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Está epístola, escrita en griego sobre el año 60-65 d. C se le atribuye a Pablo, aunque los teólogos bíblicos no se ponen de acuerdo en quién la realizó. Es una enseñanza sobre la persona de Jesucristo y su papel como mediador entre Dios y los hombres. Comienza con una exaltación de Jesús, como Hijo de Dios, resplandor de su gloria, e impronta de su Ser, heredero de todo, que sostiene todas las cosas con el poder de su Palabra.
Nos dice que Dios habló muchas veces y de muchas maneras, como en Génesis, 1,3 leemos “sea la luz” y desde ese momento su Palabra creadora se nos muestra a través de las personas, por sueños, visiones, ángeles, profetas... De esta manera, Dios mismo nos revela su voluntad, pidiéndonos fidelidad para que vivamos conforme al bien que es Él, denuncia la idolatría, las injusticias, el pecado; llamándonos al arrepentimiento, nos guía, ayuda, consuela, nos da esperanza. Así va preparando a su pueblo para la revelación plena que vendrá con la venida del Mesías, quién hablará de manera definitiva, final y suprema.
Más de setenta y cinco veces es Jesús reconocido en la biblia como Hijo de Dios, nosotros sólo nos vamos a fijar en su bautismo, narrado por los cuatro evangelistas, donde es evidente la manifestación trinitaria; Al ser bautizado Jesús, el Espíritu como paloma desciende sobre Él, del cielo viene una voz con autoridad divina que dice: “Tú eres mi Hijo amado; en ti me complazco” el mismo Padre lo confirma como Mesías, Hijo amado y Heredero.
Jesús el Mesías el ungido prometido, salvador del mundo, es la realización, del cumplimiento de todas las promesas hechas por Dios en el AT, lo vemos en Lc 2, 11 “os ha nacido hoy en la ciudad de David un Salvador, Cristo el Señor, en Jn 4, 26 le dice la mujer, “Sé que ha de venir el Mesías llamado Cristo, Jesús le responde: !Yo soy, el que habla contigo” en Mt 16, 16 Pe. le confiesa: “tú eres el Cristo el Hijo de Dios viviente” nuestro libertador, la Palabra de Dios, el Mediador entre Dios y los hombres, Rey de justicia y paz. ¡Este es Jesús!, nuestro Dios, el amor de los amores, ¡Cristo el Señor! la revelación completa plena de Dios, Él dice: “el que me ha visto a mi ha visto al Padre” Él, Jesús es eterno, no tiene principio ni fin, es el primogénito, la Palabra y el Amén de Dios, nada antes que Él y nada después de Él, es la manifestación definitiva, en quién vemos su papel único en la revelación ¡su divinidad! imagen total y perfecta,de todo lo que es Dios, en Él habita toda la sabiduría el resplandor de su gloria, de su luz, de su esencia, de su Ser, sustentador del universo con su Palabra, el que reina por los siglos, el Purificador que nos limpia los pecados, nuestro Soberano que sentado a la derecha de la Majestad en las alturas, nos dice lo que necesitamos escuchar sobre Dios al que nadie ha visto jamás, sí el Unigénito de Dios o Hijo único que está en el seno del Padre y nos lo ha dado a conocer y revelado por completo.
Jesús, el Hijo de Dios, el que restaura la relación entre Dios y los hombres, por puro amor. ¿Qué es para mi el Hijo de Dios, cómo le correspondo? ¿cumpliendo unas leyes, hechas costumbres repletas de tibieza, quejas, de continuas peticiones pedigüeñas, con miedos por las incertidumbres, arrastrando las penas y cansancios con la esperanza muerta, buscando más que a Él, mis intereses? ¿O tengo un contacto de amistad, de abandono, de fe rebosante de alegría, consciente de que no voy hacia la muerte sino a mis bodas celestiales? ¿Vivo a sus pies, siguiéndolo por el camino hacia su cielo, descansando mi cabeza sobre su pecho, alimentada de su cuerpo y sangre, bebiendo y comiendo su Palabra, amándolo sobre todas las cosas, esforzándome en crecer en las gracias que me son dadas por el ES? ¿Es para mi el verbo Encarnado, el esposo enamorado de mi que se hizo hombre para transformarme en Él, ocupa por entero mi vida, mi alma, mi espíritu, toda mi historia. Veo en Él los brazos que me llevan a su unión divina?
Jesús Heredero, La creación es un regalo del Padre al Hijo por amor, que ha sido hecha mirándolo como modelo. En el Sal 2, 8 leemos: “Pídeme, y te daré por herencia todas las naciones, y como posesión tuya los confines de la tierra” y en Hb 1, 2 muestra a Jesús como Hijo primogénito, heredero legítimo de todo lo creado, recibe y es dueño soberano de todo lo que existe. Teniendo autoridad absoluta sobre toda la creación, tanto material como espiritual; personas, ángeles, todas las poderes les pertenecen para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo y en la tierra y debajo de la tierra, confesando que Jesucristo es el Señor para gloria de Dios Padre. Jesús, nacido bajo la ley nacido de mujer, criado y mantenido con el trabajo de José, vive pobre y muere pobre, siendo enterrado en un sepulcro prestado, siendo Dios. ¿Nos arrodillamos ante Él para adorarlo, en pobreza espiritual y material? ¿Con humildad vemos y reconocemos con sinceridad, nuestra pobreza de persona? ¿Me doy como Jesús se dio, dejo que continúe dándose a través de mi? ¿Acumulo o comparto no lo que me sobra, sino lo que no es mío, porque todo lo que tengamos de más, pertenece al que no tiene?
¿Es Jesús para mi el centro la vida, de mi ser, el amado que exhala olor y fragancia divina, el ungido que llena mi alma de su presencia y hermosura? ¿me dejo ungir y transformar por su Espíritu Santo, o pongo trabas resistiéndome, siendo obstáculo a su acción salvadora en mi, en los otros y en el mundo, no respondiéndole? ¿Soy consciente de que Él no dijo adórame, sino sígueme, que si no lo sigo no lo trato, si no lo trato no lo conozco, si no lo conozco no lo amo y si no lo amo no lo adoro. El amor infinito que es el E.S, depositado en nosotros, es todo el amor de nuestro ser, es el amor con el que lo adoramos por lo tanto que Jesús, nos bese con los besos de su boca y nos diluya en la unción de su Espíritu Santo. ¡Qué así sea!
¡Sí a la vida!
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