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¡Hasta dar la vida!

 

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   Santa María Magdalena de Pazzi, virgen. De la Orden Carmelita.


  Las palabras del Señor a sus discípulos en las lecturas de hoy son alucinantes y embriagantes, por ser puro amor de Dios destilado de todas las maneras, hacia los que ha salvado con su pasión, muerte y resurrección. ¿Con qué espasmo de admiración, asombro, expectación y amor, vivirían los apóstoles estos días con Jesús resucitado?

  Ya, habían sido testigos de que el amor de Dios es imparable. Habían presenciado que la Verdad y la Vida había  vencido y triunfado por ser más fuerte que todo poder, mentiras, odios, rencor, abominaciones, tiempo, muerte ¡Nada! Nada bloquea, paraliza o para el amor de Cristo; fuente inagotable que mana y mana, donándose en puro amor.

 Los apóstoles habían dejado toda resistencia a Dios que se les había manifestado, amándolos hasta la muerte y muerte de cruz para continuar amándolos una vez resucitado. Se sentían tocados, penetrados, santificados, al dejarse amar y transformar desde la raíz, quedando despiertos a su acción salvadora, capacitados para la vida del Espíritu; de tal manera, que todos en su trabajo apostólico lo confirman -como su Maestro- derramando su sangre –excepto Juan- dan la vida certificando la resurrección del Hijo de Dios. El amor de Dios.

 Al igual que con los apóstoles Jesús está con nosotros, derramándose, empapándonos, cubriéndonos con esa corriente incontrolable que es su amor, si permanecemos en Él, el continúa junto con nosotros caminando, pasando, siendo ininterrumpidamente la Buena Nueva, a la que no debemos poner obstáculos.

 El amor de Jesús es gratuito, es a cambio de nada, siendo siempre nuevo y original por ser don de Dios, donación sin límites que hace nueva todas  las cosas; nunca es sentimentalismo; sí, inmolación, ofrecimiento de todo el ser al servicio de los demás, hasta dar la vida. Es amar contra corriente, ante todas las dificultades, perdonando siempre, trabajando y desgastándonos en la justicia, en verdad y humildad.

  Los que queremos responderle a su forma y estilo de vida debemos confiar en el que nos comunica su gracia, su vida divina, dándonos la voluntad misericordiosísima de Dios, a Él, Palabra del Padre hecho carne y sangre, con todo su amor de Dios, sin faltar nada nos es dado en el Espíritu Santo, en la Prenda de nuestra herencia. O sea, todo el inagotable amor de Dios en nosotros, sin límites a favor nuestro, para que su mismo amor nos haga amar como Él ama.

 

                                                                       ¡Sí, a la vida!    Bebe%20(135)[1]

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