Los apóstoles angustiados, bloqueados, en un hondo pozo de dolor, en la oscuridad de la noche más dramática y terrorífica, en derrota total, sin ver posibilidad de salida, prisioneros de sus miedos, estarían perplejos; después, de haberlo dejado todo, sus expectativas habían caído con la muerte del Maestro, con el que habían vivido tres años. Jesús, el anunciado por los profetas, el esperado por el pueblo de Israel, al ungido de Dios, lo habían crucificado, toda su vida de hombre terminó en fracaso, en muerte, en la mayor de las ignominias, a ojos de todos como un vil delincuente, como un hombre vulgar, como un paria. Ante este panorama, sólo la presencia de la Madre los podía mantener unidos.
Mientras, María Magdalena, la gran pecadora, la carnal, la que se había convertido a lo divino, al conocer y experimentar que era ser querida, encontró, el sentido de su vida ¡Jesús! Ahora, creía haberlo perdido para siempre. Unida a María madre de Santiago el Menor y Salomé madre de Santiago y Juan, no se quedan escondidas aterradas, la pasión las lanza por encima del sufrimiento, hacia donde han dejado enterrados su corazones junto con el Señor. Deseosas de arreglar el cuerpo destrozado de Jesús al que han visto morir en la cruz, no razonan, una vez pasada la celebración del sabbat sin pararse en la oscuridad de muerte de la más negra de las noches, no la detienen las dificultades, como es la guardia que custodiaba la tumba y la piedra que sella la entrada, el amor las han enloquecido. Si atrevimiento fue ir hasta el enterramiento, más disparate es la vuelta con los perfumes, por lo insólito de dejar atrás el sepulcro abierto y vacío, con un joven que las envía como mensajeras de aleluyas de Resurrección. Aleluyas que aún a día de hoy no se han interrumpido. Simples mujeres que no cuentan para nada en la sociedad de su tiempo, tienen el privilegio de ser testigos y portadoras de la Resurrección del Hijo de Dios, siendo las primeras que anuncian que Jesús ha Resucitado, a los hombres de todos lo tiempos.
No sé nada de las escrituras, pero el silencio de las mujeres no me parece que fuera de miedo, si, de asombro, de desconcierto, de expectación, de sorpresa, de esperanza debido a que cuando la persona experimenta una intervención divina, esta no produce miedo, no cabe miedo alguno, lo que te invade además del asombro que te deja atónita; es paz, amor y silencio a torrentes, a mogollón. Con estos sentimientos tan de Dios, dentro de cada una, ¡estarían “pasmas”! Sería... ¡imposible romper el silencio!
Siendo el hecho más tremendo de la historia, la Encarnación Muerte y Resurrección Gloriosa de Jesús ¡porque Resucitó de entre los muertos!, lleno de gloria como Dios Salvador y Señor de cielos y tierra ¡Jesús! (Rm 1, 4) Me parece que en el instante mismo de la terminación del sabbad, Cristo resucitó, ya que el Padre en su amor y ternura deseaba ardientemente el momento de la Resurrección y no lo dilataría, para esto se había hecho Hombre. Su resurrección garantiza la nuestra, (ts 1, 4) significa que Jesús continua vivo, viviendo en cada uno de nosotros, al hacer su santuario en nuestras almas, Él es nuestra esperanza hecha realidad en el presente del ahora de nuestras vidas. (Co 1, 14) muere para perdonarnos, para vencer en nosotros el mal y la muerte, Resucita siendo el garante que nos justifica ante el Padre, llevándonos de las tinieblas a la vida.
