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8 noviembre 2013 5 08 /11 /noviembre /2013 10:20

                                                                                          DSC 4371[1]        
  Festividad de los cuatro santos coronados, hermanos de sangre, Severo, Severino, Carpóforo y Victoriano, eran soldados y buenos cristianos por no querer sacrificar a los dioses romanos, fueron torturados y muertos. Sus reliquias se encuentran en Roma.

  Los viernes, me las arreglo como puedo para asistir a la celebración de la Eucaristía en el pueblo más próximo. Ya, qué donde vivo solamente hay celebración por las tardes, y este día es cuando asisto a mi grupo de oración. Hoy, he salido chutando breviario en mano (para el rezo de laudes) contra reloj, procurando tranquilizarme por el camino, tomando conciencia y preparándome para el acto más importante del día. Al entrar en la capilla ante el altar, en un lecho de toallas de hilo, bordados y encajes, estaba depositado el Cristo Yacente. La misa ha sido emotiva por la presencia de la imagen del Señor y las personas que han asistido para acompañarle, de las cuales salían hondos suspiros, mal orquestados.

  Al terminar la celebración, dispuesta para dar gracias, se sentó una señora a mi lado, contándome   cuan emocionada estaba ante el Cristo Yacente:    siendo niña por vivir junto al taller de escultor Antonio Perea, este, le relató que iba a ver los cadáveres al Departamento Anatómico porque tenía que oler la muerte para hacer la escultura del Señor; conoció su creación, desde el montón de barro, viendo como fue tomando forma el boceto, de lo que sería la talla en madera que es el precioso Cristo. Decía que el escultor estuvo en la cárcel, hombre bueno pero que no concebía que hubiera distinciones entre pobres y ricos, de cómo la gente pidieron su libertad, y cómo Antonio contaba el miedo que pasó cuando pasaron lista para fusilar y dijeron ¡Antonio Pere… y él se quedó esperando la “a” literalmente se “cagó”. Viendo que estaba impaciente por el monólogo de la señora que no me dejaba orar, me relajé, le sonreí acomodándome en el banco, haciéndome toda oído entero para ella. Al final hablamos del amor de Dios, de la intercesión por los vecinos y de los niños, que ella siendo abuela catequista, prepara para la comunión llena de alegría, encontrándose a veces sin saber explicarles algunas cosas, como al hablarles de la Hostia consagrada, algunos decían que no podían decir tan tremenda palabrota porque sus madres se lo tienen prohibido y les pega...

  Dispuesta otra vez para rezar laudes, se sentó el párroco, manifestándome que estaba desposado con su parroquia, que pidiera por él pues  estaba hecho polvo con la rodilla y apurado por la falta de curas en la sierra, teniendo él que suplir a los enfermos. Al final, me quede a solas, ante el sagrario y el Cristo Yacente de Antonio Perea, al que una niña conoció, y hoy, ya casi anciana, recuerda con emoción.C omo el artista hacía la imagen de su Creador.

   Allí a los pies del Cristo junto al Sagrario oré, presentándole al Señor, todo lo que había vivido con la cercanía de las personas y lo que me quedaba de experimentar hasta terminar el día: viendo, oyendo tocando y amando…

   La Señora despertó mi curiosidad por Antonio Perea, no sabía de su existencia. He buscado en Internet nació (en 1911 Sevilla) con una historia de leyenda es totalmente desconocido para los sevillanos, de formación totalmente autodidacta. Fue condenado a muerte, estando catorce años, ocho meses, y un día en la cárcel por haberle llevado agua a los republicanos a las barricadas. En la cárcel hizo Jesús despojado que procesiona el Domingo de Ramos en Sevilla. Inventó el carburador de la moto Guzzi y la marcha atrás del Biscúter al igual, una placa de titanio para su mujer, que necesitó por haberse roto una cadera.

  He pasado las horas con la señora, el cura y Antonio Perea metidos en mi cabeza,  como si los conociera de toda la vida.  

 

                               Antonio Perea Sánchez

                            0000808863 230x230 jpg000[1]            ¡Sí, a la vida! Bebe%20(127)[1]

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Published by Botellas a la mar
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