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Festividad entre otros, de San Paquimio, senador y San Fiacrio patrono de jardineros y botánicos. ¡Felicidades!
Todos sabemos que estamos compuestos de cuerpo, alma y espíritu. El alma está formada por la mente, la voluntad y las emociones -sentimientos-. En el espíritu se encuentra la conciencia. En este lugar, es donde se establece la relación y la comunión con Dios, que nos hace vivir en otra órbita, en la suya, en su Trinidad, siendo consciente de que viven en nosotros. “En Él somos, nos movemos y existimos” dice S. Pablo, “que vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo sea guardado irreprensiblemente”.
La vida del cristiano es esencialmente el Amor que derrama el Espíritu Santo, en el que tenemos que estar fundamentados, siempre en la verdad, y nuestras obras deben de ser consecuencias de la misma verdad porque las verdades que Dios nos reveló son “espíritu y vida, palabras de vida eterna”. Palabra que es nuestra luz, Germen fecundo, jugo que transforma las almas y el mundo.
De manera que cuando nos desviamos, nos sumergimos en la vaciedad, en la materialidad de esta tierra; consumismo, egoísmos, comodidad. Dejando de funcionar al unísono en las tres partes, de la que estamos compuestos; empezamos a vivir en desorden, desequilibradamente, dejándonos llevar por el desenfreno, sin controlar las pasiones, embruteciéndonos, con el egoísmo del dinero, la comodidad del sofá y la tele y el deseo del tener, de todo lo mío, mío… llevando una vida ramplona, insulsa, vana “viviendo para las mentiras de este mundo”, todo lo superfluo. Terminamos llenos de insatisfacciones, ansiedades, agobios, desganas, sin encontrarle sentido a la vida, llenos de miedo, infelices. Y… ¡se nos va la vida! La única que vamos a vivir aquí, ¡Pum! Se fue.
Estamos hechos para el encuentro con el Señor, para un intercambio de amor, viviendo desde este amor, es la única manera que tenemos de no equivocarnos. Dejándonos santificar por su amor “Ser santos como vuestro Padre celestial es santo”; por lo que no debemos descuidar la fuente de nuestra vida que nos hace estar en vela, vigilantes, atentos, despiertos, alertas, diligentes; para no quedarnos sin el aceite, del que nos impregna la gracia de Dios, de su bendición. Llenando nuestra alcuzas del aceite de la fe, de la perseverancia en la oración, del amor que encontramos en los sacramentos de la confesión, de la Eucaristía... en el dorarnos al sol del sagrario, para vivir con pasión, la pasión de nuestras vidas ¡¡¡Jesucristo, Hijo de Dios Encarnado, Muerto y Resucitado!!!
¡Sí a la vida!
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