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Ante mis quejas por el hecho de que la habían echado, me dicen que fue ella sola quién decidió marcharse, y que habría bastado con que hubiera pronunciado una sola palabra: “Lo siento”
Ante los acontecimientos que se sucedieron, en ninguno de los cuales intervine, fui llamada en varias ocasiones por el Servicio de Menores. Después de que mi abogado se entrevistara con ellos, finalmente acepté acudir. En las dos entrevistas que he mantenido, consideraron adecuado que pudiera estar con la niña los fines de semana y compartir los periodos vacacionales.
No soy ningún peligro para mi niña, como pretenden hacer creer en su escrito mediante acusaciones tan temerarias e inauditas como afirmar que supongo un perjuicio para ella por mi edad, mis circunstancias, mis enfermedades o mis antecedentes. En la redacción, claramente deficiente, se aprecia por todas partes la mano y la forma de pensar de C.
Apelan al sentido común cuando, a lo largo de todo este proceso, han demostrado carecer por completo de él. Jamás podría ser un perjuicio para mi niña.
Hablan de mí como si también estuviera discapacitada, como F., no con un 69 %, sino con un 100 %. Sin embargo, estoy plenamente capacitada. Mi edad no es motivo para afirmar lo contrario, ni existe nada que me impida atender a la niña. Además, dispondré de toda la ayuda que sea necesaria si en algún momento la preciso.
Si Fátima pudiera decidir, no habría ningún problema; estoy convencida de cuál sería su decisión. Debe de haber sufrido muchísimo por no poder verme.
Nunca jamás le he hecho conscientemente daño a C. y menos aún a mi niña, entre F. y yo había adoración, atracción, sincero cariño. No voy a decir que la quisiera más que C. pero menos tampoco. Jamás he actuado de mala fe.
Ahora veo con claridad las barbaridades que C. ha cometido a adrede para sacarme de la vida de la niña, y a la niña de la mía, el daño irreparable que ha hecho no sólo a mí, sino a F. a ella misma sobre todo, a las fundaciones y al equipo que los compone que después de ver tanta locura se han asustado y escandalizado.
Me da pena y miedo decir, que realmente me aterroriza dejar en manos de C. a la niña, habiendo demostrado hasta donde es capaz de hacer y llegar. Es claro que algo tiene que tener para llevar a cabo semejantes actuaciones.
Nunca he actuado con temeridad y mala fe, no me he defendido delante de nadie, y he protegido en todo momento a mi niña como a ella. Ésto lo pueden probar todos lo que han sido testigos directos.
¡Sí a la vida!
