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Mi deprofundi Las esperanzas intactas

​                                                                  

  Estaba tan entregada a nuestra relación que en medio de tanta llamadas detonantes de malas y escalofriantes vivencias (quien no las haya presenciado no lo puede creer, por insólito). Pequé, de lo más ingenuo e infantil del mundo, nunca pensé: “esto no es normal, no podemos seguir, debemos separarnos, es imposible que el acogimiento de los niños funcionen”, no, nunca. Creía que todo se arreglaría, que se impondría el respeto, el cariño y la total normalidad. ¡Qué equivocada estaba! Tú vida era un laberinto de locura, de lo que me di cuenta demasiado tarde. Como si los hechos de tus vivencias, de tu personalidad tan extraña, de tus incongruencias, y negruras me correspondiera a mí liberarte de ellas. Luchaba por no dejarme llevar de discusiones, de cansancios, no podía permitirme tirar la toalla. Tenía todas las esperanzas intactas, e in crescendo ¡tú cambiarías! Mi fe en Dios la pasé a ti, era seguro que te corregías, que tú no eras mala, tenías que cambiar porque yo rezaba por ello, ningún hecho por crudo que fuera, me llevó a dudar a pensar lo contrario, nada me echaba para atrás. Tenía que hacer lo que fuese, lo imposible, no podía dudar porque era dudar de Dios ¡Claro que tú te enmendabas! Así, pasaron horas, días, semanas, años... ¡veintiún año! Agotada, sin apenas poder respirar, sufriendo inmensamente pero sin dudar de que todo se arreglaría. ¡Por esto rezaba y rezo todos los días!

      Quise alquilar una casa para trasladarme por no poder continuar sufriendo más, delante de ti llame interesándome por las condiciones del inmueble, sin realmente querer irme por la niña, me lo impediste. En otra ocasión me fui al campo por desesperación, no pude dormir en toda la noche, al día siguiente apareciste con lo dos niños, sin enfado alguno, como si nada hubiese pasado, al verte relajada, contenta, en ese mismo momento me olvidé de la mala noche, de no haber comido por no tener qué. Si tu estabas bien, todos bien, si estabas torcida, todo era caótico, sufrimientos desagrados palabras groseras, humillaciones faltas de respetos a todo lo cual, cuando te lo reprochaba decías sin inmutarte que era mentira.                                 

                                  ¡Sí a la vida!

 

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