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Esta carta dirigida a Tito junto con otras dos a Timoteo, son las tres llamadas pastorales, adjudicadas sin certeza a Pablo. Tito era un gentil de Grecia, convertido al cristianismo. Su nombre significa “honorable, protector, o defensor”. Es ejemplo en la historia de la iglesia, por la oposición de Pablo a que fuera circuncidado, defendiendo que la fe en Cristo era para todos, que los gentiles no tenían que seguir la ley judía para su salvación. Lo llamaba verdadero hijo en la fe, fue de los más fieles discípulos de Pablo, junto con Timoteo, acompañó a Pablo en varios de sus viajes. Fue obispo en Creta, Corinto y Dalmacia. La reliquia de su cráneo está en la catedral de San Tito, en Heraklion, la capital y la ciudad más grande de la isla de Creta.
Este escrito, carece de la pasión y vehemencia acostumbrada de Pablo, es frío, burocrático, condena las falsas doctrinas, sin demostrarlo con razonamientos convincentes. En ella, Tito es instruido para que pastoree y organice la iglesia de la isla de Creta, poniendo orden; corrigiendo las deficiencias, nombrando líderes maduros e irreprochables en la verdad y la piedad, pidiendo que sean marido de una sola mujer, con hijos creyentes, dueños de sí, hospitalarios, amantes del bien, justos, santos, capaces de enseñar correctamente la doctrina, para combatir los falsos maestros. Advierte contra rebeldes y engañadores que buscan ganancias deshonestas.
Desde los inicios de la Iglesia, vemos desencuentros entre los lideres cristianos. Después de la crucifixión y resurrección del Señor, fue muy rápido el crecimiento de las comunidades, teniendo estas que vivir situaciones complejas, como el hecho de que los judíos conversos quisieran imponer la ley mosaica a los gentiles; la circuncisión, el enfrentamiento de Pablo con Pedro, por no querer comer con los gentiles, la disputas entre los cristianos de habla griega y hebrea por la atención a las viudas que no eran equitativas, la dispersión de las comunidades, que dificultaban el entenderse entre ellos, las influencias del entorno que les rodeaban, la diversidad religiosa, las persecuciones, todo esto, era obstáculos a la hora de actuar y manifestarse, en una sociedad con diferentes culturas y creencias, estando rodeados de complejidad y hostilidad, en continuas tensiones en las que tenían que resolver los desencuentros internos, buscando la unidad teológica, haciéndole frente a los falsos maestros, a las herejías, a los juicios y martirios. Todo ello, los llevó a tener que celebrar el concilio de Jerusalén sobre el año 48 o 50 d. C.
Ahora, en el 2026, nuestra Iglesia compuesta por multitud de pecadores que decimos seguir a Jesucristo, estando inmersos en una continua lucha entre el bien y el mal que nos rodea, continúa igual que entonces, con roces y desencuentros muchas veces escandalosos. Esta es nuestra iglesia, pero debemos creer con firme convicción que de verdad si tenemos fervientes deseos de no quedarnos en las vilezas de nosotros mismos, deseando ser levantados, alzados de nuestra incongruencias, de salir de nuestras contradicciones, de nuestras vidas ramplonas e insulsas, nuestro Dios lo hará. Pablo nos dice: “la verdadera fe transforma la conducta y el corazón”. Y... no hay dudas, porque el Espíritu Santo es transformador. Nuestras debilidades nos ahogan no teniendo voluntad para sacudirlas, es por lo que tenemos que esforzarnos en vivir con la alegría que nos da nuestra fe y la fuerza de la Palabra. Enamorémonos, enamorémonos del Hijo del Padre, manifestando con nuestro testimonio, no de pobrecitas mujeres que quieren y no pueden, sino con anhelos ardientes de ser transformados por la fuerza del Espíritu.
Debemos cultivar nuestra mente, de lo contrario, esta se corrompe con los criterios mundanos, con la agresividad de todo lo que nos rodea; la vulgaridad en las conversaciones, las ideas políticas que nos llevan a la radicalidad y el fanatismo, influencias de modas, el mal uso de televisión y móvil... todo esto, nos influye, dejándonos lavar el cerebro, se nos oscurece el entendimiento y la conciencia, terminando por no ver a la luz del Señor. Viviendo ya fuera de la verdad, la mente se contamina y no puede dirigir la conciencia que se adormece y embrutece.
Todos estamos hechos del mismo barro, y en este barro, en esta fragilidad que soy yo y eres tú, está depositado todo lo eterno, para lo que debemos vivir, para que sea esto cierto, no podemos decir amo a Dios y a la vez no esforzarnos por vivir en la verdad con fuerte y sana voluntad, para aplicarlas a nuestras decisiones con rectitud, con pureza de corazón, no dejándonos dominar por las malas pasiones, sin moralidad ni espiritualidad, actuando con hipocresía y cinismo. En Proverbio 4, 23 leemos “por encima de todo vigila tu corazón, porque de él brota la vida” por lo que tenemos que orar como el profeta David en el salmo 51 diciendo: “Crea en mi, oh Dios, un corazón limpio y renueva un espíritu recto dentro de mi”. David hace esta oración reconociendo que sólo Dios puede realizar esta transformación después de haber pecado. Mateo 5, 8 nos dice “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios” Jesús nos enseña que la pureza interior nos permite vivir en comunión con Él. Tito 1, 15 Para los limpios todo es limpio; más para los contaminados y no creyentes nada hay limpio, pues su entendimiento y conciencia están sucias. Profesan conocer a Dios, más con sus obras le niegan; siendo abominables y rebeldes e incapaces de toda obra buena.
Aspiremos, aspiremos al amor divino, seamos miembros de la iglesia deseosos de ser santificados. No seamos borregos de este mundo, sino ovejas del rebaño de Cristo, seguidoras de Cristo, con hambre de Cristo, enamoradas de Cristo, alimentadas de su Palabra, de su Cuerpo y Sangre, en seguimiento constante del que es nuestra Vida. Así, que arrojémonos al fuego purificador del Espíritu y sumerjámonos en el universo de vida de luz y de amor que es nuestra Trinidad. ¡Así sea!
¡Sí a la vida!
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