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Esta segunda carta de Pedro está dirigida a las iglesias dispersas de Asia menor, como testamento espiritual y despedida. Pidiéndoles que crezcan en gracia y en el conocimiento del Señor viviendo piadosamente, mientras esperan su venida. No permitiendo el desviarse de la meta que es Jesús. Advirtiéndoles que no se dejen seducir, por los falsos maestros que introducen herejías y formas de vida corruptas, no sea que se vean derribados de la fe.
Siendo él el apóstol elegido, Pedro muestra humildad, reconociendo la sabiduría y preparación de Pablo, llamándole querido hermano y apoyándose en él, al decir que en todas sus cartas, Pablo habla de lo que él mismo, les está enseñando. A la vez, admite que en las escrituras hay cosas difíciles de entender.
Pedro nos pregunta: ¿Cómo debe de ser nuestra conducta y piedad, esperando y acelerando la venida del día de Dios, en el que el cielo en llamas y los elementos abrasados, se fundirán, mientras esperamos, -como Dios nos tiene prometido-, nuevos cielos y tierra, en los que habitará la justicia? Y nos dice: “esforzaos por ser hallados en paz ante Él, sin mancilla y sin tacha”. Realmente como él dice, esto es difícil de entender y de vivir. Para responder, tenemos que convertirnos, ser virtuosos, dejar al hombre viejo, como dice Pablo en col 3, 5-16 “deshaciéndonos de ira, coraje, maldad, calumnias, groserías”. Siendo personas de paz que en todos nuestras decisiones y actos, obremos justamente, conforme a Dios. Sabiendo que nos espera la nueva Jerusalén, donde enjugará nuestras lágrimas, no habiendo muerte ni llanto, y beberemos del manantial del agua de la vida gratis, siendo Él, nuestro Dios y nosotros hijos para Él.
Dios está y actúa dentro de nosotros, lo que ocurre es que lo cubrimos, con nuestras apetencias y debilidades, con actos infectados de impurezas por nuestro mal vivir, para evitar esto, tenemos que estar alertas, despiertos, no engolfados en nuestras mediocridades, debemos limpiar nuestro interior, de tantas capas como hemos ido poniendo. ¿Vivimos con Jesús, si no dejamos que resplandezca? Tenemos que centrarnos con rectitud de corazón, en el ejercicio de la voluntad en el amor. Esforzándonos en el desapego y el abandono de las cosas. ¿Ponemos en practica lo que nos dicen los apóstoles? ¿nos sentimos elegidos de Dios, santos y amados? ¿nos vestimos de misericordia entrañable: bondad, humildad, dulzura, comprensión? ¿nos sobrellevamos mutuamente y perdonamos cuando alguno tenemos quejas contra otro, como el Señor nos ha perdonado? ¿nos damos cuenta que por encima de todo, esta el amor que es el ceñidor de la unidad consumada? Toda obra buena en ti, en mi y en el mundo, es la acción de la gracia y misericordia de nuestro Dios, si no es, en comunión con nuestra Trinidad es imposible. Por esto, debemos practicar los mandamientos y las obras de misericordia, poniendo nuestra ser en el Espíritu Santo que es el corazón de Cristo y el seno del Padre ¡todo el amor de Dios! No basta con invocar al Espíritu Santo, hay que vivirlo intensamente. La vida son dos días, en la que Dios pacientemente nos acompaña y conduce, y lo que nos queda ya por delante es el participar en la boda del Cordero, a la que tenemos que ir vestidos de amor. Esta vida es un aprendizaje, cada día, cada instante, con los acontecimientos que nos van sucediendo, buenos o malos, tenemos que responder con honor a la verdad, no participando en injusticias, no viviendo con superficialidad, superando cansancios, miedos, perezas... ¡Jesús se lo merece!
Sólo podemos mantenernos en la fe con la ayuda de Dios, nuestro escudo protector, que nos libra del miedo, nos mantiene vivos, en vela, con la luz de la esperanza encendida. Jesús, no nos encontrará limpios, sin mancha, pero... si, con necesidad de Él, con hambre de Él, con toda nuestras deseos en Él, agotados, pero con la mirada y los brazos extendidos, nuestro ser entero esperando su sustento, su fuerza, su gracia.
Aunque somos personas individuales siempre estamos unidas por el amor santificador de Dios. El amor es continuado; une, crece, se ensancha, el amor de Pedro, de todos lo apóstoles de todos los que nos han antecedido, de todos los que estamos en la tierra, se enlaza a tu amor, a mi amor, al amor de toda la iglesia por el Dios siempre nuestro. No debemos desmoralizarnos, nuestro Señor para que estemos con Él, se ha metido en la historia de este mundo y en nuestra historia personal, con ansias de estrecharnos entre sus brazos eternamente. Tenemos que tener una relación continuada con el que sabemos es nuestro salvador, sabiéndolo amigo, maestro, soberano, redentor ¡el Señor! tenemos que ir profundizando a la vez que intimando, e imitándolo, dejándonos transformar al roce con Él. No podemos contribuir al bien de los hombres viviendo para nosotros, nos tenemos que involucrar en los sufrimientos de las personas, buscando el bienestar de los que tenemos cerca y de toda la humanidad, cuidando y mirando por todos, como si fueran el mismo Jesús. Somos los rescatados, salvados por Cristo, no podemos pasar de largo de la obra que Dios realiza en nosotros, como Él, tenemos que pasar haciendo el bien. Todo lo que tenemos y conocemos desaparecerá, esto nos tiene que impulsar hacia adelante, siempre caminando a la que será nuestra casa definitiva, la casa de nuestro Padre, pongamos nuestro corazones solamente en Jesús.
Los mandatos del Señor, sus propuestas son siempre de vida y de vida buena, para nada es triste, de dolor y muerte, es una invitación a vivir bien, a tope, porque Él nos da todo lo que nos falta, manteniéndonos el alma viva, ardiente a fuego, es vivir de Él. No hay nada comparado con su presencia y hermosura, su paz, es inconfundible ¿Quién da esa paz? Su amor. ¿Quién da ese amor? Su verdad, ¿Quién es verdad sino Jesús? Su alegría ¿Quién da esa alegría donde cantamos y reímos desde el alma? Él es único y da como lo que es ¡Dios! A Él la gloría ahora y por toda la eternidad y que venga lo que tenga que venir. Amén
¡Sí, a la vida!
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