Por Botellas a la mar
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Hubo un tiempo en el que era tanta la angustia que me envolvía de tanto sufrir, por tus desmanes y comportamiento tirano, que me llevó en mis paseos por los caminos de la sierra, a sorprenderme a mi misma, diciendo día tras día: “¡es mala!, ¡es mala!, ¡que mala es!” ¡despréndete, que se vaya, te librarás de su brutal agresividad, de sus palabras soeces, de sus malos tratos”... ¡”desprèndete”! Pero... cerraba los ojos y veía en mi corazón al Señor, y en Él, a ti , y como atraída por imán, me zambullía sin esperar invitación alguna, quedando envuelta como por miel, en el baño de su amor y misericordia. ¡Cómo dejarte? Comprendí, que no podía continuar en semejante situación de tortura, tú, tampoco te lo merecías por mi obligación de tratarte con amor y respeto, así que le pedía a Dios que me sacara de semejante trance y... ¡lo hizo! Llegó un momento no recuerdo cual, en el que nunca más volví a pensar, que eras mala persona. Continué viviendo a un coste muy alto, renunciando a todo ante ti, dejándome manejar por tus caprichos, conforme al estado en el que en cada momento tú te encontraras... el cariño limpio que siempre te tuve continúa intacto.
¡Sí, a la vida!
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