartalado coche, apremiándonos para que recorriéramos el camino que nos iba indicando. Nos llevó a lo peor del barrio, donde  dejándome sola, con bastante miedo en el cuerpo y encomendándome a la Virgen, esperé, intentando cerrar el seguro del coche, cosa que fue imposible porque ya no existía.  Respiré al fin, cuando lo ví bajar  con el equipo bajo el brazo, muy contento fuimos a su casa, a entregárselo a Manolo.

    Un día, se empeñó en que lo acompañase a una boda,  fue decirlo y tener que salir volando (pese a mi resistencia) con un traje que alguien me dejó. Nos acompañaba Gerardo (su hermano de leche).  Fui directa a una peluquería, y sin invitación, ni permiso de nadie, en la boda me plantó. Estaban todos guapísimos,  de vestidos largos, tocados y floripondios y yo con la guisa que iba. Miraba a Gerardo que llevaba reflejado en la cara y en la ropa el campo más rudo y pobre, después posaba mi mirada en mí y... !Ay madre, que cuadro!. Creo que eclipsamos a la novia. Cuando volvimos al coche que había aparcado junto a un socavón tremendo; ya montados Paco dice  "dale palente" y el otro contesta " ya voy" ¡Horror! ¡Este ve menos que el cura! El peinado se me puso de punta, el vestido al no ser mío se me salía, y  la cena intentaba rebosar. A gritos (por su sordera) dirigí la maniobra. Ya en la carretera me puse en las manos de Dios y que fuese lo que El quisiera. Con tremendas voces tenía que decir continuamente:  "cuidado a la derecha, a la derecha..." Fue el viaje más largo y tremendo que he hecho en mi vida,  con el cuello estirado tres palmos para poder apreciar las grandes curvas de tierra sin señalizar (por estar la carretera en obras), los ojos desorbitados por el esfuerzo de ver en la más negra oscuridad, con las manos como garras,  mordiendo el asiento delantero, y sacudida por la histeria. En un momento dado, el cura dijo de continuar conduciendo él, al parar respiré hondo, indudablemente no lo necesario porque al arrancar ya no tenía aire. En ningún momento perdió los nervios ni se inmutó. Gerardo llegó durmiendo y roncando, yo al borde del infarto.

    Termino con el recuerdo de un rezo del Ángelus, a la Virgen del Puerto, en el mirador de la Iglesia de Zufre, con la mirada en el horizonte donde se unen la sierra y el cielo, en una puesta de sol espectacular, no sé de donde, ni como salía el susurro de nuestras  ardientes plegarias, estáticos, impregnados por la oración hecha alabanza.  La paz, nos rebosaba más que la luz del sol. 

                                                                 ¡Sí a la vida!     

 

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