/image%2F1223618%2F20250904%2Fob_c2655c_sara-y-tobias.jpg)
El libro de Tobías cuyo significado es “Yahvé es bueno” es un libro narrativo, de autor desconocido, data del siglo II o III a. d. los biblistas no se ponen de acuerdo en si realmente existió o es una narración piadosa, dirigida a los exiliados, para mostrarles que la fuerza de la fe, la esperanza y la oración nos lleva a confiar en Dios. Cuenta la historia de dos familias, la de Tobías y la de Sara, con sus creencias, necesidades, fracasos, esperanzas y fidelidad; enseñando como en las dificultades y la espera en oración, Dios les respondió.
Tobit el padre de Tobías era de la tribu de Neftalí, pero vivía en Nínive por haber sido deportado durante la invasión asiria, como buen israelita continuaba cumpliendo la ley. Al quedar ciego mandó a su hijo a Rages, -ciudad de los medos- para cobrar un dinero que había prestado, pidiéndole a su hijo que buscara a alguien para que lo acompañara. Tobías se encontró con el arcángel Rafael, quién lo escoltó, protegió, guio y enseñó.
Sara vivía en Rages, oraba al Señor, sabiéndose el hazmerreír de la gente. Por haberse casado siete veces, muriendo todos sus esposos en la noche de bodas, sin haber tenido relación con ella, porque habiendo adorado a ídolos, estaban poseídos de malos espíritus.
Nos vamos a detener en dos puntos; en la lucha del bien y del mal y en el amor conyugal.
La posesión es un tema que a nosotros se nos escapa por lo complejo, pero la iglesia lo afirma y demuestra que es cierta. Pablo lo confirma en Efesios 6, 12 y Pedro 5, 8-9 sin entender sobre esto, vemos que en el mundo hay un enfrentamiento entre el bien y el mal que por desgracia hay personas poseídas por la maldad. Pero... la ley del Señor es ley de vida, de alegría, de esperanzas como vemos en Lucas 10:19 Jesús dice: “os doy potestad de hollar serpientes y escorpiones, y sobre toda fuerza del enemigo y nada os dañará”. Y en Rm 16, 20 “y el Dios de la paz aplastará en breve a satanás bajo vuestros pies”. O sea, el mal está entre nosotros pero Jesús está con nosotros y con Él nada debemos temer. Es mucho lo que nos jugamos, aquí en la tierra; nuestra vida eterna, la de los nuestros y la de todos los hombres. Indudablemente nos interesa siempre estar al lado, junto, unidas a Jesús para estar eternamente con nuestro Dios. A esto, debemos responder con esfuerzo de voluntad en nuestras acciones no involucrarnos en nada contra la ley de Dios, e irnos corrigiendo de nuestros defectos y pecados y con la ayuda del Señor participar ayudando a hacer un mundo menos torcido y feo, para que sea más bonito y sano.
Dios que es dador de vida se vuelca dándonos todo lo suyo, todo lo pone a nuestra disposición; un amigo inseparable nuestro ángel de la guarda, los sacramentos, la compañía e intercesión de la Virgen, de los Santos, su Palabra y presencia, la de la iglesia, la de esta comunidad que nos ayudan a pensar, elegir, hablar, trabajar... Si contamos con esto, los problemas se esclarecen, se suavizan, porque estamos siempre protegidas y asistidas. Creo que la mayoría de las veces esto que es así, no lo creemos. Si tuviéramos realmente consciencia de esta realidad nunca nos sentiríamos solos, ni agobiados pero... vivimos tan metidos en lo que no es Dios que se nos olvida, quitando lo ojos de Él que está siempre esperando, porque tiene más interés por ti y por mi que nosotros mismos,
Por otro lado, una celebración de boda es motivo de alegría por ser una manifestación del amor de Dios, representa la renovación de la vida, en el que todo el futuro se le ofrece, en esperanza al Señor, En Sara y Tobías sería de miedo y expectación, ante tantos temores de lo que podía pasar en sus desposorios, Sara estaría como las locas y Tobías atemorizado por si era el octavo marido muerto, no cabe duda que fue valiente. Viendo Tobías que Sara era la mujer que debía ser su esposa, no se unió sin más, como hacían los gentiles, sino que se centraron en la oración por tres días, Dios escuchó, actuó y no murió.
