/image%2F1223618%2F20251112%2Fob_7e18cc_oracion-a-juan-minero-para-recuperar.jpg)
Pedro escribe a la comunidad judeo- cristiana, esparcida por la persecución que sufrieron después de la muerte de Esteban. Testimonia lo visto y vivido por él, al presenciar los padecimientos de Cristo, encontrándose en espera de que se manifieste su gloria.
Se dirige a los responsables, sin sentirse superior de igual a igual, calificándose anciano como ellos que era como entonces se llamaba a los pastores, les pide que apaciente a los que les han sido encomendados, vigilando, no forzados sino voluntariamente de corazón, conforme a Dios, no por ganancias, sin corrupción, sin tiranizar a los que tienen que cuidar, siendo modelos ante ellos y sabiendo que cuando venga el Señor recibirán la corona que no se marchita.
Apacentar es dedicación de pastor a la comunidad, cuidando, alimentando, no sólo materialmente sino espiritualmente, atendiendo, enseñando, guiando, orientando por el camino recto, protegiendo, de la falsedad, ayudando, a resistir en los ataque del enemigo, alentando a los jóvenes. En fin, sirviendo en nombre de Cristo. Esto, de ninguna manera puede ser forzado, sino por convencimiento, para ello sin lugar a dudas, hay que estar enamorado de Jesucristo el Buen Pastor, de lo contrario, no amamos en su nombre; sirviendo, mostrando, transmitiendo la fuerza de su espíritu por no ser capaces de amar a los corazones de los hombres, a la humanidad. No se puede estar al frente de una comunidad cristiana, por dinero, por ganancias. El amor es lo único que siendo el tesoro más inmenso que se conoce, lo más valioso sobre todo, no tiene precio. El que ama no tiraniza, se da hasta dar la vida por los que sienten y sabe que son sus hermanos al ser hijos del mismo Padre, su forma de amar los hacen modelo de amor, de entrega a la iglesia y a todo el mundo.
A los jóvenes, les pide que en sus relaciones sean sumisos con los ancianos y que unos y otros se vistan de humildad ya que Dios resiste a los soberbios, dando su gracia a los humildes, que se humillen ante el Señor para que Él los ensalce, que pongan todas sus preocupaciones en Dios porque Él nos cuida, que resistan las tentaciones del maligno firmes en la fe, sabiendo que los hombres de toda la tierra, están soportando los mismos sufrimientos. Dios que en su gracia nos ha llamado a su gloria en Cristo, nos restablecerá, afianzará, robustecerá, nos consolidará.
Los elegidos, tenemos una nueva identidad en Cristo por medio del Espíritu Santo quién nos da esperanza viva para soportar los sufrimientos que es fuego que nos purifica, probándonos en la fe, viviendo para la voluntad de Dios y no para la carne. Cuando la vida nos es difícil, tenemos humildemente que esforzarnos en mantenernos firmes, fuertes, confiados en Jesús. No nos faltan dificultades; trabajos, sufrimientos que tenemos que vivirlos en unión con el Señor. Esto, nos va preparando para la entrada en el cielo. El sufrimiento no es el fin, sino medio de purificación, no estamos solos ante nuestros conflictos hay miles, millones de cristianos en el mundo constantemente pidiendo unos por otros. Además el Maestro nos cuida, nos da fortaleza y nos sostiene. Pablo dice: “todo lo puedo en aquel que me conforta”. Dios nos ama y su voluntad es amarnos siempre, continuamente.
Tenemos que ser comunidad de fe acogedora, fraterna, donde se encuentre alivio y consuelo, ayuda en las flaquezas y vacilaciones, para esto, todos debemos vestirnos de humildad porque sin humildad no brillan ninguna de las virtudes: la pureza, la caridad, la pobreza... ni el servicio sano; nada, de nada. Dios da gracias a los humildes y se opone a los soberbios. Él, hace inamovible las piedras vivas con la que está edificada su iglesia, donde habita Dios, que ya no es el arca de la alianza, ahora, es el sagrario donde mora el Dios vivo.
