Por Botellas a la mar
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3.º La relación entre nosotras fue buena, me demostraba afecto y se desvivía por facilitarme el día a día en el trabajo y, pasado el tiempo, también en la convivencia que iniciamos. Le di empleo, casa, amigos, tiempo, viajes... la acogí con buena voluntad, de buena fe y con cariño limpio.
Con el tiempo, la convivencia se hizo imposible. Ha durado tanto por mi permisividad, de la que me siento culpable. Se fue manifestando totalmente distinta, dejándome atónita, desorientada, confusa, preocupada y asustada… Al manifestar problemas educacionales, de carácter, de alimentación, de administración, de afectividad nula para las relaciones sociales… esto me ha llevado a estar en continuo estado de alerta, arreglando los desaguisados que ella cometía y tapándola constantemente. Pese a las muchas advertencias de los que nos rodeaban, diciéndome que demostraba ser mala persona -eran muchas las quejas que me llegaban-. Hay dos teorías más que, por respeto a ella, prefiero no mencionar. Me he pasado el tiempo diciendo: “No, no es mala, es bruta”. No perdía la esperanza de que cambiara.
¡Sí, a la vida!
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