Dos Don francisco Girón
Creció en Higuera de la Sierra, abogado, con novia, de naturaleza débil y mortal, como cualquier otro. Pero... fue envuelto en el silencio más profundo, más allá de las palabras, en la nube de la luz en la Tienda del Encuentro, donde habita el que acampó entre nosotros.
Y fue escogido, elegido, transformado, ungido sacerdote para siempre.
Y... como otro Moisés, quedo irradiado. Y fue, y dio testimonio de Él con pasión, con ardor, con entrega absoluta.
Totalmente enamorado de Jesucristo, que siempre fue su único aliciente, se enamora de los hombres, empezando su misión sacerdotal en Huelva. Infatigable en su trabajo, se da a los más débiles, pobres y marginados. Valiente y comprometido en sus decisiones. Humilde cuando lo criticaban, jamas habló mal de nadie. Obediente con sus superiores, incluso cuando pensaba de manera diferente a ellos. Compañero alegre, con salero, de brazos abiertos y manos extendidas.
Somos muchos los que hemos tenido la suerte de conocerlo en su trayectoria humana, sacerdotal y espiritual; los que hemos gustado los efectos de su gran corazón, hecho para amar más allá del espacio y del tiempo.
Cuando estuvo de Director espiritual en el Seminario, dejó huella profunda, sin dejar indiferente a nadie. En los cursillos de cristiandad, sólo Dios sabe el bien que hizo. En su parroquia de San Pablo habría que preguntar familia por familia. Con los enfermos, a los que visitaba en los hospitales de Huelva, Sevilla y la Sierra, aunque fuera a altas horas de la noche. Y, cuando les daba el alta, él continuaba visitándolos.
A su gente de la sierra los acompañaba en todo trance; los ayudaba en gestiones laborales, sanitarias, judiciales o en cualquier otra necesidad que pudiera surgir.
Del mundo del toro y de sus amigos banderilleros y toreros, decía que, a ser bueno había que aficionarse y al vivirlo, gustarlo y recrearse. Con los políticos que trató, que fueron muchísimos, los quiso fueran del color que fueran. Lo mismo le llamaban cura comunista que cura fascista.
A todas las personas las miraba a los ojos, penetrando en el interior. Con las manos cogidas del enfermo, era sanador; con los atormentados, consolador; a los tristes los hacia reír y ver la vida de otra manera. Quitó mucha hambre, mucho frío y mucha desesperación. Hacia sentir a la persona con la que estaba única, importante y querida.
Ha dado la vida por su gente de Huelva, por su muy amado pueblo y por la humanidad entera. Lo ha hecho a lo grande, a borbotones con alegría. Su sacerdocio fue su dicha y su gozo, y desde él amó y fue plenamente feliz.
Y cuando ya no pudo más, se ha abrazado a su Cristo y, con abandono y mucha paz, anduvo el último tramo.
En las conversaciones largas e íntimas que tuvimos en las tardes de su enfermedad, me prometió, como otro Elías, dejar su espíritu, Cuando dejó de hablar, aún rezaba con voz clara y fuerte, alabando a su Señor y Creador, Su muerte fue la muerte del justo: se murió como un niño mientras le recitaba la oración del Te Dum.
En su funeral se percibían, entre los que estábamos allí, sentimientos profundos, no brotados del recuerdo, sino de la presencia de aquel que vive ya en el Padre, el Hijo y el Espíritu, por quienes ha vivido y a quienes a proclamado.
¡Sí a la vida!
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Lo escribo por petición de D. José Robles, para la revista sacerdotal de Sevilla