Dos mil años después tenemos la dicha de no tener que ir al sepulcro, retirando piedra alguna, ni embalsamar su cuerpo muerto, sino al sagrario, donde el ¡Resucitado Siempre Vivo! con un corazón palpitante de amor, humildemente espera a cada uno de los que ha justificado. (Rm. 5, 1) ¿Vamos a encontrarnos con Jesús con la misma diligencia que las S. mujeres? ¿lo visitamos llevando el mejor de los aromas para ungirlo como María en Betania? Para llegar y estar con Él sólo tenemos que deshacernos de las piedras de nuestros vivir sin sentido, mirémosles, mirésmosle hasta que el amor, su amor, nos salga por todos los poros del cuerpo, vayamos a estar con Él con diligencia y prontitud, llevándole el mejor de los perfumes, derramándolo a sus pies, dejándole nuestra voluntad, adorándolo, alabándolo, glorificándolo, dándole gracias...
¿Cómo me relaciono con el Resucitado? ¿está en mi, muerto y enterrado?, ¿ignorado, sin el lugar ni el espacio total que le corresponde? ¿Vivo asustada, hundida, o en esperanza? ¿En mi comunicación diaria con Jesús, le doy el tiempo que me sobra? ¿me come la pereza, el cansancio, la apatía? ¿Ante Él en el sagrario, estoy más pendiente de quienes vienen y van, de lo que hablan, incluso entrando en conversación? ¿Estoy por cumplir y tranquilizar mi conciencia, haciéndolo como si tomara un tranquilizante?. ¿Olvido que estoy ante el Ser que es mi Dios siempre presente?.
Los días más negros y tormentosos en la vida de los apóstoles y de todos los que le seguían, serian los días de la la tumba, cuando ya todo había acabado pero... la fe se afianza en la prueba. A Jesús lo tengo que encontrar en las circunstancias, buenas o malas de mi vida, de mi historia, en este momento y en cada momento sabiendo que tras toda oscuridad y fracaso, siempre está la luz que es Él. Es despertar de nuestras oscuridades ¡iluminados con su luz de Resucitado!, es vivir ya en el cielo, experimentando el roce, la gracia, el amor, el sabor a eternidad. Donde está Jesús todo lo cambia, todo lo resucita, es pisar, hollar no ya el suelo sino el techo del cielo, volando por el mismo cielo, es entrar en el reino que es su corazón, el reino de Cristo. El creador de la vida vence a la muerte, insuflando vida eterna, enlazando la vida terrenal con la vida infinita del cielo.
El personaje estrella, quien más brilla, el más luminoso y sonoro de este evangelio de muerte y resurrección del Hijo de Dios ¡es María! No es sensiblería mía, es algo que se percibe, que fluye del texto, como se desprende sencillamente el olor del ambiente, o el susurro del aire, con la misma naturalidad ¡la Madre! Que en esta escritura ni aparece, traspasa las letras, que describen lo sucedido en estos pasajes de historia, ¡por si sola! ¡María! con las siete espadas clavadas, sumida en el mayor dolor, envuelta en paz serena, con su abandono confiado a los pies de la cruz, sostenida por Dios en el Espíritu Santo, la que ha ofrecido a su Hijo, el Cordero de Dios, al Padre, con los brazos abiertos, con el corazón roto, partido, derramándosele al mismo tiempo el amor y el dolor. La que no va a ver, porque Ella no necesita pruebas, palabras, convencimientos, está segura sin dudas de la resurrección de su Hijo porque sabe que el que colgaba del madero, era el fruto de sus entrañas ¡su Dios!. Y... a petición de su Jesús moribundo, como un día en Nazaret aceptó con otro ¡Sí, sin titubeos!, con su corazón generoso de hija, de esposa y madre engendrar y alumbrar en su corazón a los que han matado a su Hijo y a su Dios ya no ve sólo al Emmanuel (Mt 1, 22-23)como hijo, también a los soldados a los apóstoles, a las mujeres y hombres de todos los siglos. Ella es plenamente consciente que Jesús el Hijo del Omnipotente ha resucitado, toda la inmensidad de dolor de su corazón se ha convertido en gozo, ser Madre de Dios la ha hecho Madre y Virgen fecunda, Madre de todo la humanidad, Madre de todos los hombres ¡María, la causa de nuestra alegría! Amén.
18/06/24
¡Sí, a la vida!