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Mi de profundi "Nuestra preciosa reina"

                                                                      

    Con la mayor de las delicadezas rescatamos a Teresa del  hospital en el mismo momento en que iba ser abortada, su familia nos la quisieron vender. Una vez que le explicamos que los niños no se compran le ofrecimos ayuda, la aceptaron y se fueron, pasaron los meses y un día llegaron con una niña preciosa, nos la dieron y desaparecieron, fue un acogimiento ideal, las dos a una. La tuvimos nueve meses, en los que la cuidamos con inmenso cariño, estábamos ya en conversación con el juez para legalizar la situación, cuando volvieron sus padres, mientras el padre no la quería, la madre al verla ya no quiso desprenderse de ella, lo pasamos muy mal en la separación pero... me quedé contenta porque la niña estaba donde tenía que estar, en su país y con sus padres. Esto nunca te lo dije porque no me habrías comprendido.

  Pasado un tiempo más que suficiente te propuse acoger un niño con problemas, te gustó y aceptaste. Y...  vino nuestra preciosa reina. No la pude conocer ni ir a por ella, como tú bien sabes por estar internada en el Hospital durante diez días, (esto está documentado con las fechas de ingreso y alta) en los que solícitamente tú me visitabas y atendía exquisitamente. Aquí, fue cuando nos avisaron para que fuéramos a conocer a F. indudablemente, no pude ir. O sea, que conociste, y estuviste en Huelva con la niña antes que yo, varias veces. (también hay documentación oficial con el día de salida de la niña del centro donde vivía que coincide exactamente con mi ingreso) No entiendo, ni nadie puede entender que puedas decir y afirmar que no estuve en esos momentos con F. porque no me importaba la chiquitina, ni la quería. ¿No te da miedo mentir de esta manera tan descarada, cuando los documentos existen y están demostrando que lo que dices es incierto? El primer fin de semana que me dieron el alta, vino por primera vez nuestra preciosa niña a casa. Al llevarla de nuevo al colegio, os acompañe aún sin aliento, muy fatigada, rodeada de toallas, al no poderme dar el sol, ni claridad alguna, la dejamos llorando amargamente al no quererse quedar, diciéndonos ¡”tuta, tuta”! A la semana siguiente, al recogerla de nuevo, cuando nos vio, arrastrando su piernecita corriendo sin poder por el pasillo, con su brazo extendido y el otro queriéndolo extender, con apuro mío por ti, se me abalanzó abrazándome y gritando de alegría. Había bastado un fin de semana de contacto para que el corazón de la niña y el mío se quedaran cautivados, enlazados el uno en el otro. Cómo puedes mentir ante lo que es demostrable y evidente?

     Al poco nos propusieron acoger a Antonio, desde el principio fue un rotundo fracaso, además de no implicarte con cariño e interés, lo corregías con violencia, y humillación, le refregabas tus mimos a la niña y en cambio a el lo tratabas con desprecio. Aquí, dejaron de visitarnos algunas amistades por el sufrimiento que les causaba tus actuaciones con el niño. Su madre le escribió una carta que teníamos que guardar hasta que fuese mayor, con desprecio y desdén -diciendo no sé qué la rompiste y la tiraste- ¡me quedé perpleja! ¿Cómo podías tirar los sentimientos de amor de una pobre madre que iba a morir, al contenedor de la basura? A espaldas tuya recogí con veneración cada trozo de papel escrito, con inmenso respeto y cariño aún la conservo, a la espera de algún día podérsela dar aún rota a su hijo. El día que le pegaste al chiquillo, no fui capaz de reaccionar ante semejante barbaridad. No me extiendo en este episodio por lo repelente y doloroso que aún me es. Durante tres semanas  tuviste que trabajar a su madre para que no se vieran por miedo a que le pudiera ver los grandes negrales y hematomas que le habías producido en el trasero, me horrorice, quedándome bloqueada, no fui capaz de reaccionar ante semejante barbaridad. De lo cual me avergüenzo.

     Cuando me planteaste a lagrimas vivas que querías devolver al niño se me partió el alma, (aún lo recuerdo con congoja) pero entendí que no había otra salida, era lo mejor que podía pasar. ¡Pobrecito mi niño! Y... lo peor, es que el niño te quería con deferencia, se tomaba interés en obedecerte, queriéndote agradar, cosa que no hacía excepto contigo.

                            ¡Sí, a la vida!

 

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