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¡Uno en el Amor!

                        

                                            

                                                 

     En Tm 2 vimos hace poco que Timoteo significaba “el que honra a Dios ”que era discípulo de Pablo, natural de Listra, que su madre Eunice y su abuela Loida eran judías y su padre griego. que acompañaba a Pablo en sus viajes, siendo circuncidado por este, para que fuera aceptado por los judíos defensores de los ritos, Timoteo no conoció a Jesús. Empieza ya, la era apostólica y de la judía mesiánica se pasa a la universal.

     Hoy nos detenemos en la primera carta dirigida a Timoteo, quien era el responsable de la iglesia de Éfeso pese a su juventud. Es llamada de las pastorales por los consejos que se dan en ella para el desarrollo de la Iglesia, no poniéndose de acuerdo los teólogos, de si está escrita por Pablo, o por algún discípulo de éste, el textos carece de la vehemencia y la pasión acostumbrada de Pablo, es fría y burocrática, da instrucciones organizativas para las comunidades que se estaban formando y para afrontar las situaciones que se iban encontrando. Nos muestra como desde el nacimiento de la iglesia existían entre los cristianos roces por las distintas formas de ver y pensar las diferentes problemáticas. Pablo en ella, da las bases en la organización y administración y sobre la conducta que debían de tener los líderes y los miembros que la componen, pidiéndoles que se mantengan firmes en la fe, continuando con su ministerio, huyendo de todo lo inmoral, evitando practicas y creencias impías.

     En Juan 17, 21 Jesús nos dice: “para que todos sean uno, como tú Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado”. En Efesios 4, 5- Pablo exclama “un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos que está sobre todos, actúa por todos y está en todos”. ¿Cómo entendemos esto? Por una parte el Señor nos pide unidad y la realidad es que los cristianos somos, actuamos y pensamos diferentes.

     Sí, somos uno en el Credo que profesamos y manifestamos, el cual lo debemos de tener grabado en la mente e incrustado en el corazón, para vivirlo con pasión ¡Es nuestra fe en Dios! Creemos en Dios Padre Creador, en Dios Hijo Redentor, en el Espíritu Santo santificador, somos también uno en los sacramentos y uno en la unión en el corazón de Cristo y en la Trinidad que habitan en nosotros, o sea, nuestra fe es en la unidad de quien creemos, estamos y permanecemos... ¡en nuestro Dios! donde todos somos uno, en el amor, por esto, los santos tienen tanto amor al prójimo, `porque mientras más unión se tiene con Dios, más entendemos lo que es amar desde el mismo Amor.

     Por otra parte, las personas somos un todo en libertad, con una continuidad en el tiempo, siendo engendrados nacemos, crecemos, nos desarrollamos, maduramos, envejecemos y morimos... pero todo tiene que ser siempre en el amor ya que nuestros días están enlazados unos a otros, en honor al Creador para que con nuestro vivir continuado en lo bueno y en lo malo, le alabemos, adoremos, glorifiquemos y le demos gracias. No podemos olvidar que vamos de paso, en éxodo, porque nuestro destino es la eternidad, pero... unidad en nuestra fe no quiere decir uniformidad, que todos tengamos que pensar y actuar exactamente iguales, somos individuos distintos, libres. Cada cual con su personalidad, cualidades y defectos, pero sí, siendo uno en la fe, en el estar y vivir en y para el Señor. O sea ¡Uno en el amor!

     En Mateo 16,1 el Señor le dice a Pedro: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia. El reino de la muerte no prevalecerá sobre ella” Jesús funda una sola iglesia, su iglesia, en la que Él es, a la vez el constructor y la piedra angular, dejando en ella el tesoro más grande del universo, Él mismo, su Cuerpo y su Sangre, junto con los Sacramentos, Jesús lo es todo para nosotros los cristianos porque Él sostiene nuestra fe, como nuestro Salvador, Redentor de nuestros pecados y el Camino hacia el Padre.

