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Hoy celebramos a San Mauricio y compañeros. Eran soldados de una legión cristiana al mando de Maximiano, al oponerse a sacrificar a otros dioses, mataron a los seis mil seiscientos militares. ¡Qué revuelo no se produciría en el cielo?
Nos olvidamos que nuestra primera vocación es ¡El Amor! ¡La felicidad! Estamos hechos de Amor, para vivir Amor en el Amor. Esta es la base de todo equilibrio humano ¡El Amor! Por lo que estamos divididos entre el hambre espiritual, auténtico hambre de Dios, de Felicidad, y lo material por el contagio de las cosas del mundo, del demonio y de la carne.
El problema está en que somos tardos, vagos, y lerdos; con tantas cascaras de cebollas mentales, espirituales, en el corazón, que nuestro verdadero yo, no lo conocemos. Atravesamos nuestro trayecto en un proceso de camino, siempre en movimiento, en cambio, a través de nuestros años; la mayoría de las veces a tientas, a obscuras, anulados, sin saber desmontar nuestras falsas barreras mentales, nuestras incongruencias, por tener la voluntad enferma por no ejercitarla junto con la razón, por no estar despiertos, consciente de la presencia del Señor que nos habita, acompaña y nos santifica, capacitándonos para vivir en la Verdad de su Presencia, del Jesús, que pasa, que siempre llama a los pecadores, que encandila, subyuga, moviéndonos a levantarnos, a la acción, para que con actitudes nuevas podamos participar en la construcción y transformación de este mundo en la justicia, para el perfeccionamiento de los santos, de la humanidad y la edificación del Cuerpo de la Iglesia. Hasta que lleguemos a la unidad de la fe, en el conocimiento del Hijo de Dios, al hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud.
Nuestras grandes necesidades espirituales solemos dejarlas de lado, por nuestra falta de preparación desde el discernimiento, en la luz de la Palabra, en la contemplación de Dios. El que es Dador de gracia tras gracia, no nos falla porque la medida del Don de Cristo es sobre abundante como Él mismo, és, transformador, santificador.
Así, pues, unámonos al Espíritu del Señor para que podemos vivir la unidad entre lo que hacemos y lo que somos, tanto personalmente como en comunidad, para todos juntos ser voceros de Dios, proclamando su gloria y sus maravillas.
¡Sí, a la vida!
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