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Mis ojos en el Señor

                                                                       

  Ayer fue un día durísimo de los de chillar, a un vecino del pueblo querido por mí, se lo encontraron después de dos días, muerto en su casa, aún estoy impresionada y triste. La tarde anterior a la salida de misa, me encontré un perro abandonado,  lo traje a casa, al llegar con el animal, había una tremenda avería de agua, cayendo sobre el cuadro de luces, todo a oscuras sin posibilidad de arreglo. Por la mañana a las siete paseé con los dos perros, se lo pasaron de lo lindo pero al llegar, el encontrado se escapo, no volvió hasta las seis de la tarde, menudo los dos días que me lleva dado el dichoso perro. Unos de los abuelos se fracturó una cadera, sin posibilidad de operación, cama. El resto de la mañana lo pasé con los electricistas, contratista y un técnico, buscando la invisible avería. ¡Que no apareció!

     Por la tarde estaba molida, no sabía qué hacer ¿Acostarme y taparme (pese al calor) la cabeza? era lo que quería, pero al ser viernes, suponía no hacer los ciento setenta km. (de ida y vuelta) Para reunirme con mi grupo de oración; algo que para mí, es más que una fiesta. Me fui.

     Mi comunidad es grande, compuesto por gente de todas las edades y nivel, transeúntes, empresarios, porreros, intelectuales, gente sencillas… unidos por una sola razón ¡¡¡Dios!!! Todos los deseos, fracasos, necesidades, todo, todo, centrado en Él. En el Señor.

     Es de admirar que gente que no teníamos nada que ver unas con otras, que nunca nos hemos visto, pasen de ser extraños a ser hermanos muy queridos por efecto de la oración, del amor del Señor. Para mí son importantísimos, me llena de ternura el verlos en tanta unción, transformados; me conmueven hasta la raíz de mis entrañas, queriendo tocar sus corazones y sus almas desnudas desde el corazón de Cristo.

     Una vez reunidos, consciente de la presencia del Señor, le cantamos, alabamos, le adoramos, le damos gracias, le piropeamos… escuchamos la Palabra, hacemos oración de petición, terminando con el rezo del padre nuestro, avemaría y canto final.

     A la vuelta serena, animada, esperanzada con mis ojos en el Señor, con un día más vivido para El. Para nada me acordaba de que había empezado siendo un mal día. 

                                                         ¡Sí, a la vida!

                                                                     

 

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