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Rufi es parte de mi despertar a la vida, en el barrio obrero donde crecí, había un grupo de mujeres que eran distintas, en sus estilos de comportamientos, por sus maneras de ser y de vivir. Con el inicio del bachicherato, las empecé a tratar; Isabel Arias, Garín, Rufi, Rosa...fue un consuelo para mi alma el roce con ellas, desde mi niñez, trasportaba en el corazón tal carga de sensibilidad que lo sentía ahogado, viviendo mis días en desconciertos y esperanzas que se me hacían eternas, sin fin, sin comprender que era lo que pasaba en mi interior. Ellas fueron para mí aire fresco, caricia sosegada, paz y armonía. Sólo con sus presencias, atención y cariño, me hicieron tomar conciencia de mi persona que vivía como las locas por mis desatados anhelos de Dios y las pobres circunstancias, en las que me desenvolvía. En éste ambiente se inició mi despertar a la realidad, iniciando la salida del aturdimiento y embotamiento que me tenían reprimida, encarcelada en mí misma.
Todo su tiempo lo han dedicado al barrio, a su gente, dando testimonio con su constante entrega a lo largo de toda una vida de trabajo y alegría, desde la juventud a la ancianidad y enfermedad. Inteligente, agradable en el trato, educada, franca, alegre, con un carácter con chispa, con una ironía graciosa y buena que proporcionaba bienestar y relajación.
Trabajó en la cárcel, y creo que su muy buen hacer, indujeron a otros a poner sus pies en la calle.
Fue excelente profesora de la Universidad de Trabajo Social. Y sobre todo fue embajadora del Reino de Cristo, al que amó con todo su ser de mujer, donde quiera que estaba se dio, sembró, vivió y murió para los demás, por amor a Jesucristo, el Motor de su vida. Ha sabido vivir con Él, para Él y por Él en los éxitos y en los fracasos, en las alegrías y en los sufrimientos, en la luz y en la oscuridad, en la salud y en la enfermedad, hasta la muerte, en la que no ha sucumbido, sino que ha resucitado en el que ha sido su Creador y Redentor, su Dios, el Amor de su vida, su pasión. Su entrada en la Resurrección es el cumplimiento de las promesas de la Palabra, de toda esperanza, de todo amor. ¡Rufi ya resucitó, gracias a Jesucristo! ¡Aleluya!
¡Sí, a la vida!
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