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Entre tú y yo fuiste haciendo un abismo, desde el primer día de nuestra convivencia, lo has ido cavando de poco a poco. En ti, hay algo que aún en fiestas de alegrías llenas de risas, acecha un mal que orada lentamente, corrompiendo toda amistad, desde el inicio tenía perdido todo lo que me has quitado y el dolor estaba inyectado, inoculado, en nuestra relación. Todo lo que tocas sufre, se desconcierta, se marchita, todo lo que rozas pierde el color, la esencia de la alegría y... el amor, allí donde estás lo arrancias, atrofias y lo arrasas todo.
¿Has quedado satisfecha de tus actuaciones, eres capaz de ver lo que has provocado, en su justa medida? No me guardé nada, te lo di todo, hasta los niños. Y... me mordiste el corazón como perro de caza rabioso, sin conocimiento, ni piedad, mientras tu lengua sin contención se entretenía en difamar y traicionar. Con el guiñapo que has dejado de mí, lo has cogido levantándolo como estandarte y bandera ganada, en el ardor de la más cruel de las batallas, como trofeo, empuñándolo y paseándolo, con el ardor del guerrero triunfante y victorioso.
Mis grandes esfuerzos por estar despierta desde lo más profundo de la realidad de cada instante, por querer saborear plenamente lo que entraña, lo que trae y lleva esta vida de bueno o malo, es lo que me impulsa hacia adelante deseando ver la mesa común ¡única! donde todo hombre se sacia de toda carencia, compartiendo el pan nuestro de cada día, rodeados de luz limpia, paz, sosiego, salud, brazos anudados alrededor de cada cuello, besos con sabor a versos, aires llenos de fragancias que envuelven alegrías, risas o llantos... ¡Hogar donde todos se aman! Todo lo quebraste, lo oscureciste, ¡lo matastes!
¡Sí, a la vida!
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