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Después de laudes, antes del amanecer, me doy un festín andariego junto con mi perra, salgo como un cohete recorriendo seis Km. -empiezo a trabajar a las ocho-. Intercambiando saludos con los escasos vecinos que me cruzo, entre ellos, un joven feriante que se ha instalado en el pueblo. Me contó que tiene un colchón hinchable, con el que va de feria en feria pero que con la crisis no hay niño que lo cate.
Ahora, lo veo día tras día, afanoso en un cercado, trabajando a reventar, preparando la tierra, instalando el riego y sembrando hierba para las vacas. Ha pasado el tiempo y nada florece, cuando paso le digo al Señor: “por favor Jesús bendice, chorrea tu gracia que crezca la hierba, que brilla por su ausencia que el pobre está a punto de morir del sofocón” pero nada... hasta ahora, no sale más que una endeble y raquítica pelusa, en un mar de calvas. Las vacas indudablemente no comerán, al no ser que pase como con Job, que después de tanto padecer tengan un festín, con tanta hierba que se ahoguen en ella, él y las vacas.
Me vuelvo reflexionando en la Palabra, “si el Señor no construye la casa en vano se cansan los albañiles” indudablemente hay que contar con el Señor en todo, hasta en el respirar, pidamos que nos alcance su bendición sin límites, que su gracia llegue a través nuestro, que seamos bendición de Dios para las dificultades de los hermanos, como hizo Santo Domingo -a quién celebramos hoy- que resplandece en la iglesia, por haber sido servidor de Dios, al atender al hambre material y espiritual del hombre.
¡Felicidades a toda la familia dominicana! ¡ah! Por favor, acordaros del joven de las vacas y la hierba.
¡Sí, a la vida!
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