San Carlos Borromeo, nació en Arona, 1538 (Italia) estudió derecho. Era antipático, torpe en el hablar, tímido e indeciso. El Papa Pio IV era su tío, siendo el que lo promocionó, fue nombrado Obispo de Milán. Sus características personales no influyeron negativamente para que fuera un buen pastor; tomó decisiones importantes para la salvación de las almas, convocó sínodos, fomentó las costumbres cristianas, visitó varias veces su diócesis. Gobernó con tenacidad (por lo que intentaron asesinarlo), fue constante y eficaz, y sobre todo lo más importante ¡Santo! Queda demostrado una vez más que la personalidad y las circunstancias personales quedan vencidas ante la correspondencia a la gracia de Dios. Murió a los cuarenta y seis años. Es Patrono de la Banca y la Bolsa.
San Pablo nos dice que los dones y la llamada de Dios son irrevocables. Dios por ser Amor es Donación, derrochador de gracia total, completa, de todo lo que El es. El que es abismo de generosidad, de sabiduría y de conocimiento; el insondable e irrastreable en sus designios y caminos, el origen guía y meta del universo. Este es nuestro Dios, el que nos ama y nos salva. ¡A Él, el Honor y la Gloria por siempre!
Amar a Dios es corresponderle con fidelidad, estar colgados de Él, confiados y abandonados, imitándolo en todo, para que junto con El, e igual que El, seamos donación siempre en favor de los hermanos y de todo lo que nos rodea, estar al servicio de la creación; contemplando, gustando, viviendo, sirviendo. Para el cristiano, servir es vivir gozando; vivir, es amar en plenitud; amar, es ser transformados en el amado, en el mismo Amor: ¡En Dios! que es el que nos hace servir, vivir, gozar, amar, transformándonos, haciéndonos uno en El, en comunión con todo lo salido de sus manos. Ya que Dios es siempre Amor y Comunión.
De forma que la intimidad con Dios nos lleva a otro estilo de entender, de interpretar, de actuar, de trabajar y de vivir diferente. Es mirar, perplejos en la intimidad de Dios donde somos amados, transformados, capacitados, aunados a Él, para que El mismo continúe viviendo en nosotros, dándose, derramándose, ofreciéndose, entregándose en favor nuestro y de los otros, que ya no son los otros sino nosotros.
De manera que somos don, donación del Dios Vivo y Verdadero “siendo en Dios” el amor misericordioso que necesitan los que viven junto a nosotros; servicio que tenemos que hacer limpios de egoísmos, de protagonismos, de dobles intenciones, de falsas idolatrías, para que realmente sea Jesucristo el que dé sus dones gratuitos a través de nosotros, seamos reflejo de su imagen. Siendo transparentes en la verdad, honestos de corazón, conscientes, responsables; mantengamos siempre la comunión con preocupación, con diligencia, con solicitud, prontitud y caridad, para poder proclamar su grandeza con acción de gracias. Y demos constantemente grandes banquetes de caridad, a los que todos estén invitados.
¡Sí, a la vida!