/image%2F1223618%2F20250822%2Fob_266396_jacintos.jpg)
Al principio, Iniciaste llamadas de teléfono a diario fuera de la jornada de trabajo, con fastidio mío, no había temas de conversación entre nosotras y si silencios que no comprendía y me desconcertaban, a veces me quedaba en blanco, con tus muestras de afecto y acercamiento. Con el correr del tiempo conocí a B. con quién tenías amistad, no recuerdo como empezamos a tratarnos con conversaciones, salidas y algún viaje -que por supuesto pagaba yo-. Llegando a plantearnos el convivir para orar y trabajar. Empezamos una relación muy bonita, agradable, cambiaste tu forma de vestir con colores alegres, pues siempre ibas de azul o gris, aprendiste a sonreír con espontaneidad y a reír a carcajadas, ya, que no sabías. Pronto Belén se decantó por no continuar con el incipiente proyecto y se marchó, con algo de malestar entre vosotras. Al irse me dijo: “tú no la conoces, ya la conocerás” ¡cuanta razón tenía! Fue una época agradable llenas de experiencias preciosas y alegres, en la que tú te lo pasabas muy bien disfrutando muchísimo, mostrándote alegre, feliz y en paz. Aunque no faltaban las salidas de tonos groseras, de vez en cuando.
Sin pasar mucho tiempo, empezaste a mostrar tu mal carácter, llegando tus cambios de humor, tus malas reacciones, palabras soeces, tus desplantes, opiniones agresivas, tus tratos abusivos con los más débiles, tu temperamento explosivo, tu faltas de respeto. Todo esto me asustaba pero al ser yo fuerte, te hacía frente sin dejarme doblegar, al no ser rencorosa, olvidaba de momento lo sucedido, continuando caminando sin amarguras, siempre he tenido la cabeza y el corazón llena -no de pájaros- sino de cosas bonitas y nada me lo ha estropeado. Empecé a sentir compasión por ti, y... como necesidad, de protegerte de ti misma. ¡Ilusa que era...!
Sí, a la vida!
/image%2F1223618%2F20250822%2Fob_bd6655_bebe-con-la-ciguena.gif)