     La Iglesia no es una institución, un edificio... es la comunidad de todos los que han recibido la gracia regeneradora del Espíritu Santo. Somos los enamorados de Jesús, que queremos continuar la siembra de los primeros apóstoles, siendo testigos de Cristo con nuestras vidas de fe, de servicio de amor, hecho verdad con nuestros comportamientos porque todos estamos llamados a ser apóstoles, proclamando el evangelio con fe sólida, con fidelidad permanente, trabajando por la unidad de la iglesia y cumpliendo nuestra misión, con hechos no con palabras. Dice san Antonio de Padua: “Las palabras tienen fuerza cuando van acompañadas de las obras, callemos siendo nuestras obras las que hablen, estamos llenos de palabrerías y vacíos de obras”. Es vano el manifestar nuestra fe y desdecirla con nuestras obras. No podemos decir creo en Dios, amo a Jesús y después no esforzarnos en nuestros cambios; de carácter, no trabajando la voluntad, la pereza, la curiosidad... lo que sea, cada cual sabemos en que fallamos.

     ¿Cómo es que somos una iglesia de pecadores y a la vez santa? La santidad de la Iglesia viene de Cristo mismo, de su gracia, de los sacramentos que la mantienen viva para nosotros, para ser iglesia debemos permanecer en la iglesia, viviendo, alimentándonos de Cristo, permitiéndole que seamos santificados.
     

     ¿Si nuestra Iglesia es santa, cómo es que es una Iglesia de pecadores? Todos los que la componemos somos pecadores, siempre en proceso de conversión, si vivimos unidos a Dios y nos dejamos santificar, también nosotros seremos piedras vivas en la edificación de la iglesia, de esta manera, también ofreceremos sacrificios espirituales que Dios acepta por medio de Jesucristo.

     Pablo el tirano perseguidor, apegado a la estricta ley, al caer del caballo también cae su soberbia, su crueldad, su ceguera espiritual, su fanatismo religioso, se han cerrado sus ojos también a la negrura de su interior, de su pasado para levantarse con la luz de Cristo y se fascina, se anonada, se enamora de Jesucristo vivo resucitado y en él, se vuelve todo pasión por el Hijo de Dios y esta pasión lo lleva a dar toda su vida junto con Jesús por el evangelio, por la Iglesia, por los hombres. Ya no es Pablo de Tarso, ahora, es el apóstol Pablo, fiel seguidor de Jesucristo, al que testimonia con su misma sangre. Y nos dice:

     "Manifestado en la carne" ¡se nos sigue manifestando en el sagrario!.

   "Justificado en el Espíritu" el Espíritu Santo lo validó como Mesías. A este Mesías ¡lo tenemos en el sagrario!.

     "Aparecido a los ángeles" Dios Padre da a conocer su Sabiduría, a su Hijo Resucitado a los principados y potestades, el Mismo que ven los ángeles, todos los que habitan en el cielo, está con nosotros, aquí, en la tierra. ¡en el sagrario!

      "Proclamado a los gentiles", la Iglesia da a conocer el evangelio a todas las naciones por lo que la Palabra del evangelio está con nosotros. ¡en el sagrario!

    "Creído en el mundo, nosotros los creyentes somos testigos ante el mundo de quien habita¡ en nuestros sagrarios!.

     ¡Levantado a la gloria, el mismo que está sentado en el trono a la derecha del Padre, lo tenemos aquí, con nosotros ¡en el sagrario!

     Como nos pide el apóstol; “oremos en todo lugar elevando hacia el cielo unas manos piadosas, sin ira ni discusiones”. Que el Señor nos auxilie para que nuestra vidas se conviertan en Eucaristía junto con Jesús, seamos pan partido y repartido, proclamando nuestra fe en Dios Padre Todopoderoso, en el que es nuestra Luz de Luz, y en la prenda de nuestra herencia, el Espíritu Santo, Señor y dador de vida. Que así sea. Amén. 

 

                                                                               

                                                         ¡Sí, a la vida!

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