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Sofonías era tataranieto del rey Ezequías, fue uno de los profetas menores de Judá, en tiempo de Josías 640-609 a. D contemporáneo de Jeremías, Habacuc y Nahúm, su nombre significa “Yahvé protege”. En su libro profético/histórico de tres capítulos, pide al pueblo que sea fiel, convirtiéndose de vivir en la idolatría, censura el mantener gobernantes corruptos, las costumbres extranjeras y el culto a los falsos dioses, Su mensaje apasionado, llama con intensa fuerza a la justicia. Anunció “el día del Señor”, que sería un juicio contra Judá y las naciones cercanas, clama por el arrepentimiento, ante la espera de la acción de Dios. Aunque profetiza destrucción, termina con esperanza, pidiéndoles que vuelvan al Señor, para ser liberados del castigo. La conversión, salvación y restauración de la nación, sólo se promete a un resto fiel que será restaurado. Condena la corrupción oficial, el sincretismo religioso y el orgullo, llamó a la humildad y a buscar a Yahvé. Para que bajo el gobierno justo de Dios, para que Israel participará de los beneficios del pacto bíblico: “yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo”.
Aunque no menciona al Mesías, en 3, 15 se ve que es en Cristo en el que se cumplirá las promesas, el Señor como Rey de Israel habitará en medio de su pueblo, eliminando el mal, el temor y el castigo y en 3, 9-20 reuniendo a su pueblo en una victoria gloriosa y gozosa porque Dios está en medio de nosotros, ¡un poderoso Salvador! Exulta y danza por ti, nos renueva con su amor como en los días de fiesta. Sofonías nos mueve a la conversión a la búsqueda del Señor y a la acción.
En nuestro mundo tan convulso e injusto, con tanta maldad y confusión donde las miserables guerras matan sin piedad, mientras unos mueren de hambre y sufren, otros cruelmente tanto amasan, tenemos que levantar la mirada al crucificado y resucitado porque de lo contrario es imposible asimilar tanto desvarío. Cuándo no se tiene intimidad, o sea, relación, diálogo, contacto, amistad de amor con Jesús, terminamos aceptando los absurdo de este mundo, naturalizamos lo que no es, ni puede ser, mirando sólo por lo personal nuestro, apartándonos de la manera de ver y sentir de Jesús, en el que decimos creer pero al que no seguimos, nos corrompemos haciendo costumbre el dar culto a cualquier cosa , sin reflexionar, en el bien o el mal. No siendo conscientes de que caemos en la adoración de ídolos, el dios del yo, como puede ser el poseer, poniendo toda clase de placeres en el lugar que le corresponde a Jesús, ideas, personas... que consume nuestro tiempo, atención, afecto... ídolos falsos, a los que adoramos. Sin darnos cuenta, terminan siendo más importantes que nuestro Señor, al que sustituimos, buscando con obsesión seguridad, bienestar, felicidad...
Siendo nuestro espíritu el templo donde habita Jesús y el alma la conexión nuestra con Él, en el momento que nos imbuimos del mundo, velamos, entorpecemos y bloqueamos la relación con el Creador, nuestro corazón hecho por y para para Él, se corrompe, perdiendo el gusto por lo divino. Nuestra oración ya no es incienso, ni alabanza gratuita, no es oblación de amor, no es donación al Señor en favor y en nombre de los hombres, no es amor limpio, transparente venido del Espíritu, ya estamos corrompidos. La idolatría dice el catecismo es una tentación constante contra la fe, un pecado grave contra el primer mandamiento por divinizar lo que no es Dios, venerando a las criaturas o las cosas en vez de a Dios. Como dinero, demonios, raza, estado, poder, placer, antepasados o el yo por encima de Dios. Es la perversión del sentido religioso, innato en el hombre. Está demostrado que al nacer ya tenemos una inclinación natural a lo espiritual, localizada en la masa gris del cerebro, la relación espiritual sostenida en el tiempo oración, meditación, adoración, silencio... el caminar con Jesús, puede aumentar un 7% más físicamente la densidad y el volumen de esta parte cerebral. En mi pobre entender es que ya nacemos capacitados para una estrecha e intima relación espiritual con Dios. Esto ayuda a mantener el cerebro más joven al prevenir la reducción del volumen de materia gris. O sea, no es un invento sino la inclinación humana innata hacia lo trascendente al estar presente en nuestra materia.
Dios habita en el santuario de nuestro espíritu y lo adoramos con nuestra alma, con las ofrendas de actos puros del corazón, ¿cómo? en Marcos 12, 29-30 Jesús citó el Shemá DT para enseñarnos como debemos amar a Dios; “con todo el alma, con todo el corazón, con toda la mente y todas las fuerzas”. ¿Qué pasa si esta relación no se da? Nos malogramos al no realizarnos en el Señor, perdemos la paz interior, la identidad, la razón para la que hemos sido creados, ahí nuestros males, perdemos la conexión con la fuente de nuestra vida.
Al creernos autosucientes caemos en la soberbia, el orgullo, la indiferencia, cargamos con un peso inhumano imposible de sobrellevar, frustrándonos, perdemos la estabilidad emocional, cayendo en la ansiedad, que nos lleva a mostrarnos infelices, enfadados, tristes, insatisfechos, incompletos... poseyendo todo lo material, dejamos nuestra alma sin el alimento espiritual. La falta de conexión con el que es la vida, la luz, el amor, nos cansa y debilita, nos quita la paz y la esperanza. La realidad de su existencia nos tiene que llevar a vivir en el abandono y la esperanza de su fidelidad, de su espera sin fin de Padre bueno que desea abrazarnos, que se goza de su hijo arrepentido y convertido, no nos pide que seamos perfectos, nos pide humildad, que reconozcamos nuestro pecado, que lo llamemos, que Él ya hace el resto. Nos salva, se goza, se regocija con cantos en ti y en mi, con alegría se deleita y calla de amor. Este amor tan infinito que nos serena y pacifica. Para esto vivamos del Espíritu y mantengamos los ojos fijos en Cristo. Que así sea.
¡Sí, a la vida!
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