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Todos estamos en camino hacia Dios

Todos estamos en camino hacia Dios
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      Asombra que unos hechos tan sorprendentes relaten las maravillas de Dios, con tan preciosa sencillez, de detalles.

      Pedro, que había presenciado andar a Jesús sobre la aguas -haciéndolo también él mismo, aunque titubeó y se hundió- que vio la resurrección de Lázaro, que fue testigo de la transfiguración de Jesús, oyendo la voz del Padre en el Tabor, decir “este es mi hijo el amado escuchadle” el mismo que dijo -tú eres el Hijo de Dios- el nombrado cabeza de la Iglesia, el que cortó la oreja en defensa del Señor al criado del sumo sacerdote, el que prometió una fidelidad que no cumplió, mintiendo y negando tres veces al Señor, por cobardía por puro miedo, quién vio, habló y tocó al Resucitado, a quién confesó tres veces que le amaba. Sí, Pedro, que había tenido una relación de alucine con Jesús, tenia todas estas vivencias y experiencias divinas grabadas en su mente y guardadas en su corazón, ahora, hecho prisionero yacía abandonado en profundo sueño, sujeto a dos soldados por cadenas. Pedro dormía, tenía motivos para estar inquieto, asustado. Pero no, dormía, realmente su confianza en Jesús después de todo lo que había visto y vivido, nada lo podía sobresaltar. Dormía porque confiaba en Dios, sabiendo que si vivía o moría era voluntad de su Señor.

     Pedro, preso por Herodes Antipas después de aparecer la tumba del maestro vacía, al no fiarse, mandó custodiar al apóstol con dieciséis soldados, imposible que escapase, pero... la llave era la oración y la intervención de Dios, y cuando Él actúa lo hace directa y sencillamente.

      El Ángel lo despertó con premura indicándole lo que debía de hacer: ¡Date prisa, levántate! ¡Y las cadenas cayeron! Vístete y cálzate las sandalias, échate la capa encima y sígueme, lo prepara para el camino para que eche a andar por no ser aún su hora, le quedaba el testimoniar con su propia vida, la muerte y resurrección de Jesús, sería crucificado sí, pero en Roma, no en Jerusalén.

     Todos estamos en camino y Dios nos apremia a recorrer nuestra vida, siempre hacia adelante testimoniando; no hablando de la Palabra, sino siendo palabra viva del Señor, no hablando de perdón, sino perdonando, no hablando de pobreza sino compartiendo nuestros bienes con los más pobres, no hablando de caridad y justicia, sino siendo personas justas y caritativas, no hablando del amor, sino amando etc. etc. tenemos que ser Palabra, viviendo el amor. Cumpliendo el amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos . Testimoniando todos los días de nuestra vida, nuestro creer en Dios, con nuestros actos, con todo nuestro ser .

     La incipiente Iglesia reunida en casa de María, madre de Juan Marcos, -al que conocemos como el Apóstol Marcos- rezaban por Pedro. Estarían expectantes esperando los acontecimientos, es curioso que todos pedían su liberación y cuando les comunican que está en la puerta, nadie lo cree. Todas las puertas se han abierto para la salida de Pedro y la única que no se abre es la de la iglesia, donde todos los discípulos están reunidos en oración pidiendo su libertad.

    Esto nos pasa a nosotros, pedimos y pedimos pero dudamos, es como si pidiéramos,... ¡bueno, a ver...! ¡por si acaso cae! Actuamos sin una fe arraigada en el corazón, ni con el abandono de los niños.

      Nuestro creer nos tienen que llevar a abandonarnos y esperar con paz la actuación del Señor en nuestros agobios y problemas, sabiendo que Dios está y cuida de nosotros, descansemos siempre en Él que nos ama más que cualquier otra persona porque tiene interés, como nuestro Padre que es, en todo lo que nos atañe, nos cuida y protege.

     Pedro podría haber pensado: “si el Señor me libro de la cárcel que me libere también de los que vengan a buscarme" pero no, emplea el sentido común quitándose de en medio, ha visto que Dios lo ha liberado, ya que él sólo, ni con ayuda hubiera podido. Ahora, una vez en libertad, actúa consecuentemente, poniendo los recursos debidos para no ser cogido de nuevo. O sea, hay que pedir al Señor lo que es bueno y no está en nuestras manos, pero lo que podemos, estamos obligados a hacerlo junto con Él, siendo sensatos y responsable de nuestros actos.

     Nosotros no estamos presos como el Apóstol, pero necesitamos que Dios nos ayude rompiendo y liberándonos de las cadenas que nos atan: corporales, mentales, espirituales... sean las que sean.

     Dios quiere que seamos libres, con la libertad de sus hijos. Debemos confiar, pidiéndole incluso que nos libre de nosotros mismos, sobre todo, en los momentos más complicados y difíciles.

     Pedro arrepentido, nos muestra su debilidad humana, su rudeza, su necesidad constante de Dios, su amor a Jesús, su humildad y arrepentimiento, el darse hasta la muerte manteniendo los ojos fijos en el Señor sin miedos, nos muestras que no estamos libres de pecados, que nada podemos sin el Señor. Con Jesús somos gracia, sin Él, pecado duro y puro.

     En Pentecostés Pedro lleno de Espíritu Santo predica con valentía ante miles de personas que lleva a Cristo, hace milagros, da testimonio de la resurrección de Jesús, con fuego en la boca y en el corazón. Pese a sus tremendo fallos Dios no lo abandona, al contrario, es transformado por el Espíritu Santo (Hch 2) Jesús cumple su promesa siendo Pedro el primer Papa de nuestra Iglesia, un pobre hombre pescador, bruto, insignificante del que la historia no tendría nada que decir de Él, es elegido, capacitándolo para lo impensable. Aún ahora, a tantos siglos después, es un ejemplo vivo y actual del querer y poder de Dios.

     Pedro nos pide que seamos sobrios, que vigilemos porque el enemigo ronda como león rugiente, que resistamos firmes en la fe, nos dice que somos linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciemos al que nos llama de las tinieblas a su luz admirable. Que el Señor no tarda en sus promesas, sino que es paciente con nosotros, porque no quiere que nadie perezca, que echemos todas nuestras ansiedades en Él, porque Él cuida de nosotros.

 

 

                                                                           

                                                       ¡Sí, a la vida!

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