En el antiguo testamento los israelitas sufrieron muchas calamidades esperando la tierra prometida, estando siglos de esclavitud en Egipto, después sufrieron el éxodo por el desierto durante cuarenta años hasta cruzar el Jordán y entrar en Canaán. Nosotros, dicho por S. Pedro esperamos otra herencia, esta celestial segura, firme, guardada por el mismo Dios que es quién nos la promete y sella con el Espíritu Santo de la promesa que es la garantía de nuestra herencia.
¿Cuál es esta herencia? Sin lugar a dudas ¡Cristo! Dice el salmo 16, 5 “el Señor es la porción de mi copa” y en Lamentaciones: 3,24 “el Señor es todo lo que tengo en Él esperaré” Por tanto nuestra herencia es Jesús y el Espíritu Santo la prenda de nuestra herencia que es el anticipo, la garantía de que Dios cumple siempre lo que promete, el Espíritu es el sello que confirma que pertenecemos a Dios del cual ya gustamos en esta vida, nadie nos puede quitar esta herencia, ni dañarla, es nuestra para siempre. Eternamente viviremos en unión con nuestro Dios. Por lo tanto, recibiremos el culmen de los culmen, no hay más ¡Jesucristo! en la presencia del Padre con el beso del Espíritu Santo, el mismo beso con que somos nosotros besados, sellados, no hay más ¡Dios y eternidad! Esta es nuestra herencia.
Tenemos que trabajar sirviendo, sometiéndonos unos a otros, sin envidias, codicia, ambición buscando popularidad, rencores, testarudez, orgullos, ira... debemos practicar todas la virtudes, a la vez que le pedimos al Espíritu Santo que nos las conceda, las virtudes tienen que ser nuestra joyas, especialmente la caridad que va siempre vestida de humildad, ésta debe de ser sincera, entendiendo que humildad no es sumisión ni complejos, debilidad, o falta de carácter, sino amor, 0 sea, humildad es la guinda del amor. Como S. Pedro mejor que nadie después de sus negación en la pasión indudablemente se enteró que sin Dios no podía nada, pues igual, recordemos siempre que trabajamos para el Señor, pero que sin Él no somos nada.
El Señor nos dice en Isaías 46,4 a las que somos ancianas o estamos entrando en la ancianidad: “Hasta vuestra vejez, yo seré el mismo, os llevaré hasta que seáis ancianos”. “Os he llevado y os llevaré, cargaré con vosotros y os salvaré, salmo” 92, 14.15 “Plantados en la Casa de Yahve, florezcan en los atrios de nuestro Dios”. “Todavía en la vejez producen frutos, siguen llenos de frescura y lozanía para anunciar lo recto que es Yahvé”.
De toda la creación el hombre es el ser más perfecto, por haber sido creado a semejanza de Dios y Dios nos ama con pasión, ante los ojos de Dios el hombre es sagrado, nos a creado para el cielo para Él, Dios nos respeta nos habla nos muestra su amor, somos pertenencia suya. ¿Cómo debemos tratarnos unos a otros cuando somos sus hijos ciudadanos del cielo, hechos para su gloria? Tiene que ser tal nuestro respeto al otro como si viéramos a Jesús mismo en cada uno, no podemos decir Señor, Señor, y no desvivirnos, interesarnos por nuestros hermanos.
Estamos hechos para la luz, si descansamos en Dios nada nos puede hacer daño. El Señor al precio de su sangre compró mi salvación, ya no me pertenezco, soy sola y exclusivamente suya, de quién me lleva tatuada en las palmas de sus manos, ¡Jesucristo nuestra corona! es la vida de los que creemos en Él, cuando Él se manifieste, también nosotros seremos junto con Él manifestados en gloria. Que así sea.
¡Sí, a la vida!
/image%2F1223618%2F20251112%2Fob_6c8324_8nina.jpg)