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Espíritu de sabiduría y revelación

 

                                     

   Esta carta de Pablo a los Efesios, sin lugar a dudas, está escrita para los hombres y mujeres de todos los tiempos. Al pedir Pablo que recibamos una revelación más profunda de la sabiduría y del conocimiento de Dios, nos da alas para pedir y esperar semejantes dones. A la vez, nos enseña la importancia de conocer a Dios, siendo conscientes de su acción continua en nosotros. Para ello, tenemos que vivir en su presencia divina, en una relación de intimidad profunda, seria y amorosa, siempre en constante crecimiento sin límites.

   Nunca he entendido que le digamos al Espíritu Santo: “¡Ven!”. ¿Cómo voy a llamar a Aquel que está dentro de mi, con el que convivo? ¿Cuando en Dios vivimos, nos movemos y existimos? Es como vivir sumergidos en sus océanos infinitos de amor, que habita en nosotros. Es Él quién nos da su gracia, sus dones, sus carisma, el espíritu de sabiduría y de revelación del que nos habla Pablo, para conocer perfectamente al Dios que nadie ha visto, excepto el Hijo...

   El amor es el que nos hace entrar cada vez más adentro, en la espesura de la divinidad de Dios, para conocerlo. ¿Entendemos esto? ¿Nos paramos a reflexionarlo, orarlo, y gustarlo? Sabemos que Dios, poseedor de toda sabiduría, es amor, regalo, don y donación continúa. Él se nos da entero porque su voluntad es darse. No conoce la palabra tacañería.

   Si nos diéramos cuenta de esta verdad, nos volveríamos locas. Dios siempre está deseoso de nosotros, dispuesto a darnos su gracia, porque Él mismo se nos da por completo. La prueba es que el tesoro más grande del cielo y la tierra, el que está junto al Padre, su Hijo Jesús, nos lo ha dado entero.

   Por esto, debemos pedir al Dios de la gloria, al Padre de nuestro Señor Jesucristo, que, en su nombre, nos unja con su Espíritu de sabiduría y revelación, esenciales para que vivamos de acuerdo con su propósito y crezcamos en el conocimiento de Él, como nos pide san Pablo. No se trata de saber y rezar mucho desde un conocimiento meramente mundano, sino de comprender y aplicar la voluntad de Dios a nuestras vidas, alcanzando un entendimiento profundo que solo viene del Espíritu Santo.

  Debemos tener el corazón y la mente despiertos a la acción del Espíritu, que nos introduce en su comunión trinitaria para conocer a Dios de manera íntima, profunda y personal; para gustarlo, saboreándolo con el alma, siempre amando, sin miedos, pero con reverencia y profundo respeto a su divinidad, su santidad y su grandeza, siendo conscientes de nuestra pequeñez.

   Todas las oraciones recitadas, los rosarios, las jaculatorias, las lecturas, las misas y conferencias en la que participemos; todas las homilías escuchadas, las alabanzas... Todo es nada, y para nada sirve, si no intimamos con la persona del Señor y llegando a tener conciencia viva de que somos hijas del Padre, redimidos por Jesús, quien nos llama y nos invita a establecer una seria relación de amistad de comunión con Él.

   ¿Deseamos con ansias los dones del Espíritu Santo? ¿Acostumbramos a pedirle al Señor sabiduría para afrontar nuestras situaciones? ¿La pedimos y nos abrimos para recibirla? Creo que, distraídas perdidas en la vulgaridad de las cosas cotidianas, inconscientemente lo rechazamos.

   ¿Cómo es mi fe? ¿Una fe sensible y melosa mientras todo me va bien, que busca sensiblerías y gustitos espirituales? ¿O una fe sólida y fuerte, que se mantiene firme aunque me vaya mal, porque se sostiene en la Palabra, en la Eucaristía, en la esperanza, en la confianza y en el abandono? ¿Es una fe que nos hace crecer en la caridad hacia todos: hacia los que tenemos cerca y hacia toda la humanidad?

 Somos hijos bendecidos, llamados y acompañados a recorrer el camino que nos lleva a nuestra morada, a nuestra patria definitiva, al Reino de Jesús. Su Palabra sacude nuestro corazón y lo hace vibrar de amor. Y este amor es el amor trinitario en plenitud, donde se abren la mente, el corazón y el alma, y donde aprendemos a alabar, adorar y glorificar a Dios, sumergidos en su mismo amor.

  Este amor nos hace ver que nuestro futuro está en sus brazos. Nunca estamos solas: Dios habita en nosotros y está siempre a nuestro lado, siendo la fuerza que necesitamos. El mismo poder de Dios que resucitó a Jesucristo es el que actúa en cada uno de nosotras. Es la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo.

  Es importantísimo que invoquemos al Espíritu Santo constantemente, continuamente; que no hablemos ni hagamos nada sin antes haberlo invocado.

  ¿Estamos nosotros sometidos a su ley de amor? ¿Vivimos a sus pies? ¿Estamos libres de todo aquello que nos impide dejar que Él nos ocupe por completo? Nuestras cargas son grandes y, a veces, tenebrosas. Pero estas cargas, junto a Jesús, se hacen ligeras y llevaderas, porque es su amor el que carga con ellas y las derrite.

   ¿Cuánto poder tiene Cristo en mi vida? ¿Brilla en mí o, por el contrario, lo ignoro,

ocultando su luz por no mantener limpio el corazón, libre de iras, de rencores,  envidias, y lleno de criticas?

   No podemos conformarnos con los buenos deseos,creyendo que son suficientes. Tenemos que amar; amar con pasión, amar en nombre de todos los seres vivos de este mundo que no aman. Nuestra vida es el amor que recibimos de Dios: un amor que no podemos retener, un amor que tenemos que dar.

   Tendríamos que profundizar en el Evangelio del apóstol san Juan, por su espiritualidad profundamente amorosa, y en los escritos de Pablo, por su lenguaje fuerte y directo, para que despierten nuestras conciencias dormidas.

   Debemos estar constantemente pegadas al Señor, porque solo en su presencia, y dejándonos amar por Jesús, aprenderemos a vivir amando, hasta morir de amor para resucitar de una explosión de amor.

   ¡Qué así sea!

                             ¡Sí, a la vida!                   

 

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