Esta tarde, he salido corriendo con el tiempo justo para participar de la Eucaristía; al llegar a la plaza, me quedé sorprendida al ver la puerta de la Iglesia cerrada. Se me había olvidado que habían cambiado la hora y el sitio de la celebración, por haber empezado la novena a San Antonio, que en vez del trece de Junio, es en la segunda quincena de Agosto, porque antiguamente el pueblo por esas fechas, estaba trabajando en las labores agrícolas de la siega, así que tenía una hora hasta las nueve.
Bajé muy despacito, por el mucho tiempo que tenía y por la incomodidad de las sandalias que no eran las adecuadas para pisar las calles empedradas. Mis pensamientos se fueron a muchos años atrás, al recordar a una anciana amiga, que me hizo partícipe de una novena a San Antonio, para que una sobrina aprobara el curso en la universidad. Al poco, la muchacha enfrentándose a su padre que le espantaba todos los novios, se impuso diciéndole: "éste no, con éste me caso". Y se casó. Al año siguiente volvió a hacer la novena por los estudios de su sobrina pequeña, y no pasó nada de tiempo, cuando dijo que se quería casar; los padres se volvieron locos porque no sabían ni que tenía novio. Los dos unos críos en primero de carrera. No hubo manera de que entraran en razón: se casaron. Han pasado un porrón de años y continúan felices. Yo riéndome, le decía a mi ancianita amiga: "por favor, Trinidad, ni se te ocurra pedir por mí a San Antonio, que tengo clarísimo que no me quiero casar". No lo haría, porque a la vista está, no me he casado.
Llegando a la plaza del barrio, que tiene el nombre del Santo, me encuentro con la ermita del siglo XVI, de arcos transversales de construcción popular, aplicada a la arquitectura religiosa. Es una delicia. La pequeña imagen del Santo preside el sencillo retablo, y alrededor de él, la gente, sobre todo del barrio, participa con entusiasmo y calidez, presididas por la Junta de Gobierno de la Hermandad (compuesta sólo de mujeres) de todos los actos en honor de San Antonio.
El domingo posterior a la terminación de la novena, en plena velada, sale el Santo en procesión, acompañado por el pueblo por las calles del barrio, y el lunes es el "día de la sangría". Desde la mañana se reúnen las familias y amigos para preparar la muy típica, sabrosa y exquisita bebida, compuesta de vino blanco, gaseosa, azúcar, canela y melocotón, dejándola enfriar para la celebración de esa misma tarde-noche, que será en la calle Larga, o calle de "La Sangría". Sacando a las puertas de las casas mesas, sillas, lebrillos y tinajas con la refrescante y deliciosa bebida, ocupando la multitud hasta el último de los rincones. Con un ambiente festivo, lleno de colorido y alegría, acompañados por el pasa-calle y la charanga que amenizan la fiesta. Se termina con la rifa del cerdo, en la caseta municipal, instalada en la plaza del barrio, donde subastan diferentes animales, productos de la huerta, derivados del cerdo ibérico y las donaciones que servirán para recaudar fondos para la Hermandad.
Así termina esta fiesta que empezó con la reunión de las familias, de pequeños labradores, a mitad del siglo pasado, y éstos son los actos simples y bellos, que hacen y dan carácter a las gentes y a sus Pueblos.