Por Botellas a la mar
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El diez de febrero del 2020 a mediodía mientras pintaba, ante tu insistente llamada te pido que bajes, no quieres. Corro escaleras arriba brocha en mano, chorreando pintura entre mis dedos, con risas en mi boca, escapando a borbotones, los rayos del sol me cubren entera deslumbrándome y... al escuchar tus palabras ¡Crack! ¡Perdí a mi niña!. Como traída por vientos galopantes me envuelve espesa niebla, idiotizándome, mis pies se aflojan tambaleando mi cuerpo, mi mente nublada se escurre y precipita en el más profundo de los agujeros, aturdida, confusa, casi inconsciente, en shock sólo un impulso !Huir... huir!
Apenas atino a comunicar mi marcha, en una bolsa de manera autómata reúno algunas cosas y marcho sin saber a dónde...
Sonámbula, arrastrando de mí, sin saberlo empiezo a alejarme de lo que ha sido mi vida durante treinta y tres años. Inicio una agonía de ir y venir, inaudita, inexplicable sin sentido. Perdiendo por el camino a jirones, a chorros mi vida entera: a mi niña, mi casa, el pueblo, la gente de mi pueblo, los perros, mi trabajo, mi autoridad, mi fama... El dolor hecho tormento me vacía de todo lo que no sea oscuridad y amargura, envolviéndome como inmensas telarañas.
¡Sí a la vida!
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