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Condenaron y mataron a Dios mismo, qué en el más alto grado de donación, libremente muere en la cruz, por la salvación del mundo.
El Anunciado por generaciones, la Bendición más sublime esperada, el Amado y Confirmado del Padre, la Luz de toda luz de espina coronado, obediente hasta la muerte y muerte de cruz, convertido en ofrenda permanente por los siglos de los siglos. Levantado en alto, ofreciendo el aspecto de la violencia sufrida, fracasado, humillado, muriendo de manera ignominiosa; dado al pueblo como espectáculo de despojo y piltrafa humana. El que Es, hecho donación de todo lo que Es: vida, gracia, bendición, amor, misericordia perdón. Carne y Sangre de Dios dada, ofrecida, donada por cada hombre desde el trono de la Cruz.
Nosotros que estamos hechos para el amor no llegamos a la plenitud, a la armonía, del hombre total, del que estamos compuestos, si no imitamos a Dios siendo donación, saliendo, vaciándonos de nosotros mismos, dándole paso al Señor para que realice su obra en cada uno, para bien del otro; vivimos obstruidos, atrofiados, en nuestras cegueras, sin crecimiento y ensanchamiento del corazón y del espíritu. Sumergidos en zozobras, agonías y angustia, sin tener relación con nuestro Cristo, sin ser consciente de que somos amados, sin dejarnos santificar por su amor, ni conocer su paz. Cuando todo está a favor nuestro, porque tenemos al que acampó entre nosotros, - ya no es el tesoro escondido, pues, resplandece Resucitado- al Mesías, al Maestro, al Señor, a Dios nuestro Salvador; que nos da su Palabra, su Cuerpo, su Corazón, su Sangre, su Espíritu, su Madre, la Iglesia, los Sacramentos…
Hermanos oremos, para que no aspiremos a nada de este mundo sino a Jesús, Dios y hombre verdadero, el único que nos salva y santifica.
¡Sí, a la vida!
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