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Mi Deprofundis "La niña de mi alma"

                                      

  8.º Desde siempre, me he ocupado afectiva y económicamente de F. y no solamente de ella, sino también de C. F. es el ser más importante de mi vida, es la niña de mi alma, a la que amo con todo mi corazón. Únicamente aquellos que no me conocen, que no han sido testigos de mi relación con ellas o que tienen algún interés en decir lo contrario, pueden temerariamente negarlo. Desde el principio, fui quien asumió la mayoría de los gastos relacionados con el bienestar de los niños. Lo que he aportado en vestuario y en todo lo necesario ha sido tremendo, hasta que se negó a ponerle la ropa que le compraba, quedándose esta colgada por años con las etiquetas puestas sin estrenar; terminé por cansancio yo misma regalándola o donándola, y opté por no comprarle nada más. Son muchísimos los testigos de que la ropa no dificultaba para nada el desarrollo de la vida diaria de mi niña. Ya que yo misma devolvía la ropa que los más allegados le regalaban a F., después de que C. decía: «¡Vaya asco!». Y para nada imposibilitaba el buen manejo y comodidad de la chiquilla. Era imposible que yo pudiera ponerle algo sin su enojo, ni un solo lazo en la cabeza.

 Los costes en los que participábamos las dos, con el paso del tiempo, se hizo evidente que eran exagerados, ante lo cual yo protestaba por el derroche; cada poco decía: “Me debes doscientos, trescientos euros...”. ¡Lo que fuera! Nunca jamás dudé de que se pudiera quedar con dinero, ¡nunca!, ya que, a este respecto, es totalmente honrada. Pero era manifiesta su mala administración.

 Amontonaba relojes, ropa —que no le daba tiempo a ponerse—, zapatos, de todo... hasta la exageración. Entendí que colaborando en esto no era la manera de ayudarla. Poco me iba a importar a mí pagar los costes de mi niña, ni de ella. Con el paso del tiempo, se corrigió bárbaramente; en lo económico pensé que era algo milagroso: pasó a no pedir dinero y yo a no preguntar. Todos los gastos diarios del cuidado integral de F. y C. estaban cubiertos por nuestro Centro porque yo lo permitía; comida —para tranquilidad mía sabía que esta era correcta y equilibrada—, aseo, lavado de ropa, plancha (la fisioterapeuta del centro atendía a la niña y a ella), etc., etc. No teníamos que pagar casa, electricidad, agua... Además, para los extras, Fátima dispone de una paga —según mi abogado son dos las que tiene, no lo sé— para sus gastos que, mes tras mes, no consumía —para nada la mencionan—; nunca supe bien la cuantía que mes tras mes le ingresaban, ni pregunté jamás, ni toqué un solo euro, ella la administraba. Solo en un viaje a Tierra Santa le pedí que de ahí pagáramos los gastos de la niña y accedió, mientras yo pagué los viajes de seis personas más, incluido el de C.

 Aun después de marcharse a Guillena, C. comía en el centro y se llevaba la comida para F. De esto es testigo la casa entera.

  Íbamos de bares o restaurantes —sobre todo fines de semana— siendo yo siempre la que lo pagaba. Con extrañeza mía, empezó a decir: «no, tú pagas una vez y yo otra». ¡Me quedaba alucinada! Los pedazos de viajes también los pagaba yo. Para poder estar algunos días en verano con la niña, y para compensar gastos de F. —si es que había algo que compensar, que no lo creo—, todos los años pagaba un buen viaje para las tres, aun siendo los días de amargura y sufrimiento más intenso de todo el año, hasta el punto de ponerme enferma por su comportamiento. En los últimos que hicimos, como con las facturas de restaurantes, no puedo recordar si participó también (pudiera ser si estaba ya preparando el quedarse con F.).

                        ¡Sí a la vida!                    

 

 

 

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