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Revestidos de Cristo.

                                       

  Después del exilio babilónico durante el reinado de Darío -sobre el 520 o 518 a C.- Zacarías cuyo nombre significa “el que es recordado por Dios” era sacerdote y profeta- -llamado de los menores por ser muy breve el libro de gran valor teológico que lleva su nombre-. Profetizó la venida del Mesías, su muerte y la restauración del pueblo de Dios. Vivió al mismo tiempo que el profeta Hageo e igual que él, llama a la conversión y la reconstrucción del templo. Murió apedreado entre el templo y el altar por las autoridades judías por denunciar la corrupción con la que vivían. En Mateo 23,35 Jesús lo menciona. Al condenar a los líderes religiosos de su tiempo responsables de la sangre de los justos por ellos asesinados.

  Anuncia profecías y visiones mesiánicas, rebosantes de poesía llena de esperanza para el pueblo de Israel, llamando al arrepentimiento y renovación espiritual, anuncia dos venidas de Jesús, una pobre, manso y humilde como rey justo y victorioso, montado en en una cría de asna. Para Israel el símbolo de paz, humildad y realeza pacifica era el asno, ahí, viene Él, nuestro Dios justo y victorioso. Esta profecía escrita quinientos siglos antes es un oráculo profético, que se cumple el domingo de Ramos con la entrada de Jesús en Jerusalén. y la segunda, en la que vendrá glorioso y poderoso, trayendo la paz sobre toda la tierra para reinar sobre todo. Vamos a reflexionar en como nos afecta a nosotros estas dos venidas del Señor. La primera, como rey pobre, manso y humilde y en la segunda, en la que vendrá glorioso y poderoso.

   Leemos en el N.º 783 el Cte.. “por el bautismo hemos sido revestidas de Cristo”, en Ap. 1, 6 y 1P2,9 “somos linaje escogido, pueblo adquirido por Dios, nación santa, porque nos hemos convertidos en hijos de Dios y miembro de la iglesia, participando de su vida divina y sacerdocio, lo que nos da una nueva dignidad, e identidad en Cristo”. Somos Sacerdote, que es el que habla con Dios, permitiéndonos ofrecer nuestras vidas y acciones y a nosotros mismos, como hostias vivas santa y agradable a Dios. Profetas; porque hablamos de Cristo por la fuerza del Espíritu Santo que nos hace vivir anunciando la verdad de Dios, dando testimonio de Jesús y a denunciar el mal en el mundo. Reyes; sí, igual que Jesús reyes y reinas de paz, en la humildad, en el amor, sirviendo a Dios y a los hombres, con libre entrega, en la cruz de cada día, no estando atados a nosotros mismos, o a alguna otra cosa, ya que sólo con total libertad y queriéndolo por puro amor, tenemos que estar atadas a la voluntad de nuestro Dios.

   Nuestra modelo es Cristo, al que debemos de imitar, siendo justos, humildes, mansos. Esto es de una elevación espiritual que ni entendemos pero... no olvidemos nunca que quien lo realiza es la fuerza del Espíritu Santo, como respuesta a nuestro anhelo y consentimiento. Sólo debemos de pedirlo con seriedad y desearlo, de todo corazón. Nuestro querer prioritario tiene que ser Dios. Jesús nos dice: “Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mi que soy manso y humilde de corazón y hallaréis descanso para vuestras almas”. Este yugo, no es de esclavitud es la unión total con Él, que nos hace libres, contagiándonos y aprendiendo que este yugo es suave liviano porque es el yugo del amor y no hay nada más tierno, amoroso, curativo, grandioso que su amor que es el que nos santifica. El que nos hace presentar nuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Él.

  Por otra parte Zacarías nos dice que exultemos sin freno llenas de jubilo, que gritemos de alegría como hijos de la Iglesia, porque aquí está nuestro rey, ¡el Hijo de Dios! El que se ha revestido de carne en el vientre de María para hacerse igual a nosotros por querer que nosotros nos hagamos una con Él, viene a su pueblo; justo, victorioso, humilde ¡este es nuestro Dios! Al que adoramos alabamos glorificamos, del que estamos locamente enamoradas ¡Jesús!

