Cae la tarde del que ha sido un día lleno de gracia, vísperas del tercer domingo de Adviento llamado de “Gaudete” en latín, nombre de la primera palabra del introito de la Misa que significa: “Regocíjense”, también se le conoce como el domingo de la alegría, el sacerdote se reviste de rosa en un alto en el camino de penitencia por la cercanía del Señor.
Mientras el primer domingo de Adviento nos invita a una esperanza que vigila, el segundo prepara caminos y al tercero la liturgia desborda alegría. Y… alegría ha desbordado el día de hoy, compartido con mis hermanos en el que han recibido la Efusión del Espíritu Santo cinco de ellos. Es una disposición y aceptación, consciente personal para que el Espíritu actúe, renovando, profundizando y actualizando la gracia del bautismo y la confirmación.
He iniciado el día antes de clarear para dejar todo preparado -perros incluidos- saliendo hacia el Santuario de Loreto, donde nos hemos reunidos unas veintidós personas de todas las edades y condiciones sociales que han vivido un encuentro personal y gozoso con Jesús y el Espíritu Santo. Formando comunidad en torno al Señor.
Hemos hecho lo que nos dice San Pablo “recitad salmos, himnos, cánticos inspirados; cantad y salmodiad, dando gracias a Dios, en nombre de Jesucristo". Con el corazón, el alma, las entrañas y todo el ser.
Compartiendo la comida en un ambiente fraterno y festivo. Después de la celebración de una intensa y vivencial Eucaristía, he vuelto a casa en la vieja furgoneta, oliendo a tortilla chacina y frutas; con el corazón henchido de gozo y alegría como corresponde al domingo de Gaudete Regocijada en mi Señor.
¡Sí, a la vida!