25.º C. me tenía vigilada, al parecer, desde hacía muchísimo tiempo, según manifestó la trabajadora que me vigilaba. También creo que estaba controlada por el enfermero que yo había contratado muy poco antes. No sé de qué manera se valió para conseguir que me echaran de nuestra casa en plena pandemia, por haber asistido a una reunión convocada por el párroco junto con otro miembro del Patronato.
Ya llevaba yo algún tiempo en Sevilla, cuando me enteré que podían despedirla. Haciendo un gran esfuerzo y armándome de valor, por primera vez hablé con el Sr. Obispo para mediar en su favor. Hasta ese momento no había hablado con él en absoluto durante todo este lamentable tiempo de locura. Dar ese paso supuso para mí un gran esfuerzo. Son testigo de ello D. Jaime y el propio Sr. Obispo.
También la llamé a ella por primera vez y le envié varios mensajes por WhatsApp, pero no atendió mis llamadas ni respondió amis mensajes. Preocupada, pedí a D. Jaime que le hiciera llegar esos mensajes para solicitarle que regresara al trabajo.
Cuando finalmente la despidieron, a mí me habían echado de casa hacia algún tiempo, y tardé en enterarme de su despido.
Nunca me comunicó que quisiera recoger sus pertenencias. Por lo tanto, no le pude enviar ningún correo prohibiéndole que lo hiciera, ni autorizar a nadie a que las retiraran. Simplemente me informaron de que iban a recogerlas y se las preparé. De F, no quedaba absolutamente nada; había arrancado hasta el forro del baúl de la niña, así como las fotos y los pósteres de las paredes. No dejó Absolutamente nada.
Es falso que me haya desentendido de mi niña, apartándome de ella o negándome a tener contacto durante estos dos años y medio por voluntad propia. ¡Es totalmente incierto!
No he podido hacerlo debido a la feroz oposición de C. y porque no he querido actuar por las malas, ya que eso solo habría añadido más conflicto, mas escándalo y más sufrimiento,
Era tal la represión, el maltrato y la locura desencadenada que nunca pude imaginar que todo llegaría hasta donde ha llegado, viéndome en la situación en la que me encuentro y en el estado en el que estoy. Me ha quitado a mi niña, mi casa y mi trabajo; me ha traicionado y difamado ante todos.
En vez de secundar, devolviendo tal acumulo de disparate, opté, no sé si acertadamente, por esperar y actuar conforme a mi conciencia. No quise perjudicar ni a C, ni a F. He soportado y sufrido lo indecible, y no sólo yo sino también los que nos rodeaban.
Nadie puede decir que, para defenderme, haya manifestado siquiera mi opinión sobre toda esta locura,
¡Sí a la vida!
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Ante mis quejas por el hecho de que la habían echado, me dicen que fue ella sola quién decidió marcharse, y que habría bastado con que hubiera pronunciado una sola palabra: “Lo siento”
Ante los acontecimientos que se sucedieron, en ninguno de los cuales intervine, fui llamada en varias ocasiones por el Servicio de Menores. Después de que mi abogado se entrevistara con ellos, finalmente acepté acudir. En las dos entrevistas que he mantenido, consideraron adecuado que pudiera estar con la niña los fines de semana y compartir los periodos vacacionales.
No soy ningún peligro para mi niña, como pretenden hacer creer en su escrito mediante acusaciones tan temerarias e inauditas como afirmar que supongo un perjuicio para ella por mi edad, mis circunstancias, mis enfermedades o mis antecedentes. En la redacción, claramente deficiente, se aprecia por todas partes la mano y la forma de pensar de C.
Apelan al sentido común cuando, a lo largo de todo este proceso, han demostrado carecer por completo de él. Jamás podría ser un perjuicio para mi niña.
Hablan de mí como si también estuviera discapacitada, como F., no con un 69 %, sino con un 100 %. Sin embargo, estoy plenamente capacitada. Mi edad no es motivo para afirmar lo contrario, ni existe nada que me impida atender a la niña. Además, dispondré de toda la ayuda que sea necesaria si en algún momento la preciso.
Si Fátima pudiera decidir, no habría ningún problema; estoy convencida de cuál sería su decisión. Debe de haber sufrido muchísimo por no poder verme.
Nunca jamás le he hecho conscientemente daño a C. y menos aún a mi niña, entre F. y yo había adoración, atracción, sincero cariño. No voy a decir que la quisiera más que C. pero menos tampoco. Jamás he actuado de mala fe.
Ahora veo con claridad las barbaridades que C. ha cometido a adrede para sacarme de la vida de la niña, y a la niña de la mía, el daño irreparable que ha hecho no sólo a mí, sino a F. a ella misma sobre todo, a las fundaciones y al equipo que los compone que después de ver tanta locura se han asustado y escandalizado.
Me da pena y miedo decir, que realmente me aterroriza dejar en manos de C. a la niña, habiendo demostrado hasta donde es capaz de hacer y llegar. Es claro que algo tiene que tener para llevar a cabo semejantes actuaciones.
Nunca he actuado con temeridad y mala fe, no me he defendido delante de nadie, y he protegido en todo momento a mi niña como a ella. Ésto lo pueden probar todos lo que han sido testigos directos.