Para nosotros el matrimonio es un sacramento fuente de gracia, un pacto sagrado ante Dios y la iglesia, donde se recibe una bendición que une en el amor para ayudarse mutuamente a ser santificados en la indisolubilidad de la unión conyugal, donde ya no son dos sino una sola carne, donde lo que cuenta es el tú y el nosotros, debiendo desaparecer el mi y yo, para formar un hogar de fe orientado a la procreación, a la acogida y educación de los hijos en el amor, en la confianza en Dios, amándolo y respetándolo en fidelidad. Es una aventura que termina no con la muerte, sino con la resurrección. Pero... vemos constantemente que el estado matrimonial no es idílico, convirtiéndose en realidad dolorosa, dura y pura. Al no estar Dios en el centro de los dos. Ni la iglesia, ni los padres nos preparan para una elección de estado, pidiendo la ayuda del espíritu Santo para hacer una buena elección de la persona con la que vamos a compartir la vida, formando una familia. Lo normal es dejarnos llevar de sentimientos, de las inclinaciones sexuales, de lo que entra por el ojo, y... ¡así nos va!. ¿Cuántos matrimonios rotos, cansados de la convivencia, de la rutina, hastiados, con faltas de respetos, truncados, con heridas que nunca cicatrizan? cuántos hijos perdidos, usados, estropeados.
¿Y nosotros cómo vivimos nuestro matrimonio, desde yo, o desde tú y nosotros? ¿Cuántas veces hemos rezados con nuestros cónyuges ante las dificultades que nos hemos ido encontrando? ¿Y a los hijos le hemos hecho participes de nuestra alegría en nuestro encuentro con Jesús, le hemos dicho que están hechos para el cielo, que se dirijan al Señor en su elección de esposa o esposo?
El matrimonio une para siempre, si el cimiento es el amor que Dios pone en nuestros corazones, siendo entrega al otro, en una unión que cada día hay que dejar regar por la gracia divina, si vamos desde el yo mío, ya es un fracaso, que se vuelve pesadilla, terminando viéndolo todo desde mis criterios, sin contar con el Señor y menos con la persona con la que convivo. Si el matrimonio está ante Dios, con Dios, ya no hay desunión ni perspectivas oscuras, el horizonte siempre es tranquilizador sabiendo que es Jesús quién provee, quién ayuda, quién guarda. Es un compromiso en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza hasta el final. Los hogares tienen que ser escuelas de fe, donde mostramos nuestra confianza viva en Dios, donde creamos que con nuestra oración paciencia y fidelidad, Dios mueve las montañas de nuestros agobios, donde salgo de mi, totalmente lúcida, con dignidad, con entera libertad y alegría para entregarme al otro, ya que el amor no es estático, no queda congelado, ni mengua, ni muere, el amor siempre, se expande, se escapa, crece, se dilata sin limites, no se divide, alcanza plenitud cuando se da a una sola persona, rompiéndose sólo con la muerte o el adulterio.
El el amor matrimonial es una decisión de voluntad, no de sensibilidades, es tan precioso, tan darse y regalarse, tan de gozo, tan fruto de vida que en el apocalipsis queda reflejado a lo divino como la unión de Jesucristo -el Cordero- con su Iglesia -la novia- y en el cantar de los cantares se celebra el amor humano, como el amor entre Dios y el alma, o Cristo y su Iglesia. El amor es lo más excelso lo más sublime y por desgracia lo adulteramos y desvirtuamos, pero nunca es tarde para Dios, ni para nosotros, por lo que debemos de poner todo nuestro ahínco, nuestros esfuerzos, en nuestros hogares para que reine el amor y los beneficios que este trae.
No sé si hemos caído que la sagrada escritura empieza con la creación y termina con las bodas del cordero. Es decir; todo es creado por el amor, todo nace del amor y todo tiene como fin el amor. Amén.
¡Sí, a la vida!