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Dios el centro de nuestras vidas

 

 

 

    Esta Palabra es tema de controversia por la diferencia que hay entre la enseñanza de la iglesia y las leyes de las naciones, en lo que atañe al aborto, separaciones matrimoniales, homosexualidad... las leyes no siempre son ni están en consonancia con el querer y la enseñanza de Jesús. Las tendencias políticas no puede obligarnos a pensar y proceder conforme a legislaciones contrarias a nuestro creer. Tenemos que orar, pedir como Salomón, el don de sabiduría para discernir el bien del mal. Para nosotros, sabiduría debe de ser actuar bajo la acción del Espíritu santo, en nuestro pensar y obrar. (Para adquirir conocimiento sobre ésto, estamos obligados a leer nuestro Catecismo)

 

    El vínculo que establece Dios con el hombre es íntimo, desde lo más profundo, amoroso, tierno, como la de los padres con los hijos, Él, se acomoda a nuestra naturaleza, al ser de cada uno, si en verdad tenemos relación con el Señor se ve en la correspondencia humilde, de la verdad, el amor y la paz, si no hay paz, no está Dios.

 

    A través de la amistad con el Señor se llega a veces a tener experiencias que nadie las puede creer -de no experimentarlas- por mucho que lo expliquemos no hay palabras para expresar semejantes vivencias. Son gracias que nos da el Espíritu del Señor muerto y resucitado, que nos hace cambiar desde la raíz misma de nuestro yo, quedándonos con la seguridad de su existencia y de nuestra vida sin fin, ya, nada nos satisface sólo su ser divino, lo que no venga de Él son ídolos que se interpone en nuestra relación.

 

    Estamos hechos para Dios y no tenemos descanso sino en Él, entendemos que no hay nada más puro, limpio, duradero y eterno que el amor, por lo que la mayor desventura del hombre es vivir apartado del Señor, ya que sólo al experimentar su amor, aprendemos a amar -como a nosotros mismos- de lo contrario, nos embarga la insatisfacción crónica, todo nos deja vacíos dañándonos y perjudicando nuestras convivencias, nada colma nuestras almas ante la nube de carencia, e inconsciencia que cubre la presencia del Señor, ésto, es la más grande de las pobrezas, se puede vivir sin nada, pero... ¡no sin Dios!

 

    Al ignorar a Dios todo lo relativizamos, nada es malo ni tiene importancia, no hay deseos de superación en el ejercicio del bien, caemos en lo gustoso, en lo que nos apetece, en las inclinaciones naturales, dándolas por buenas, justificándolas. Lo que nos rodea nos incita a llenarnos de ídolos como; el consumismo, el placer, el poder, el dinero, el sexo, la belleza, la política, la droga... todo son sustitutos de Dios. Terminamos pensando: “el amor no es para siempre, es el tiempo que dure... “ “hoy te amo, mañana..., no sé”, “así es la vida, sólo se vive una vez, tengo derecho a ser feliz me lo merezco”, “tengo que quererme a mi misma, no puedo a arruinar mi vida”. El gusto, el apetito, nos enreda complicándonos en historias de miedo por el dolor que conlleva; nos amarga, quedando y viviendo insatisfechos, el mal produce inestabilidad, falta de paz, ni el cuerpo alcanza lo que quiere, ni el alma vive en lo que debe de ser su estado natural de paz y sosiego, vivimos con el cuerpo pero no nos acompaña el corazón y el espíritu, ya que somos un todo para vivir sincronizados, que es, lo que nos da estabilidad emocional. Entre otras muchas cosas, nos embarga la tristeza. No podemos estar rebosantes de todo lo que nos separa del Señor, tenemos que vivir en su compañía, en su unión, en dialogo con Él.

 

 

   El amor es imprescindible, es curativo para el crecimiento corporal, moral, espiritual, para el equilibrio psíquico. El amor es para siempre, no es de usar y tirar. Caemos en ello, al no contar y actuar con el Señor. Quien quiera seguir a Jesús, ser cristiano, el modelo a seguir es Cristo. No hay más.

 

    No podemos vivir a dos aguas, obnubilados con las cosas de la tierra, ya que nuestro Dios es un Dios celoso, que nos llama a una vida plena lejos de la mediocridad, para esto tenemos que comer y beber de su cuerpo y sangre, permaneciendo unidos a su Espíritu que es el que nos va dando lo que vamos necesitando. Somos personas mayores, sencillas que no vamos a dejar huellas en la historia de este mundo, pero si vivimos ante su presencia estamos iluminados, asistidos, protegidos, enseñados, para ser lámparas que brillan, es importante que pidamos los unos por los otros, pidiendo al Señor que en el desarrollo de nuestros días seamos fieles, que nos de fuerza de voluntad y que en nuestra pobreza sepamos distinguir el bien del mal.

 

    A Dios no lo podemos manipular haciéndonos una concepción errónea, equivocada de Él, suplantándolo, llenándonos y adorando ídolos a nuestra medida, faltando a la verdad y la justicia que es la adoración a nuestro único Dios. El alma se ensucia teniendo que vivir arrastrando inmundicias que nos corroe desde lo más profundo; es vivir victimas de la desgracia. Cuando nos desviamos del amor de Dios entramos en guerra con nosotros mismos, con un dejaste inhumano, nuestro actuar se vuelve según el pensamiento y las leyes de los hombres, pero no bendecidas por Dios.

 

    En nuestro entorno familiar, de amigos, en el trabajo, en nuestra iglesia, hay personas que abortan, se separan, o son homosexuales. Los que viven en estas situaciones son hermanos nuestros muy queridos, que sufren, tenemos que amar y mirar con lo ojos y el corazón de Cristo. ¿Qué podemos hacer ante esto? No tenemos que tener miedo a expresar lo que creemos; sin soberbia, sin machacar a nadie, a todos les debemos respeto y sobre todo amor, tenemos que acogerlos exquisitamente por la dignidad que merecen, tratándolos como hijos de Dios, o sea, con su mismo amor. Recordar siempre, que nunca estamos por encima de nadie, bajo ninguna circunstancia. No debemos olvidar que son los amados del Señor por los que Él ha dado su vida, al igual que por los que le queremos seguir día a día, todos somos los pobres del Señor, los queridos del Señor, los esperados por el Señor. Debemos estar siempre para ellos.

 

    Somos capaces de hacer grandes heroísmos en los estudios, oposiciones, deportes, competiciones... años de entrega, de sacrificios tremendos y después ante el interrogante de Dios sí, o Dios no, no tenemos aptitud para buscarlo, preguntarle, conversar, ni de ejercitar lo correcto con honestidad, si se hiciese, entraríamos en otra dimensión de vida que nunca pudiéramos creer que exista.

 

    Da la sensación que estamos en una sociedad de tarados, tirando a base de medicación, ante tanto caos. ¿Cuántos hogares de cristianos deshechos, por falta de amor, de respeto? ¡De ídolos mundanos! Nuestro final es El reino de Cristo y la inmortalidad, la travesía por la tierra es dura, difícil por todos las cuestiones que nos atañen a lo largo de ella y por la lucha entre el bien y el mal. Pero es muchísimo lo que tenemos a nuestro favor; el querer de Dios, su amor, el estar Jesucristo con nosotros y entre nosotros y la fuerza del Espíritu Santo que nos asiste y fortalece, con sus dones y carismas. Que el Señor nos de luz para ser fieles hasta el final.

 

                                                             

                                                                                                                                                          ¡Sí, a la vida!

 

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