En una reunión con mi Obispo, al entrar, en el lugar que habíamos quedados, vi un cuadro con la imagen de Cristo Sacerdote; que habían realizado para celebrar el año sacerdotal. Al mirarlo, se me removieron las entrañas, de esta sacudida, ha salido el vivenciar mi secreto más oculto.
Mis dos amores en esta vida, ha sido Dios y el hombre. Creo que mi enamoramiento de la persona de Jesús me ha llevado a lo segundo, hasta hacer que el lema de mi vida sea "amar a Dios sobre todas las cosas y a mi prójimo más que a mí misma".
Mi acercamiento al Señor, me ha llevado a la Iglesia y a las personas, a amarlas desde el Corazón de Cristo y a Él, desde el corazón de cada hombre. Y desde esta comunión de amor, he percibido o se ha despertado, una inclinación profunda, sincera a la vocación sacerdotal. Este deseo es parte de mí, no lo he buscado, estaba y en algún momento fui consciente de ello. Percibiendo con claridad como debo vivir. Sí, quiero ser sacerdote. Esto no ha podido ser por ser mujer (de lo que estoy contentísima y me encanta) nunca me ha importado. No entro en la realidad de lo imposible de ser ungida, de poder ejercer administrando los sacramentos. No estoy para nada defraudada, ni siento necesidad de protestar, reclamar, pedir, reivindicar o pensar que soy presa de injusticia. Al contrario, nada me impide que mi corazón sacerdotal se aplique, se ejercite, se expanda en la imitación de Cristo sacerdote. No, lo seré en espíritu y verdad, Dios me conducirá y dirá... ¡Sé, qué en Él, esto será realidad!
¡Sí, a la vida! ![]()
Festividad del Corazón de Jesús