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El sercreto se llama... ¡Amor!

                                         

Las hermanas de Sevilla, me han pedido que escriba  sobre algo concreto, para su revista.  No me he sabido negar, aunque lo hago, sobre un todo que ha sido mi realidad, vivida, experimentada.

Salí de la niñez agarrada de las faldas negras y largas de las que un día, compusieron la comunidad de la Misioneras en Sevilla. Hnas; Pilar Ortiz, Julia, Consuelo, Inmaculada, Jerónima, Antonia, Martina, Emiliana, Claudina, Angustia, C. Torres, C. Iriepa... Todas me dejaron huellas.

Mi despertar a la vida y al amor fue en esta comunidad, en una barriada obrera pobre, que me marcó para bien y para siempre. Han pasado treinta y pico de años.

Soñaba con ser Misionera al igual que ellas; después, la verdad fue otra. Dios me condujo por otros caminos no imaginados por mi; y me ha hecho vivir la más hermosa de las aventuras: mi vida ha sido fuerte como la vida misma, de fuego como volcán en erupción, fascinante, expectante, la admiración ha mantenido mis ojos en alto. No me he cansado de vivir entre el gozo y la alegría. Puedo decir con total sinceridad, que he sido y soy feliz, Y esta dicha en la que vivo me ha mantenido niña.

No me ha marcado el dolor, aunque en él he crecido. ¿Desengaños? No ha habido; ellos me han impulsado a lo alto, alto. ¿Desgarramientos? Ninguno. Todo corazón tocado por mi mirada y cariño permanecen vivo latiendo en mi. ¿Dolor, lagrimas? Entre el dolor y las lagrimas, a borbotones, he reído, hasta el punto de olvidar toda angustia, toda desesperación. ¿Sabéis el secreto? El secreto se llama ¡Amor! Y, esto nació allí, entre aquellas monjas de mi barrio.

Mi vida ha sido y es una bella historia de amor que, por unos momentos, canto compartiéndola con todas vosotras y, en el más profundo de nuestro silencio, lo hago con todo cariño por vosotras y por las que ya no están.

A través de los años, nunca olvidé a las personas con las que conviví durante mi infancia y juventud. Sus rostros siguen vivos en mi mente y en mi corazón. Cuando nos reunimos algunas amigas, de aquellos tiempos, salia el tema de las Misioneras y las jóvenes con las que compartíamos alegrías e ilusiones. Siempre terminábamos igual: “¿Por qué no reunirnos?”

Y... ¡lo que parecía imposible fue posible! El día de la Virgen, llenas de gozo por el reencuentro y acogida por la nueva comunidad de Sevilla, nos volvimos a ver, dándonos cuenta que no habíamos cambiado en los sentimientos, en la apertura de la acogida, en la alegría. ¡Alegría! Esa fue la tónica de nuestro reencuentro.

Era como si el tiempo no hubiera pasado. Fue emocionante el estar en la capilla, alrededor del Señor, y la convivencia del día fue preciosa y enriquecedora. Nuestros corazones, con el tiempo, se habían ensanchado ante la cabida del amor.

Lo que más me llamó la atención fue que el brillo de los ojos de las niñas de ayer continuaban en las mujeres maduras de hoy.

                         ¡Sí a la vida!                

 

 

01 septiembre 96

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