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Escribo estas líneas para una comunidad que no conozco, por no gustarme decir no a los jóvenes, a su aliciente en el trabajo con tesón y optimismo a su ¡verde esperanza! Porque me da la oportunidad de acercarme a un pueblo que quiero sentir cerca, como algo mío. Ya que, sin pretenderlo, estoy viviendo desde el corazón de él mismo.
Desde hace unos meses, Escacena empezó a significar algo más que un nombre para mi. A ella vine sin ganas, con fastidio, resignada a complicarme la vida. El encargarme de esta Casa suponía un esfuerzo superior a mi capacidad. Pero después de mi primera visita, al entrar en contacto con lo nuevo, cambié. En mi brotaron ímpetu de juventud y fuerza en los deseos. Al ver el brillo de los ojos de sesenta y tres personas, sus rostros y cansancios por sus vidas vividas, me dije: “¡me quedo, no me voy!”.
¡Y aquí estoy! Escribiendo porque me lo habéis pedido y con alegría de poderme acercar a aquellos que lo lean.
No quiero hablar por mi misma, sino por Ellos, desde el corazón de cada uno de los que ocupan este Hogar y que se vuelcan en el nuestro. Con sus risas de ayer, hecha miel en sus labios de hoy; con la fuerza que un día tuvieron, hecha ahora espera; con la luz de sus miradas, escrutando los caminos por vivir, convertidos en sombra; con sus recuerdos más frescos y reales que su presente.
Los mayores de la residencia de Escacena: historias del ayer vividas, sintiendo, sufriendo, gozando, viviendo en nuestro ahora, insertos en nuestro pueblo; corazones que laten conteniendo vidas.
¿Qué cosa puede ser lo mejor de algo, sino el corazón?, de donde sale los sentimientos, ilusiones, esperanzas, deseos. En esta unión y reunión de corazones, con vivencia de toda una vida, esperamos...
No el paso monótono de las horas y días, sino la mano amiga, la alegría de tu paso por nosotros, de tu atenta atención a nuestras palabras, de ser acogidos y queridos, en este valle no de lagrimas sino de esperanza.
¡Sí a la vida
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Julio 1994