  Somos una comunidad de alabanza que le cantamos a Dios, en unión con los ángeles y los arcángeles, con todo el cielo, en nombre y junto con los corazones de todos los hombres de la tierra, nos reunimos para glorificar al que sabemos que es glorioso ¡Jesús! El Señor está aquí, con el Padre y el Espíritu Santo ¡la Trinidad plena! nos lo dice Él mismo: “donde dos, o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de vosotros” Mt 18, 20 ¿Lo tenemos claro? Y si lo tenemos claro, ¿pongo mis sentidos y las potencias de mi alma centradas en Ellos, o tengo la cabeza distraídas en otras cosas, y pendiente de quién entra o sale, a veces haciendo comentarios, sin centrarme, más pendiente en los números de los cantos que de la persona a quién le canto? ¿Cómo exultamos, gritamos de jubilo, proclamamos, pedimos, rezamos, rogamos, damos gracias, amamos? ¿nos regocijamos, alborozamos, ensalzamos? Somos hijos de Dios escogidos, ungidos, amados, salvados, que cantamos al Dios todopoderoso. Tenemos que hacerlo acariciándolos con los cinco sentidos, con nuestras almas y entrañas. No, no podemos olvidar que estamos alabando al Rey de Reyes y Señor de los Señores.

  ¿Cómo son nuestros deseos de Dios? ¿Tenemos actitud de alabanza? ¿Tenemos conexión espiritual, con conciencia de estar ante Dios? ¿Sale la alabanza del centro de nuestras almas, donde Ellos moran? no podemos interrumpir la alabanza por nada ni por nadie, de no entrar el Papa o el obispo, ¡sólo Dios! En estos momentos todo pierde sentido, tenemos que tener la cabeza vacía de todo lo que bulla en ella, no podemos ser adoradores desvirtuados, por la rutina, por el vicio vacío de nuestros actos sin conciencia, sin tener la mente despierta, ni la voluntad en Él ¿Cómo dar gracias a Dios, reconocer y expresar amor por su bendiciones? ¡Alabando! Que es reconocimiento de su bondad divina, es ver a Señor actuando en nosotros, en cada momento. Tenemos que tener actitud humilde de gratitud continua en toda circunstancia, adorando, honrando a Dios, demostrando fe en su bondad y soberanía y poder. Dar gracias en medio de las dificultades, por la fuerza que nos da para soportar las pruebas, su presencia constante y su promesa de que todas las cosas es para bien de quienes lo aman.

   Estamos en espera de la venida del que vendrá victorioso y glorioso a traer la paz sobre toda la tierra, ¡nuestro Señor! que venciendo toda guerra e injusticia reinará entre nosotros hasta los confines de la tierra, eternamente ¿Cómo lo esperamos? ¿Con miedo, con esperanza, con indiferencia, sin darle importancia? ¿Nos estamos preparando para el encuentro más importante de nuestra vida? ¿Trabajamos por la paz en nuestro entorno, o sembramos prepotencia, tibieza, flojedad, indiferencia, inconsciencia, estamos colaborando, ayudando a Jesús a la iglesia a poner paz, justicia, y amor en todo lo que tocamos, somos evangelio vivos, ejemplos de seguidores del Maestro?

   En dos de las bienaventuranzas Jesús nos dice: Bienaventurado los mansos, porque ellos heredaran la tierra y Bienaventurados los pacíficos porque ellos serán llamados hijos de Dios- Vivamos con constancia y fidelidad, buscando y sirviendo al Señor, amándolo sobre todas la cosas, haciéndolo presente con nuestros actos de amor, de paz en este mundo tan revuelto para que nos ocurra como nos dice Oseas en 2, 20 Te desposaré conmigo en fidelidad y me conocerás como el Señor. Que así sea.

                          ¡Sí, a la vida!         

 

 

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