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Mi Deprofundis, "¡Todo para nada!"

                                     

 6.º La atención mía hacia F. ha sido ininterrumpida, total... Es verdad que al compartirla con C. ha sido en medio de muchas dificultades, siendo jefa, compañera, hermana, amiga, educadora y a veces madre de C., lo que me ha llevado a un desgaste físico y psíquico hasta enfermar. Y... ¡todo para nada! Ante lo imposible de la situación, se añadieron los acontecimientos que iban acaeciendo; propiciado por las estrategias de C., se fue quedando la niña con ella y yo, por la paz y poder continuar viviendo aunque fuera arrastras, indebidamente lo consentí, creyendo también que era lo mejor para la niña. Me llevó al cambio de colegio, siendo incierto que fuera por necesidad educativa —fue por imposición— debido a un tremendo desencuentro con el director del colegio. La clase de F. la trasladaron a la primera planta y, cuando C. se enteró, montó en cólera; cuando me lo contó, me posicioné junto a ella, ahora creo que indebidamente, porque en realidad para la niña hubiera sido una fiesta subir y bajar con la silllla salvaescaleras  —aunque, si en aquellos momentos le digo esto, ahora me acusaría de que quería que usara la silla a ver si se mataba—. Asistí a una reunión muy desagradable con el director y con ella; a cada instante le tenía que pedir que no chillara, que estábamos en el colegio. Fue imposible el llegar a un entendimiento, creo sinceramente que más por la actitud de C. que por la del director; al final me dejó sola envuelta en semejante situación, intentando un arreglo con el director y con el inspector de educación. Con desprecio, sin diálogo, en ese mismo instante decidió el cambio de colegio, por decisión propia, sin habérnoslo planteado nunca; para mí era algo que sucedería cuando me jubilara, pero jamás nos lo habíamos planteado. Y... una cosa trajo la otra: se marchó a vivir a Guillena, me prometió que esto no alteraría en nada nuestra vida, lo que fue mentira, ya que se redujo drásticamente mi tiempo con F., siendo imposible el que yo pudiera colaborar en llevar, traer o tener a la chiquilla. No quise quitarle a la niña el trato con la familia de C., donde era querida; me parecía que era bueno que disfrutara de abuelos, tíos y primos. Cosa que yo no le podía ofrecer por ser mi situación personal y familiar distinta; me pareció que no debía privarla de esta riqueza. Cuando me di cuenta, solamente veía a F. los sábados por la mañana y los martes por la tarde. Cuando, sin yo saberlo, ya tenía el proceso de adopción muy adelantado, me planteó quitarme las tardes de los martes —en los que ella iba a un grupo y yo me ocupaba de F.—, le dije: “Carmen, no me parece justo que tu familia disfrute de la niña más que yo”; no me contestó ni volvió a hablar de ello.

 Ej. Al principio, para que visitara a sus padres tenía que insistirle; intenté por todos los medios que, al llevar a Fátima al punto de encuentro, los visitara, cosa que no hacía con frecuencia; era bastante distante con ellos —en aquellos momentos—; al final lo hizo rutina. Intervine en el enfado con su padre por querer este que le dejara a su hermana pequeña el coche que iba a entregar por la compra de otro. Años después, le aconsejé que, al cambiar de nuevo el coche, en vez de un cambio se lo regalara a su padre. Así lo hizo.

                          ¡Sí a la vida!

 

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