16.º Acudía con C. a todo lo necesario para F. tanto a nivel sanitario, educacional, actividades, ocio... ¡Lo que fuera! Aún no siendo conveniente ni ejemplar que faltáramos las dos de nuestros puestos de trabajo, siempre le facilité -como no cabía de otra manera- las salidas impresindibles que necesitó mi niña. La acompañé al Dr. Blanquer, a las citas de optometría, a la ortopedia, en Aracena a atención temprana, el podólogo, la fisioterapeuta -eran en nuestra casa- al colegio... Si es cierto que no le daba la rehabilitación diaria ¡pronto me iba a dejar que lo hiciese! No la acompañé al dentista, sí tres veces a la piscina y dos a equitación. ¡Ya más me fue imposible! !Era insufrible! Me anulaba haciéndome sentir una intrusa que sobraba. Tenía que elegir entre vivir o morir, elegí seguir malviviendo.
A estas altura no podía sufrirla más, era un puro tormento, por sus actuaciones de mala educación: faltas de respeto, arranques impulsivos descontrolados, cambios de humor, desplantes autoritarios, ideas y posturas obsesivas, agresividad verbal, humillaciones en público, desprecios, acoso... ¡Me enfermaba! Era constantemente ofendida, machacada, anulada, atropellada, injuriada, ignorada. Me he llegado a sentir estúpida, tonta, imbécil, infeliz. La tristeza me embargaba y superaba, terminando bloqueada. Llegué al punto que lo único que quería, e intentaba era buscar la paz que ella no se alterara, que estuviera tranquila, ya que yo, siempre estaba en un ¡Ay! sin poder opinar con ella, con médicos, profesores, o quien quiera que fuese, cada vez iba yo hablando menos y sufriendo más, totalmente maltratada en los acontecimientos diarios que con paciencia y esperanza he ido sobrellevando creyendo que cambiaría. Por cariño a ella, por F, por el trabajo, por los más allegados, por la gente, por vergüenza, por miedo, por cansancio, e impotencia... perdí mi sitio, asumiendo que mi vida fuera así. Sin darme cuenta que ni yo, ni los demás teníamos que sufrir estos atropellos. Vamos, que siendo mujer de carácter, sin haberme casado, tener pareja o amante, soy mujer maltratada. ¡Me avergüenzo!
Valga de ej. Preparé a Fátima para la primera comunión, hablándole de Dios, Jesusito, la Virgen, cantándole la enseñé a rezar. Le comenté en varias ocasiones: “C, la niña está preparada para su primera comunión” como siempre no me escuchó. No se cuánto tiempo después, en el primer viaje que hicimos a Jerusalén, el 5 de agosto del 2016, se me acercó el Sr. Obispo, diciéndome que F. en la Eucaristía - que iba a empezar en ese mismo instante- realizaba su primera comunión que C. no me lo había dicho para darme la sorpresa ¡Me quedé atónita, de piedra! No podía creer que me hubiese hecho semejante jugada. Para que yo no pudiera participar en nada, ni aún en como vestir a mi niña, me lo había ocultado. Opté por no manifestarle mi enojo mirando el sitio y las personas con las que nos encontrábamos. Me estropeó totalmente el resto del viaje que lo pasé triste, dolida y arrastrando; esto, no me impidió, cinco días después, prepararle y festejarle a C. su cumpleaños con cantos, velas, abrazos y mucha alegría -mientras yo estaba sumida de tristeza- en el que hice que participaran los dos autobuses de peregrinos, con las firmas personales de cada uno, incluidas. Este hecho de la comunión aún después de tanto tiempo lo recuerdo llena de asombro, no lo he superado, pero nunca le hablé de ello, ni se lo reproché.
¡Sí a la vida!
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