Festividad de los Santos Inocentes. Nos muestra a través de la historia el capricho, la crueldad de los poderosos sobre los débiles; cobardes, que se sustentan enganchados al poder, al precio que sea y a costa de quienes sean, cegados para ver y estúpidos para discernir. Dictadores de cualquier ideología que mantienen a pueblos enteros, en esclavitud a base de violencias, personajes tétricos, grandes criminales que sin apoyos, no serían más que imbéciles dementes. Por lo que son más peligrosos los que les acompañan, los palmeros de turno, los pelotas aprovechados, que no cesan de hacer la rosca, en sus propios beneficios, ejecutando barbarismos, sembrando confusión, mentiras y obscuridades. ¡Cuánta inocencia maltratada, apaleada, herida de muerte, arrancada!
En estos días, he visto a los medios de comunicación en la calle, entrevistando a la gente sobre la Navidad, las respuestas han sido lastimeras: “No me gustan, paso de todo esto”, “No me va, mucho consumismo”, “Qué pase pronto, mucha hipocresía”. Me recuerdan a mi buen amigo Francisco, que se pasa los días enfadado, hablando de si son tradicionalista o progresistas, los sacerdotes que celebran la Eucaristía, tan pendiente está de los signos externos que deja de vivir el Sacramento. De igual forma, la Navidad es la que cada uno viva, si soy consecuente, desde el discernimiento de la Palabra y la coherencia, mi Navidad es la que yo hago para los demás, desde la contemplación del misterio de la Encarnación. Por encima de todo lo exterior.
Navidad es; dejar a Jesús anidar en nuestro corazón para que Él mismo sea consuelo, ternura, acogimiento, calor, pan, Amor de Dios, porque únicamente su Amor es el bálsamo, la sanación que cura las heridas del corazón y del alma. De esta manera nos capacita para la felicidad y sana nuestras propias llagas.
¡Sí, a la vida!