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Mi de profundi ¡Y qué... familia!

​                                                                

     A veces me quedaba atónita al ver que te molestaba el que me hablaran, o se ocuparan de mí, por ejemplo; la atención que nos prestaron la familia que nos alojó en el pueblecito de Huesca, tanto el sacerdote, como el alcalde su hermano, y Pilarica la cuñada, se volcaron con nosotras, acogiéndonos y haciéndonos la estancia agradable. Esto te molestaba y lo manifestabas, con cada ofrecimiento que nos hacían, respondía con desagrado y mala educación, haciéndome sentir avergonzada constantemente, por los rebotes que cogías sin ton ni son. Recuerdo el día que nos veníamos,  madrugada cerrada lloviendo, no me dejaste mover un dedo para ayudarte, se presentó el Sr. cura bajo la lluvia, con agrado y cariño dispuesto a colaborar, a su ofrecimiento respondiste con una aptitud desconcertante, malos modales, palabras y miradas totalmente groseras, se tuvo que marchar humillado. No aceptaste ayuda alguna, ni el volumen de los bultos que tuviste que subir y amarrar a la baca de la furgoneta, ni la lluvia, ni el no ver por ser completamente de noche, te impidió hacerlo sola. ¡Me quedaba con tan mal sabor de boca! Al igual, tus enfados explosivos con los perros, erran inauditos, los pobres animales se quedaban acoquinados al igual que yo. No solamente asustados, sino aterrorizados. ¡Era algo inhumano!

     Hicimos muchos viajes que no me importaba pagar, -hago referencia a esto por tus injustas acusaciones, sabes de sobra, que no me paraba en gastar contigo y en ti y en lo que fuera, hasta la saciedad. Cuando se casó tu hermana L. me pediste que le regalase la flores para la boda, en el mismo instante te dije: “las que quieras y cuantas quieras, para las bodas de oro de tus padres quisiste el mismo regalo, igualmente fue mi respuesta. ¡Nunca te he puesto un pero y he sido sobradamente generosa. En todo lo concerniente a ti.

     Sin darme cuenta con inconsciente sencillez creyendo en ti, al darte trabajo, te abrí las puertas de mi corazón, de nuestra casa, de todas mis pertenencias, de mis amigos, de mis grupos, de mi vida entera, era lo natural, si íbamos a iniciar una vida en común de  familia. ¡Y qué Familia! La convivencia se hizo imposible con el trascurrir del tiempo, ha durado tanto por mi permisividad de lo que me siento culpable, te fuiste manifestando totalmente distinta, dejándome atónita, desorientada, confusa, preocupada, y asustada… Al manifestar problemas educacionales; de carácter, de alimentación, administración, afectividad, nula para las relaciones sociales… esto, me ha llevado a estar en continúo estado de alerta, arreglando los desaguisados que cometías, justificándote, tapándote constantemente. Pese a las muchas advertencias de los que nos rodeaban, diciéndome que demostrabas ser mala persona, eran muchas las quejas que me llegaban con dos dos teorías  que por respeto a ti no menciono. Mi respuesta siempre fue: “no, no es mala, es bruta”. No perdía la esperanza de que cambiaras. Sin darme cuenta me acostumbré a vivir asaltada por la angustia, poco a poco, hasta ser continua, se convirtió en mi estado natural, vivir en un ¡Ay!, aterrorizada hasta enfermar, tanto, que perdí la salud con el deterioro de la piel, y falta de aire. No podía respirar.                                                   

                                  ¡Sí, a la vida!         

 

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